En el artículo anterior, ya hice notar que la visita del papa León XIV era fruto de una invitación a la Santa Sede por parte del rey de España, del gobierno de España y de la Conferencia Episcopal Española (CEE), y que esto condicionaba determinadas decisiones en cuanto a itinerarios, discursos, lengua y objetivos.

Y la programación del viaje lo ha puesto de manifiesto de un modo claro y rotundo. La única fecha fija era el 10 de junio, ya que era el día en el que se cumplía el centenario de la muerte del venerable Antoni Gaudí, "el arquitecto de Dios", según afirmación del propio pontífice. A partir de aquí, se podían programar etapas por delante y por detrás, teniendo presente que el viaje a las islas Canarias era un compromiso voluntario que no había podido honrar el papa Francisco. Por lo tanto, el papa actual, con buen criterio, se hizo propio este compromiso y las Canarias pasaron a formar parte del itinerario.

Teniendo en cuenta quién lo invitaba —que es quien lo podía hacer, tratándose de un jefe de Estado—, Madrid se impuso como una etapa a la vez oficial y triunfante. Oficial, porque tuvo audiencias privadas con la familia real, el presidente del Gobierno, la presidenta de la Comunidad… y las que no sabemos, y compareció en la tribuna del Congreso de los Diputados, convirtiéndose en el primer papa en hacerlo.

En el Congreso, pronunció un discurso alineado con los postulados de la doctrina católica en varios aspectos. Tanto sobre la condena a cualquier guerra y la defensa del multiculturalismo a escala mundial, como en la defensa de la vida desde su concepción hasta su ocaso natural. Tanto sobre su condena a todo lo que atente contra la dignidad humana o a la polarización política, como en su defensa de la familia y de la necesidad de tender puentes en vez de muros. Ninguna sorpresa en los textos.

Para mí, la sorpresa fueron los siete minutos de aplausos que sus señorías dedicaron al pontífice. Me pareció ese juego del teléfono cuando, en las primeras fases del enamoramiento, uno le dice al otro que cuelgue, pero ninguno de los dos tiene la más mínima intención de hacerlo. Aplaudían fuerte los de una bancada y los de las otras no dejaban de hacerlo, por si acaso.

Aquellos aplausos eran solo para aquellos párrafos concretos del discurso que creían que eran favorables a las tesis de cada una de las bancadas, porque cuando todavía no habían transcurrido ni cuarenta y ocho horas y todo el mundo había intentado apropiárselo, la polarización y las trincheras volvieron a lucir con todo su vigor. La etapa oficial había sido formalmente exitosa, pero desde el punto de vista de la acción política, no entendida.

Los católicos catalanes conscientes de su identidad hicieron muy bien en dar un grito de alarma respecto a la presencia de la lengua catalana

Quedaba la parte triunfante de la etapa. Con, básicamente, tres citas: la vigilia de oración con jóvenes, la misa de Corpus Christi y el encuentro en el Bernabéu con "la Iglesia diocesana". Dejando aparte aspectos ciertamente kitsch de algunos escenarios y algunas performances, se quiso dar, conscientemente o no, la imagen de una Iglesia que ocupa un lugar preponderante en la sociedad española. Pero la realidad es que los datos lo desmienten y el proceso de secularización está muy avanzado, aunque también es cierto que se detectan algunos brotes verdes, sobre todo entre los jóvenes.

En algunas manifestaciones, como las referentes a un culto casi idolátrico a la personalidad, y vistas las consignas repetidamente lanzadas por algunos de los presentes, parece que hay sectores que querrían seguir ligando la catolicidad a la españolidad, pero en una sociedad tan diversa, en todos los aspectos (incluyendo el religioso), resulta una pretensión con un futuro incierto. Aunque también es cierto que el catolicismo sigue siendo, con diferencia, la religión más importante, cuantitativa y cualitativamente, en el panorama estatal de la religiosidad.

En Catalunya fue el único sitio donde se pudieron detectar disonancias claras entre los organizadores, externos e internos, y una parte del pueblo de Dios que peregrina en tierra catalana. Las fricciones comenzaron apenas anunciada la visita del Santo Padre, y los católicos catalanes conscientes de su identidad hicieron muy bien en dar un grito de alarma respecto a la presencia de la lengua catalana en los distintos actos programados.

Existe una línea continua y obstinada, que hermana a arzobispos, obispos, párrocos y parte del pueblo de Dios al que antes me refería, que hace tiempo que han olvidado el magisterio eclesial sobre los derechos de los pueblos a la propia identidad, y que no han leído o querido entender documentos fundadores, como Arrels cristianes de Catalunya (1985) o Al servei d’aquest poble (2011).

Esta disonancia no es que ponga de relieve la existencia de distintas visiones del presente y del futuro del catolicismo en Catalunya, que, si se siguiera el mandato evangélico, se tendrían que congeniar o, al menos, habría que hacer que se sintieran miembros de un mismo cuerpo, sino que existe la voluntad de aplastamiento por parte de los más fuertes (sostenidos por la CEE y, básicamente, el arzobispado de Barcelona, pero no solo) hacia los más débiles (los que luchamos por una Iglesia encardinada, defensora, como en sus mejores tiempos, de la nación y de la lengua).

El Vaticano, y el propio Santo Padre, entendieron la jugada e hicieron lo posible para no menospreciar la lengua, para acercarse a símbolos milenarios de la Iglesia católica en Catalunya y para no convertir el viaje apostólico en un test. A muchos nos habrían gustado más acciones positivas, más gestos, más proximidad, pero cuando uno ve que seiscientos cantantes pueden poner nervioso el actual statu quo narcotizante, ya detecta que las cosas no son fáciles y que hay quienes trabajan activamente para complicarlas. Aun así, el viaje apostólico, en líneas generales, fue bien, y ahora, una vez superada la efervescencia y la parafernalia, habrá que ver si los discursos, actos y fijación de objetivos impregnan a la comunidad eclesial como una lluvia fina que deja sazón, o si todo esto habrá sido solo un chaparrón, intenso pero superficial.