Imaginad que haya que realizar un examen a un grupo de alumnos y que, de todos los evaluados, tenga que salir una nota media. Si por alguna cosa ponéis solo a los mejores alumnos que tenéis y escondéis a los que no son tan brillantes (académicamente), saldréis ganando, ¿verdad?
Esto es lo que pensó el Departament d'Educació. En una prueba que se tenía que hacer a 2.545 alumnos, quedaron fuera 591, de los cuales 493 tenían graves discapacidades cognitivas, conductuales o emocionales. Curiosamente. El problema es que el organizador de estos exámenes, la OCDE, te deja excluir a un máximo del 5%. Y la Generalitat excluyó al 23%.
Esto es lo que ha sucedido con el informe PISA, que demuestra que la educación no va bien en Catalunya y que hacen falta más recursos para hacer frente a una realidad compleja. Una demostración que, entre otras cosas, daría la razón a los docentes en huelga. Y que demuestra, también, que el problema no se arregla con más sueldo.
Bueno, el caso es que, ante esto, la propia Generalitat:
Opción A) Intentó hacer trampas.
Opción B) Escondió la realidad.
Opción C) Ambas respuestas son válidas.
Efectivamente, con lo que se ha ido sabiendo, la C es la correcta.
El ministerio ya avisó de que no se estaba haciendo bien la prueba. Pero desde la conselleria tampoco se hizo nada para arreglarlo, sabiendo que la prueba quedaría invalidada. Así no se vería la magnitud de la tragedia. Ni de una forma ni de la otra.
Salvador Illa regaña a todo el mundo... A todo el mundo menos al gobierno de España, claro
Lo que no sabían es que la magnitud de la tragedia que se vería es la de quienes nos gobiernan. Y se ha visto, en pleno julio, eso sí, que siempre disimula más, sin que ni la consellera Esther Niubó ni el president Salvador Illa se hayan inmutado mucho. Puro estoicismo. Y veníamos, recordémoslo, de un acuerdo con un sindicato minoritario en la educación. Acuerdo a traición que encabritó a los maestros. Veníamos de las huelgas. Veníamos de proponer poner policía en las aulas. Y veníamos de espiar asambleas.
Pero no pasa nada porque ahora hay un president que ha decidido anular todo debate político y, sobre todo, regañar. Regañar a los demás partidos y a todos. Regañar a todo el mundo menos al gobierno de España, claro. Con el gobierno de España, el que sigue sin invertir lo que hay que invertir en Catalunya, se va de vacaciones.
En fin, que Salvador Illa regaña. Regaña como si regañar le confiriera algún tipo de autoridad. Regaña como esos profesores que tenían solo esta virtud. Regaña desde la obviedad profunda. Regaña como si le diera la capacidad de gestionar bien, de ser un buen político y de ser un buen president.
Uno diría que, de tanto quererse reflejar en Jordi Pujol, ha terminado adoptando este rasgo de la personalidad del antiguo Molt Honorable, como si con regañar y con lecciones morales fuera suficiente. Y ya se ha visto dónde acaban, por cierto, las lecciones morales.