En estas últimas semanas, muchos catalanes se han escandalizado a raíz del seguimiento que la selección española de fútbol ha provocado en Catalunya. Ver a una parte de nuestros jóvenes con la camiseta de la Roja, algunos con la bandera española como complemento, ha supuesto un choque emocional para mucha gente. No ha ayudado, por supuesto, el espectáculo de nacionalismo español absolutamente casposo que hemos podido ver en una parte del público que siguió los partidos desde las pantallas gigantes que algunos ayuntamientos catalanes montaron para la ocasión. Después de cada partido, hemos visto coches por nuestras calles haciendo sonar la bocina e incluso se han tirado cohetes de celebración. Algunos inconscientes han tirado fuegos artificiales en las urbanizaciones situadas en medio del bosque, con el riesgo evidente de provocar un incendio que los engullera a ellos mismos. Seguramente les daba igual quedar chamuscados, si podían celebrar que eran españoles y habían ganado el Mundial. Ante todo esto, no han sido pocos los catalanes que lo han vivido como si fuera el fin del mundo, como si una horda de mongoles arrasara el país, como si un meteorito aplastara los últimos copos de catalanidad que todavía resistían. Algunos catalanitos aseguraban no reconocer a su hermano, a su vecino o a su hijo, contagiados por esta fiebre española. Puedo entender esta sensación perfectamente, claro. Pero me parece que no hay que dramatizar ni sacar las cosas fuera de lugar. A veces, los catalanes tenemos una tendencia a la dramatización impropia de nuestro talante —que más bien marca un punto de distancia escéptica con todo lo que nos rodea. Y, de hecho, en este caso, creo que no vemos la imagen entera y solo nos fijamos en la camiseta de la selección española.

Precisamente a raíz de todo este revuelo, querría recordar que la 19.ª edición de la Copa del Mundo de Fútbol se celebró en Sudáfrica entre los días 11 de junio y 11 de julio del año 2010. Esa competición siempre será recordada aquí, ya que en ella se conocieron Gerard Piqué y Shakira. Aparte de esto, también querría recordar que España ganó ese Mundial, y por eso, hasta ahora, su selección lucía una estrella solitaria sobre su escudo. Como la memoria es selectiva, mucha gente no recuerda que aquel triunfo también desató una ola de fervor en Catalunya. Las calles de nuestro país se llenaron de camisetas de la selección española, de banderas rojigualdas y de cánticos patrióticos de alto nivel lírico, como ese que dice "yo soy español, español, españoool". Cada gol provocaba el estallido de cohetes y petardos. Todo aquello también provocó un choque emocional entre muchos catalanes. ¿Cómo podía ser que tantos catalanes, muchos catalanistas o soberanistas de pura cepa, celebraran el triunfo de la selección española talmente como si el Barça hubiera ganado la Champions? Pues así fue.

Buena parte de los catalanes ve compatible celebrar el triunfo de la selección española, especialmente si el equipo está formado básicamente por catalanes y jugadores del FCB, con el sentimiento nacional catalán

Como he dicho, España ganó aquel primer mundial en 2010. Pero hete aquí que el día 10 de julio de aquel mismo año, solo un día antes de que se jugara la final entre España y los Países Bajos en la ciudad de Johannesburgo, las calles de Barcelona acogieron la manifestación gigantesca contra la sentencia del Estatut con el lema "Som una nació. Nosaltres decidim". Aquella manifestación reunió a más de un millón de personas y fue el pistoletazo de salida del procés independentista que culminó con el referéndum del uno de octubre de 2017. ¿Y eso qué significa? Significa que buena parte de los catalanes ve compatible celebrar el triunfo de la selección española, especialmente si el equipo está formado básicamente por catalanes y jugadores del FCB, con el sentimiento nacional catalán. Una cosa no quita la otra, aunque a muchos, entre los que me cuento, nos pueda parecer sorprendente.  

Quizás ya deberíamos haber aprendido todos, a estas alturas, que no todos los catalanes son militantes a ultranza de la catalanidad, fervorosos guardianes de las esencias ni ávidos lectores nocturnos de La nacionalitat catalana de Prat de la Riba. Y eso no los hace menos o más catalanes. Los catalanes, como el resto de personas del mundo, simplemente quieren disfrutar y ganar, sentirse miembros de una comunidad que ilusione, saber que forman parte de la historia y que vivieron un gran momento para contarlo a sus hijos y a sus nietos. Y, a veces, todo eso lo ofrece un equipo de fútbol y una victoria; a veces es el Barça y a veces es la selección española. Sin más consideraciones ni segundas lecturas. Puede parecer contradictorio si alguien es independentista, pero ya lo dice el dicho: menos de tres contradicciones es dogmatismo. El día que el catalanismo o el soberanismo o el independentismo sea capaz de ofrecer un proyecto ilusionante, creíble y ganador, la gente estará. Y muchos de los que estarán son los mismos que estos días han celebrado los goles de la selección española. Por cierto, ahora sería un buen momento para empezar a pensar en un gran partido de la selección catalana de fútbol contra un rival relevante. Quizás si llenamos un estadio para ver nuestra selección nacional, algunos de estos catalanitos escandalizados se podrán calmar un poco.