Para variar, el papel de la Unión Europea (UE) en la guerra de Irán es el habitual que adopta cuando de conflictos internacionales se trata: llega tarde y mal; no sabe qué posición debe tomar, y al final se acaba decantando por una teórica equidistancia que en realidad hace el juego al lado equivocado de la conflagración armada. Pasó con la guerra de los Balcanes y con la guerra de Irak; ha pasado con la guerra de Ucrania y con la guerra entre Israel y Hamás, y pasa ahora con la guerra contra el régimen de los ayatolás. Hace unos cuantos días, la alta representante de la Unión Europea para Asuntos Exteriores y Política de Seguridad, la estoniana Kaja Kallas —digna sucesora del ínclito Josep Borrell—, lo ejemplificó de manera muy clara cuando se cubrió de gloria al asegurar que la guerra en Oriente Medio "no es una guerra de la UE".
Dirigentes de algunos países europeos mantienen este mismo criterio, pero quien lleva la voz cantante es Pedro Sánchez, que, con una mezcla de antiamericanismo, de antisemitismo y de islamofilia, ha erigido a España en el Estado más antibelicista del planeta. Su comportamiento es tan contrario a Estados Unidos y a Israel que lo que ha conseguido es que los propios mandatarios de Irán —sea quien sea que manda en estos momentos— lo tomen por aliado y se lo agradezcan dejando pasar barcos españoles por el estrecho de Ormuz o poniendo en los misiles que lanza contra los países vecinos la cita, acompañada de una foto suya, en la que manifiesta que, "por descontado, esta guerra no es solo ilegal, sino también inhumana". Y, para acabar de remachar el clavo, añaden un significativo "gracias, primer ministro". Con estas credenciales, la historia lo recordará como un personaje nefasto que nunca sabía cuál debía ser su conducta en la escena internacional.
Todo ello redondeado con la prohibición de que Estados Unidos utilice las bases que tiene en España, concretamente la naval de Rota (Cádiz) y la aérea de Morón de la Frontera (Sevilla), y el cierre del espacio aéreo a todos los vuelos que estén relacionados con la guerra contra Irán. Ante esto, no es extraño que Donald Trump se plantee cerrarlas, las bases, porque, si cuando las necesita, no las puede utilizar, no tiene ningún sentido para él mantenerlas. Habrá que ver, sin embargo, si lo hace o si la amenaza no pasa de aquí, pero el hecho no hace más que alimentar el malestar del presidente y magnate norteamericano hacia determinados países de la OTAN que considera que están solo para aprovecharse de los beneficios, pero que no quieren asumir ninguna de las obligaciones que conlleva formar parte de ella; cansado, además, de tener que sacarles históricamente las castañas del fuego cuando las cosas van mal. Entre ellos, España encabeza la clasificación, y Pedro Sánchez debe pensar que situarse como antagonista principal de Donald Trump le da mucho rédito electoral, pero el caso es que deja al país en una situación de debilidad ante su aliado internacional más importante.
El líder del PSOE quizá no recuerda que fue su partido el que, tras defender, mientras estaba en la oposición, que España tenía que salir de la OTAN, preconizó, cuando tuvo la oportunidad de gobernar, que debía quedarse y que, por tanto, los compromisos adquiridos deben cumplirse. Claro que, tratándose de él y de su partido, no extraña a nadie que se diga una cosa y se haga otra. Y es que, en realidad, el PSOE no ha sido nunca de fiar, porque en este caso mismo, por ejemplo, había prometido un referéndum para no entrar en la OTAN y a la hora de la verdad convocó uno para no salir: aquel referéndum del 12 de marzo de 1986 en el que en España ganó el sí y en Catalunya, el País Vasco, Navarra y las islas Canarias, el no. El PSOE había pasado de aquel lema tan flamante de "OTAN no, bases fuera" a defender a capa y espada la permanencia en la Organización del Tratado del Atlántico Norte.
Y en Catalunya, CiU, europeísta y atlantista de toda la vida, había hecho campaña por el no, solo para oponerse al Gobierno que entonces presidía Felipe González, con el que la relación era muy mala porque todavía coleaba la querella por el caso Banca Catalana contra Jordi Pujol, que no fue exculpado hasta el mes de noviembre del mismo 1986. El mundo completamente al revés. Años después, el propio 126.º president de la Generalitat reconocería que había sido un error pedir el voto por el no, por la incongruencia política interna que representaba para CiU y por la mala imagen exterior que supuso para Catalunya pronunciarse en contra de algo con lo que, de hecho, estaba completamente a favor. He aquí la importancia que, en política internacional, tiene saber estar en el lugar que en cada momento corresponde, que es justamente lo que no parece que sepa hacer Pedro Sánchez.
¿De verdad que piensan seguir haciendo la rosca a ayatolás y mulás y condenar el papel de Estados Unidos, que hace tiempo que advierte de los riesgos que representa Irán para la paz mundial?
Llegados a este punto, la UE y buena parte de los dirigentes de los Estados europeos deberían estar en condiciones de responder una serie de preguntas nada superfluas. ¿Seguro que tras el ataque de Irán a la isla de Diego García, de soberanía británica en el océano Índico, con misiles de largo alcance que pueden recorrer 4.000 kilómetros y que, en consecuencia, pueden llegar a todas las capitales europeas, todavía creen que esta es una guerra que no va con Europa? ¿De verdad que están dispuestos a aceptar el chantaje que representa que toda Europa esté al alcance del arsenal militar de un país como Irán? ¿De verdad que piensan seguir haciendo la rosca a ayatolás y mulás y condenar el papel de Estados Unidos, que hace tiempo que advierte de los riesgos que representa Irán para la paz mundial?
Si con todas las pruebas no cambian de parecer, Europa y los europeos tienen un problema serio por culpa de unos mandatarios tan miopes como irresponsables. Y es que, en un momento geopolítico tan complicado en todo el mundo como el actual, la conclusión salta por sí sola a la vista: qué se puede esperar de una UE que, entre la dictadura islamofascista de Irán y la civilización occidental que comparte con Estados Unidos e Israel, no sabe cuál es el lado correcto y no sirve ni siquiera para calibrar el peligro real que representa el régimen de los ayatolás para el presente y el futuro de Europa.
