Estos días hemos visto cómo algunas figuras relevantes del mundo de la cultura han atacado la figura y el simbolismo de Sant Jordi. Admito que me ha sorprendido la suficiencia con la que lo han hecho, con un tono de macarra de taberna impropio de alguien que ha hecho carrera en el ámbito de la cultura. Me refiero, cómo no, a Eduardo Mendoza y a Javier Mariscal. Vaticino que no serán los únicos; cuando era pequeño ya aprendí que, detrás de los exploradores mongoles, siempre sigue el grueso de la tropa. Deduzco, pues, que estamos ante el inicio de una nueva ofensiva contra todo lo que sea distintivo de nuestro país. Es necesario, pues, responder. Dado que un hombre privilegiado del siglo XXI ha insultado la memoria de nuestro patrón sin que este pueda defenderse, nos corresponde a nosotros conservar su memoria y honor. Quiero recordar que el san Jorge histórico fue martirizado y asesinado con solo 28 años en defensa de su fe. Merece, por lo tanto, no solo un poco de empatía, sino un acto de reparación.
Sostiene Mendoza que san Jorge era un maltratador de animales. No hay ningún indicio que avale dicha acusación, aparte de que no se puede juzgar con los ojos y los valores de hoy a alguien que vivió hace diecisiete siglos. Si se refiere al san Jorge legendario, no creo que matar a un dragón —metáfora de todo lo malo— pueda ser incluido en la categoría de maltratador de animales. La acusación, además, provoca cierta hilaridad, si tenemos en cuenta que este escritor español ha reivindicado públicamente las corridas de toros. Parece, pues, que matar a un dragón metafórico sea maltratar animales, pero no lo sea defender las corridas de toros. No tiene, pues, que preocuparse: si "el toro no sufre", el dragón tampoco. Mendoza dijo también que san Jorge, con toda probabilidad, no sabía leer. Nuevo error; con toda probabilidad sí sabía leer. Y sabía porque el san Jorge histórico era un ciudadano griego del Imperio romano, oficial e hijo de oficial del ejército, y miembro de la guardia pretoriana del emperador Diocleciano. Como todo el mundo puede entender, no se llegaba tan lejos en el ejército romano sin saber leer, y menos en el seno de una familia más o menos acomodada. Algunos han atribuido estas afirmaciones difamatorias a la ignorancia de quien realizó estas acusaciones. Otros las han atribuido a la edad y a sus inevitables consecuencias. Pero no nos engañemos: han sido hechas con toda su intención y con la carga política subyacente.
Para cierta intelectualidad española, todo lo que represente nuestra identidad (lengua, cultura, símbolos, modo de ser, etc.) debe ser erosionado, liquidado, desterrado de la esfera pública
Porque el objetivo de esta ofensiva, naturalmente, no es san Jorge. Él es solo el símbolo a batir de la furia anticatalana de una corriente intelectual que, hasta la fecha, nunca se había descarado tanto. Todo lo que represente nuestra identidad (lengua, cultura, símbolos, modo de ser, etc.) debe ser erosionado, liquidado, desterrado de la esfera pública. Estoy convencido de que en Catalunya vive cierta intelectualidad española (o castellana, mejor dicho) que considera que el hecho de vivir en un país con una lengua y una cultura propias, diferenciadas, les ha perjudicado. Están convencidos de que si hubieran nacido en Madrid, en Salamanca o en Santander, las cosas les irían mejor, serían más reconocidos, tendrían más éxito, los invitarían a más eventos. Creen que el sistema político, institucional, cultural y mediático de Catalunya no les ha situado en el lugar que piensan que les corresponde. No afirmo que quieran la desaparición del catalán; pero sí consideran que nuestra lengua debería hablarse en las montañas, en Vic y en Solsona, lejos de la gran Barcelona moderna, abierta al mundo, castellanizada, que sueñan y anhelan. El catalán debe servir para ir a hacer calçotadas, escuchar el tráfico en la radio y ver “Terra baixa” en el teatro. Y poco más. Algunos de estos intelectuales, con el paso de los años, se han ido a vivir a Madrid, que los acoge con los brazos abiertos, como si fueran exiliados o refugiados procedentes de un país donde la barretina impide el advenimiento de la Ilustración. Los que han permanecido en nuestro país han generado un resentimiento que ya desborda públicamente, a ojos de todos, y lo van mordisqueando por las esquinas de la vida.
Para toda esta gente, por supuesto, el gran monstruo, el blanco de todos los dardos, lo que nunca han podido tragar, es Jordi Pujol. El president representa como nadie todo lo que ellos detestan. Lo desprecian desde el punto de vista político, pero también desde el punto de vista intelectual. No entienden, ni pueden entender, que alguien a quien consideran intelectualmente inferior les pudiera, en su imaginación, perjudicar tanto. Y no comprenden, todavía hoy, que ganara seis elecciones seguidas y fuera president durante 23 años. Se les debió de hacer largo, visto con un poco de distancia. Yo no soy para nada sospechoso de ser pujolista; no le voté nunca, pudiendo hacerlo las dos últimas veces. Pero no puedo dejar de simpatizar con Jordi Pujol en esta cuestión, porque el odio que le llegan a tener es irracional, primitivo, atormentado. Deben de despertarse exaltados, de noche, empapados en sudor, imaginando a Pujol en cuclillas a los pies de la cama. Y ahora se abalanzan encima de él, amparados por un momento político que les resulta idóneo y con la seguridad de que sus víctimas no pueden defenderse. San Jorge era solo un chico de 28 años asesinado hace siglos y Jordi Pujol es un hombre de 95 años que está en el tramo final de su vida. Ensañarse con las personas débiles es una de las mayores miserias que se pueden hacer. Ya deberían saberlo, a estas alturas de la vida. Pero les puede la rabia y la frustración. En fin. En pocos días será Sant Jordi, el día de nuestro santo patrón, establecido oficialmente en 1456. Celebrémoslo como merece y con alegría, regalando rosas y comprando libros, sobre todo en catalán.