Los últimos treinta días, prácticamente, me los he pasado viajando por por toda Europa. En cada lugar, su historia, su cultura y su gente, la que quiere saber lo que pasa realmente en Catalunya. Hay un profundo abismo entre lo que piensan y quieren los ciudadanos europeos y sus representantes políticos en las instituciones europeas.

El presidente del Parlamento Europeo, Antonio Tajani, vetó la conferencia de los presidents Torra y Puigdemont. La excusa chapucera roza lo absurdo, convertirse en una amenaza para el orden público y la seguridad de la institución. La Eurocámara ha apelado a la misma justificación para prohibir la charla “El futuro de las fuerzas patriotas reales en España para la unidad y libertad”, a propuesta de un eurodiputado del partido neofascista alemán NPD, que incluía la intervención de los franquistas de Democracia Nacional y Falange Española.

Tajani censura a los independentistas catalanes y los pone en el mismo saco que los neofascistas. Imagen de la evidente regresión de derechos y libertades en Europa y del aumento incontrolado del populismo y la xenofobia. No obstante, el mismo Tajani ha autorizado la propuesta de un eurodiputado ultra polaco y el 6 de marzo veremos a Vox en el Parlamento Europeo en una conferencia sobre la unidad de España "Catalonia, a Spanish region" (Catalunya, una región española).

Un esperpento de padre y muy señor mío. El desprestigio de una institución demasiado acomodada y burócrata. El Parlamento Europeo veta el derecho a la autodeterminación de los pueblos reconocido por la ONU y abraza a la ultraderecha y al populismo. Su presidente está más preocupado por bailar con los partidos de extrema derecha, que por velar por el diálogo, el pacifismo y los derechos humanos.

El ciudadano europeo empatiza con la causa catalana. Pregunta por qué se está juzgando a los políticos catalanes por unos delitos que en diferentes lugares de Europa han dicho que no existen. Unos ciudadanos europeos que entienden que votar nunca puede ser delito, un derecho inherente de cualquier pueblo en el marco de una democrática moderna.

Los meses previos al 1 de octubre, les explicaba que los catalanes haríamos un referéndum de autodeterminación para decidir, libremente, nuestro futuro. Que estaba convencido de que con el resultado de las urnas bastaba para que Europa iniciara un proceso de mediación para resolver el conflicto entre Catalunya y el estado español ―me equivoqué―. Ellos me preguntaban por qué queríamos la independencia, si era por un tema económico... no lo acababan de entender. Yo me esforzaba en explicarles que primero tenían que conocer el origen y la historia de Catalunya y los motivos que nos habían llevado hasta aquí.

Después de explicarlos quiénes eran Guifré el Pilós, Ramon Berenguer IV, Martín el Humano, el condado de Barcelona, la derrota de 1714, la nación catalana, la Generalitat de Catalunya, el autogobierno, el Estatut, la lengua, la cultura... acababa con la chispa que encendió e hizo alzarse y crecer al movimiento independentista: el ataque al autogobierno y a las instituciones, con el recorte y desprecio del Estatuto de Autonomía que había votado un 85% del Parlament de Catalunya y que eliminaba, entre muchas otras cosas, el concepto de la nación catalana. El colonialismo del imperialismo español contra Catalunya.

Pero si después de esta explicación alguien todavía tenía alguna duda, con lo siguiente acababan de hacer el clic. "En España ganó el fascismo, fue el único lugar de Europa donde triunfó. Alemania depuró la responsabilidad del nazismo mediante el juicio de Nuremberg, con la consecuente evolución democrática. El estado español, ochenta años después, sigue siendo el segundo país del mundo con más desaparecidos. El franquismo nunca ha sido juzgado y los fascistas pasaron a ser demócratas de la noche a la mañana, escondiéndose en los partidos políticos y en las instituciones, donde continúan ahora". Y la violencia del 1 de octubre también llegó a las televisiones europeas.

Las paredes grises del alto tribunal han temblado ante la atronadora dignidad de la presidenta Carme Forcadell y del presidente de Òmnium Cultural, Jordi Cuixart

Ochenta años ha tardado el Gobierno a homenajear a Antonio Machado en el cementerio de Cotlliure. Banal el homenaje de Pedro Sánchez a la tumba del escritor, con una corona de flores decorada con la bandera monárquica española, imagen de la persecución republicana, el éxodo y exilio que persiguieron Machado hasta la muerte.

Lejos de cualquier homenaje al exilio republicano hemos encontrado al Borbón. Eso de la memoria histórica y la Casa Real chirría un poco. El monarca ha presidido el besamanos a la inauguración del Mobile World Congress 2019, donde ha vuelto a repetir durante el discurso inaugural, por enésima vez, aquello de "la plena democracia española". Y ya saben, "excusatio non petita, accusatio manifiesta". Cuando repites y justificas una cosa tantas veces es que es más falso que un duro sevillano.

La dignidad y la decencia que le falta al monarca la hemos vuelto a ver a seiscientos kilómetros de Barcelona. El Tribunal Supremo es la antítesis de la evolución y la innovación, lo contrario de lo que representa el congreso mundial más importante en telefonía móvil. La viva imagen de la decadencia del estado español que vulnera, persigue y encarcela. La misma justicia que ya ha confirmado que Franco no se toca.

Las paredes grises del alto tribunal han temblado ante la atronadora dignidad de la presidenta Carme Forcadell y del presidente de Òmnium Cultural, Jordi Cuixart. Los dos se enfrentan a la petición de 17 años de prisión; Forcadell por promover el debate parlamentario y por haber sido la presidenta de la ANC; Cuixart para ser el líder de Òmnium y para subir a un vehículo ―previa notificación a la Guardia Civil― durante la manifestación del 20-S.

Esta mañana declaran Joan Tardà, Roger Torrent y Artur Mas. El inicio del largo desfile de los centenares de testigos y que, esta tarde ―si no se retarda―, nos llevará a volver a ver a Mariano Rajoy y Soraya Sáenz de Santamaría.

Esta semana haría bien Europa y el mundo de desviar la atención de Barcelona y ponerla en Madrid. Observar la parodia judicial española contra el pueblo de Catalunya, donde la fiscalía y la Abogacía del Estado se están ganando a pulso el galardón a peor actor. El Tribunal Europeo de Derechos Humanos vigila la no democracy y tendrá que sentenciar lo que no hará la justicia española.

Igual que les explicaba a los compañeros europeos estos últimos días, Catalunya quiere recuperar el derecho al autogobierno usurpado por los Borbones el año 1716. Europa ya nos dejó solos el año 1713 y Catalunya no tuvo miedo. Ahora Europa lo vuelve a hacer, pero Catalunya sigue sin tener miedo. Porque tenemos un deseo y no pararemos hasta conseguirlo. Es nuestro ADN, es nuestra lucha, es nuestra manera de ser.

Elisa Beni
Opinión Rajoy y el golpe inexistente Elisa Beni
Xoán-Antón Pérez-Lema
opinión Pincha la burbuja del juicio del procés Xoán-Antón Pérez-Lema