Se puede ya adelantar que el resultado provisional del partido que estamos jugando será el definitivo: sociedad, 1; Estado, 0. En efecto, el Estado entendido como poder institucional, desde los ayuntamientos hasta la Unión Europea, no ha estado a la altura. No tanto por el negacionismo inicial del Covid-19, como por la falta de reservas de todo tipo para afrontar una emergencia.
En cambio, la sociedad, con el personal sanitario al frente, ha dado la cara, soportando un castigo físico y moral que provocará una crisis social y económica descomunal, cuando todavía no hemos salido de la crisis del 2008. Difícil salir cuando los responsables son, con algunos cambios de nombres poco relevantes, los mismos que la provocaron/consintieron/salieron por la tangente. Las personas, con todos los integrantes del sistema sanitario, han dado un paso al frente y han cogido el toro por los cuernos y la bestia ya empieza a doblar la rodilla.
Quedaremos devastados pero venceremos. Otro tema será el coste. Primero en vidas humanas, afectos personales y sueños truncados. Después, en patrimonios. Pero tiene razón el profesor Oriol Amat: "La crisis que tenemos ahora no es consecuencia de una burbuja inmobiliaria, como el 2008. Si los gobiernos actúan rápido durante unos meses, cuando la crisis sanitaria mejore, la economía puede recuperar gran parte de la actividad y empleo. Por eso, hacen falta más ayudas y más rápido."
Ahora bien, dicho esto, el día después de esta devastación seguirán las instituciones de pacotilla, cosa que realmente nos tiene que preocupar. En efecto, a la crisis del 2008 los estados se pusieron a las órdenes del capital financiero y especulativo y sangraron los bolsillos de la población, especialmente de las clases medias, trabajadores y populares. El resultado es el conocido: los ricos de antes del 2008 son más y son más ricos ahora que antes del 2008. Y los pobres antes del 2008 ahora son más y son más pobres que antes del 2008. Dicho en palabras más tecnocráticas, estamos bajo la gobernanza de la desigualdad, desigualdad que creíamos superada.
Saldremos adelante, nadie lo duda. Pero, nuevamente, el Estado, si no ha aprendido la lección del 2008, estorbará más que no servirá. El estado ha demostrado que no tenía ninguna previsión de nada. El empoderamiento ciudadano se impone. Claro está, nadie está preparado para una pandemia como la que estamos sufriendo, pero es que tenemos menos medios que en el 2008: han desmontado el estado del bienestar, privatizándolo. En algunos lugares más que en otros. En España, por ejemplo, mucho.
Como botón de muestra tomo el cuadro siguiente, de camas hospitalarias por 1000 habitantes, del informe del OCDE de noviembre pasado. España, perdiendo posiciones, con 3‰, por debajo de la media del OCDE (4,7‰) y a años luz de lo que ahora se plantea como modelo Corea (12,3‰).

En estas condiciones no es de estañar que la frase mágica siegue allanar la curva, es decir, reducir el ascenso de infectados y de ingresados, para superar lo antes posible la insoportable tensión que se ensaña sobre las UCI. En este contexto ha quedado claro que el nerviosismo de los dirigentes los ha hecho decir cosas y hacer otras improvisadas, sin mucha ponderación respecto de las consecuencias, tales como la centralización sanitaria. O como, al mismo tiempo, a pesar de la declaración del estado de alarma y de la Ley orgánica 3/1986, de emergencias sanitarias, instrumentos que lo permitían, han dejado de lado la intervención de sectores estratégicos, expropiando si hacía falta a precios previos al 14 de marzo, stocks de interés para la salud pública o la imposición de fabricaciones obligatorias de productos. Alguien tan poco sospechoso de estatalista como Trump lo ha hecho.
Padecemos de un estado débil, que lo único que parece saber del cierto es instalarse en el mantra de la unidad. Débil también porque los partidos de la oposición no predican más que medidas simbólicas e ideológicas repletas de falacias e incompetencia allí donde gobiernan territorialmente.
Vamos ganando y ganaremos gracias a una sociedad que disfruta de un personal sanitario altamente cualificado, dotado de bastante ingenio y de una capacidad de trabajo y sacrificio fuera de lo común, con un compromiso radical con la sociedad a la que se debe. De la comparación con las esferas políticas, poco preparadas, poco valientes y erráticas, estas no saldrían nada bien paradas.
He cogido estos, como podía haber escogido otros: la ausencia de EPI en condiciones para todo el personal sanitario (los primeros en ser protegidos), tests predictores de todo tipo y generalizados en amplias capas de la población, el autoritarismo policial practicado en abundancia, y espoleado por parte de las autoridades gubernativas con un resultado de expedientes sancionadores superiores al de infectados. La lista es larga y pesada.
Por eso deseo y creo que todos estamos convencidos de que este partido lo ganaremos la sociedad. Los aplausos vespertinos diarios son la ovación a los vencedores.