Tácito expresó la idea por primera vez en el 98 d.C. en su libro Agrícola, en el que intentaba reivindicar el honor del famoso general Cneo Julio Agrícola, que había sufrido una fuerte derrota en las campañas romanas en Britania y había caído en el deshonor. Siglos después, Galeazzo Ciano, marido de la hija mayor de Mussolini y uno de los líderes del fascismo italiano, la formuló en los términos que ahora se conocen, cuando Italia sufría severas derrotas en la Segunda Guerra Mundial. Pero fue John F. Kennedy quien la popularizó en 1961 después del fracaso de la invasión de Bahía de Cochinos. En todos estos casos, la frase "la victoria tiene cien padres, pero la derrota es huérfana" ponía el acento en la orfandad del fracaso; y en general, es en este sentido que se utiliza. Pero, si es común la orfandad de la derrota, lo es aún más la apropiación masiva de la victoria, ante la cual se amontonan hileras de adosados, transeúntes y aprovechados, ávidos de su pedazo de gloria. Es lo que ocurre estos días a raíz de la gran victoria que han representado las dos sentencias del TJUE, cuya importancia culmina unos largos procesos de victorias judiciales internacionales por parte del independentismo.
No deja de ser un espectáculo dantesco ver cómo personajes que hasta hace dos días no solo estaban en contra de la amnistía, sino que se jactaban de ser los que llevarían esposado al president Puigdemont, ahora se atribuyan el triunfo. Pedro Sánchez es el ejemplo más paradigmático de ello: acabó aceptando la amnistía, a pesar de estar en contra, porque era más fuerte su afán de ser presidente que sus propias opiniones, y aun así, ha hecho todo lo que ha podido para retrasarlo años, vía Constitucional del Conde-Pumpido. Como bien ha explicado Gonzalo Boye con creces, no había ningún motivo jurídico razonable para no haber aplicado la amnistía a todos los represaliados una vez fue avalada. Pero Sánchez no quería alterar la "calma" del enterrador Illa, y no quería ser quien gestionara el regreso de Puigdemont. Y así han tenido a más de un centenar de personas sin disfrutar de sus derechos; ejemplo de las necesidades políticas de la Moncloa.
Que ahora salgan los socialistas en tromba sacando pecho por la amnistía es un espectáculo gigantesco de hipocresía y cinismo
Que ahora salgan los socialistas en tromba sacando pecho por la amnistía es un espectáculo gigantesco de hipocresía y cinismo. Especialmente, si lo hace Salvador Illa, que, hasta muy poco antes del acuerdo de investidura, se presentaba totalmente contrario a la amnistía. Estos días hemos podido disfrutar de este cinismo escuchando en bucle, en las redes, sus memorables declaraciones. Pero no solo por el lado socialista, porque la amnistía tal como se ha conseguido también sufrió duramente el fuego amigo, hasta el punto de que en los momentos más críticos, cuando se quería firmar una amnistía que dejaba fuera a muchos de los represaliados, entre ellos los CDR, Junts —y su abogado Boye— se quedaron totalmente solos y tuvieron que aguantar reproches, presiones y ataques de ERC y de otros de su pandilla. Y es aquí donde la victoria no tiene cien padres, sino muy pocos y muy concretos, porque se ha llegado a este triunfo inapelable del independentismo fundamentalmente por tres motivos. Primero, porque Puigdemont se ha mantenido en el exilio durante nueve años, con toda la dureza (y la soledad) que vivir tanto tiempo fuera de casa representa. El segundo motivo ha sido la resiliencia de la gente de Junts, que, a pesar de las incomprensiones y los ataques, se han mantenido en la estrategia de no ceder ante la poderosa maquinaria del poder español. Y el tercero es, nobleza obliga, el papel del abogado Gonzalo Boye, el hombre que ha diseñado la estrategia judicial ganadora, el que impidió las trampas de los primeros redactados de la amnistía (que habrían dejado a mucha gente fuera) y quien en todo momento ha estructurado la inteligente narrativa jurídica que ha permitido que Puigdemont ganara a Llarena y compañía en Alemania, en Bélgica, en Italia y, finalmente, en el Tribunal de Justicia de la Unión Europea. Estos son los padres, y no los que ahora intentan vender como un mérito una amnistía que no querían, que habían combatido hasta el último momento, que habían intentado llenar de trampas y que finalmente han retrasado todo lo que han podido. Ni estos ni los de "nuestro lado" que presionaban para que Puigdemont cediera; ni ellos merecen ahora apuntarse a la victoria. Ha ganado el independentismo, pero lo ha hecho porque una parte de él ha resistido, no se ha vendido y no se ha rendido.