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El Mundial de Fútbol es la gran celebración del espíritu humano, una fiesta del encuentro, el esfuerzo colectivo y la rivalidad global. Sin embargo, si rascamos bajo la superficie del césped y de los focos, descubrimos otro Mundial. Según datos de la fundación Ayuda a la Iglesia Necesitada, un tercio de los Estados que participan en esta cita mundialista discriminan, con diversos niveles de severidad, la libertad religiosa o, dicho de otra manera, el derecho fundamental de creer —o de no hacerlo.

Mientras el mundo mira hacia la portería, en países como Irán o Arabia Saudí, la realidad para las personas que han decidido convertirse a una religión que no sea la mayoritaria, o que pertenecen a comunidades no reconocidas es un ejercicio de resistencia diaria. El caso de los bahais —que también están presentes en nuestro país— es un ejemplo paradigmático: una comunidad que lleva años viviendo en una persecución sistemática mientras intenta, con una tenacidad encomiable, que los medios de comunicación pongan luz a su situación. En estos contextos, creer —o incluso negarse a profesar la religión mayoritaria— se puede pagar con el arresto, el encarcelamiento o, en los casos más extremos, con la propia vida.

Pero el mapa de la intolerancia no se detiene en las instituciones. Si miramos hacia lugares como México o Haití, la fragilidad de la libertad religiosa toma otra forma, a menudo más ligada a la violencia criminal que a la represión estatal. En México, son grupos del crimen organizado los que se ensañan con los fieles católicos, mientras que en Haití, la situación se ha convertido en un drama humanitario donde sacerdotes y monjas se convierten en objetivos. No olvidemos el caso de sor Isabel Solá Matas, la religiosa catalana de la congregación de Jesús María asesinada en aquel país hace diez años.

En el césped, como en la vida, no deberíamos tolerar ningún gol que se marque vulnerando la conciencia. Ni ningún gol que lesione la dignidad humana

La libertad religiosa —o la Freedom of Religion and Belief (FoRB)— no es una anécdota ni un debate de despacho. Es un termómetro de la salud democrática de un país. Países como la República Democrática del Congo, presentes en este Mundial, también ocupan puestos en los rankings de vulneración de este derecho. Con todo, hay ejemplos positivos en el mismo Mundial. Felix Nmecha, centrocampista de Hamburgo después del primer gol de Alemania en este Mundial contra Curazao, pidió a los compañeros que hicieran "una pequeña oración". Al final, él y otro miembro de su equipo alemán acabaron rezando con 5 jugadores de Curazao. Lo pudieron hacer, y no ha pasado nada. 

Parecería evidente que los jugadores pudieran expresar su fe en público, y por lo tanto en un Mundial, pero no es así. No se pueden exhibir símbolos explícitamente religiosos en el campo, a pesar de que están permitidos —o no se sancionan— gestos como el de hacer la señal de la cruz (o una reverencia). En cuanto a afiliaciones, los cristianos son mayoría (como jugadores), y este Mundial es el que tiene más presencia de jugadores musulmanes.

Cuando se reanudaron los Juegos Olímpicos Modernos, en 1896, ya se evidenció que deporte y religión no son mundos ajenos. El barón de Coubertin, fundador de las Olimpiadas modernas, las concibió como una religión secular, como la religión del atleta donde el deporte fomenta la superación, la paz y el servicio a la humanidad. Hay rituales, plegarias y gestos típicamente religiosos y también en algunos lugares se celebran misas inaugurales y celebraciones religiosas. En el césped, como en la vida, no deberíamos tolerar ningún gol que se marque vulnerando la conciencia. Ni ningún gol que lesione la dignidad humana.