eleccions

1. La abstención electoral es siempre una mala noticia. Y en estas elecciones, forzadas por la destitución del presidente Quim Torra, la abstención ha sido muy alta. Digámoslo al revés. En la primera década soberanista la participación ha ido en aumento hasta llegar al máximo histórico del 2017, en el que el 79,09% del electorado llenó las urnas y el independentismo, aunque fragmentado, se impuso al unionismo sin superar el 50% que ahora parece ser que se ha superado. Por lo tanto, conviene que el independentismo no se emocione por el hecho de que se haya alcanzado el porcentaje fetiche de la mitad del electorado. La baja participación ha hecho perder a los dos principales partidos del independentismo casi medio millón de apoyos, lo que sumado a la dispersión del voto independentista —especialmente los más de 70 mil votos del PDeCAT que no suman para nada— debilitan la fuerza real del movimiento. La abstención, sin embargo, no deslegitima de ninguna manera la victoria inapelable del independentismo, que se ha ampliado en número de escaños, pero hace más difícil su gestión.

2. El resultado electoral no deshace el empate técnico que enfrenta el unionismo españolista con el independentismo catalanista desde el inicio de la década soberanista. Se podría decir que esta es la contradicción principal, a pesar de unos condicionantes tan trascendentales como el impacto de la represión sobre la estrategia de cada partido independentista, la incidencia de la pandemia —que sí que ha repercutido en el aumento de la abstención— y las dificultades entre los independentistas, irresponsablemente enfrentados desde el 2015. Y eso vale para todos los partidos, incluyendo a la CUP, que se ha beneficiado, como siempre, de las decepciones sin pagar el coste sus prisas y los chantajes. El independentismo se tiene que enfrentar ahora al hecho de que el PSC ha sustituido a Ciudadanos como primer partido y valida así el giro españolista de los socialistas, muy evidente en la campaña, que para recuperar los votos que perdieron en el 2017 decidieron hacer una apuesta unionista que pondrá las cosas muy difíciles a ERC para intentar formar una mayoría mal llamada de izquierdas. Salvador Illa no será presidente de la Generalitat en ningún caso.

3. ERC ha conseguido superar finalmente a Junts per Catalunya. Este será un factor clave en las negociaciones que se abrirán a partir de hoy mismo. Aunque la diferencia entre los dos partidos sea mínima, también lo fue en el 2017 pero al revés y ERC tuvo que admitir la derrota. Por lo tanto, Junts tendrá que asumir que si quiere que fructifique un gobierno independentista el presidente de la Generalitat tendrá que ser el líder de ERC, Pere Aragonès. Los de Puigdemont deberán repensar qué hacer a partir de ahora, porque el camino seguido no ha dado los resultados deseados. También es verdad que Junts no tiene un liderazgo claro, porque Jordi Sànchez está en prisión y no puede ejercer de secretario general como dios manda y Carles Puigdemont ya hace tiempo que mira hacia otro lado. Se tienen que acabar las tutelas sobre los liderazgos efectivos de Junts, que en este momentos sólo pueden estar encabezados por Laura Borràs. Ella y Aragonès tienen la responsabilidad de no decepcionar todavía más a los electores independentistas e intentar rehacer puentes.

4. El tripartito es posible, sobre todo si la política catalana se sucursaliza todavía más y hay un intercambio de cromos entre el PSOE y ERC. No es imposible —aunque de momento me parece inverosímil— un gobierno de ERC con en Comú Podem, con el apoyo externo del PSC y la abstención de la CUP. Esta ecuación tendrá el apoyo de los medios de comunicación unionistas y los del independentismo soft. No lo tendrán fácil. ERC aspira a la presidencia sea como sea. EL PSOE puede sacrificar de nuevo al PSC y por lo tanto negociar con ERC la continuidad de su apoyo al gobierno de Pedro Sánchez a cambio de la renuncia de Salvador Illa a la aventura de intentar una investidura que haría entrar en crisis a los republicanos. Si Pedro Sánchez hace efectivos los indultos, el camino se allanará. Pero de todos modos, sería una opción muy arriesgada para los republicanos.

5. Y una reflexión final. Los que ahora se rasgan las vestiduras ante la entrada de Vox en el Parlament de Catalunya, no sé si alguna vez asistieron a una sesión del Parlament cuando Ciudadanos se comportaba como los jóvenes bárbaros de Lerroux. La extrema derecha siempre ha estado presente en el Parlament. La diferencia es que ahora, siguiendo la estela del cambio que se está dando por todas partes, la extrema derecha tiene un partido desacomplejado que incluso se enfrenta a la derecha tradicional que, sin embargo, como nació de las entrañas de la dictadura franquista, no es capaz de imponer ningún cordón sanitario como el que ha impuesto Angela Merkel en Alemania.

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