Una de las cosas que me costó más cuando se murió mi madre fue reconciliarme con mi piso. Mira que di la paga y señal el mismo día que lo vi sin ni siquiera regatear. Mi madre me miraba estupefacta.

—Hace años que me dices que cuando encuentre el piso que busco lo sabré enseguida al entrar, casi como un presentimiento. Es este, no quiero que me lo cojan —le dije ante la vendedora, que resultó ser la nieta de Porcioles.

El piso es grande y luminoso y tiene buenas vistas. Pero estaba tan acostumbrado a vivirlo como una extensión de casa mis padres que, cuando mi madre faltó, se me hizo antipático. Como que pago una buena hipoteca y no he tenido dinero para reformarlo, no me costó empezar a encontrarle defectos y carencias. 

Sobre todo el comedor, desde donde llamaba a mi madre cuando llegaba a casa o cuando acababa el artículo, o mientras hacía el remolón los días de fiesta, me parecía un lugar extraño y frío. El Tibidabo y Montjuïc no se habían movido de lugar, ni el semáforo más antiguo de Barcelona. Pero mi casa ya no parecía mi casa, porque mi madre no estaba en su piso para cogerme el teléfono.

Me costó establecer una relación causal entre los dos hechos, y mira que estuve meses sin tumbarme en el sofá, ni salir a la terraza, y que las cortinas que puse a las ventanas nuevas las eligió ella tres días antes de ingresar en la clínica. Hacía tiempo que estaba floja, que parecía que hubiera perdido el interés por el mundo y me presenté en su casa con unas muestras muy pequeñas: 

—Tú que tienes buen gusto, a ver si evitas que estropee los ventanales de lord que me he comprado —le dije abrazándola como un pulpo para mirar de animarla.

—Tendrías que pedir que te manden unas muestras más grandes, así no se puede ver nada —refunfuñó de entrada.

Dejé el pliego en su comedor, junto a una estatuilla que ahora tengo en mi casa, y me puse a escribir una cosa para el Patreon en el despacho que había sido de mi padre. Al cabo de un rato, vino. Me hizo una de sus disertaciones sobre texturas y colores, puso una tela a contra luz, pegada al cristal ahumado de la balconada, y dijo, sin dudar: "Esta". 

Fue la última vez que mi madre me hizo de madre. Cuando me pusieron las cortinas ya estaba en la planta de oncología y apenas pudo mirar la foto que hice para que viera cómo habían quedado. Aquellos días, cuando no dormía en el hospital, cenaba rápido y me encerraba en el dormitorio, donde siempre había hecho menos vida, como si quisiera esconderme de los recuerdos. 

El confinamiento ha forzado el proceso de reconciliación. Ha sido un proceso pesado porque el mes que viene hará un año que, por una cosa u otra, vivo en un estado constante de guerra. Ya la primavera pasada, antes de que todo saltara por los aires, mi entrenador me decía, cuando llegaba al gimnasio: “Tienes cara de agotado, tienes que descansar”.

— Ya descansaré cuando acabe esto que he empezado —le decía—. Tengo la intuición que de aquí a un par de meses entraré en otra fase y mi vida cambiará de arriba abajo.

Naturalmente no tenía ni idea que los cambios serían tan bestias. Hace dos semanas tampoco me imaginaba, cuando escribí "El mundo de ayer", que el corte con el pasado sería tan rápido y tan hondo. Estoy acabando de repasar el libro de Josep Pla para volverlo a publicar y en pocos días ha pasado de parecerme un libro de actualidad a parecerme una elegía.

La cuestión es que mi piso me vuelve a caer bien. Con el confinamiento, empiezo a encontrar gusto a poner lavadoras, limpiar el lavabo, mantener la nevera llena. Los objetos de decoración que me llevé de casa mis padres van encajando en los rincones con una delicadeza que me hace compañía. Es curioso como vivimos y queremos a través de los objetos, y como cambiamos y nos adaptamos a través de las cosas que guardamos.

Cuando paso por delante de casa de mis padres para ir a comprar, me sabe mal que esté vacía. Me gustaría preguntarles si necesitan algo, poder comentar la jugada, ni que fuera a unos metros de distancia. Si mi padre todavía viviera seguro que fabricaría algún desinfectante casero que no echara a perder las manos. Si mi madre estuviera sola, habría ido a vivir con ella y me habría explicado más historias de la familia entre discusiones de política y lecciones de arte.

Por suerte, no hice caso de los médicos que querían alargarle la agonía —como alargaron la de mi padre. Le pudimos decir adiós en un clima normal y ahora veo que se marchó justo a tiempo, cuando ya no quedaba ni una migaja de su mundo. Quizás esto explica que me esté reconciliando con mi piso, pero que no deje de pensar que cuando todo esto se acabe es probable que tenga ganas de marcharme.

Me da la sensación de que el pasado ya solo vive dentro de mí y que, según cómo se ponga de invasivo y autoritario el Leviatán, valdrá más irse a vivir al bosque, como hizo Robin Hood. Cuando el hombre consigue hundir sus grandes ciudades, solo queda el retorno a la naturaleza para preservar el amor recibido y rehacer la civilización.

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