Unas estadísticas hechas públicas no hace mucho revelan que en Catalunya cada vez vive más gente que ha nacido fuera. En concreto, según los datos oficiales del Institut d’Estadística de Catalunya (Idescat), en 2025 el 26,1% de la población era nacida en el extranjero. La cifra, sin embargo, es más alta si se añaden los nacidos en el resto del Estado español y sitúa el porcentaje de las personas nacidas fuera de Catalunya en el 40%. En algunas comarcas, el número se aproxima al 50% y, entre la población joven, de 20 a 44 años, el 41,7% ha nacido en el extranjero. Los datos no pueden ser más explícitos y muestran claramente la política de sustitución de la población catalana que se lleva a cabo desde un poder político español que, de forma más diáfana o de forma más sibilina, hace tiempo que incentiva y prioriza las inmigraciones sudamericana y musulmana, que suelen ser, aunque por motivos diferentes, las más refractarias a la integración.

Esta situación es obvio que pone en peligro la identidad catalana. Reconocerlo no es ninguna muestra de intolerancia ni de xenofobia del independentismo hacia la población recién llegada, como quieren hacer creer el españolismo, sea de derechas sea de izquierdas, y los guardianes de la colonia, sean de izquierdas sean de derechas, que le hacen el juego, es el resultado de la mera constatación de la realidad. Y en este punto, más allá de la aproximación ideológica de cada uno, deberían poder coincidir unos y otros. El caso es que la identidad catalana está más amenazada que nunca. Históricamente, lo ha estado muchas veces y, mejor o peor, siempre ha salido adelante, pero esta vez es especialmente grave porque la principal seña de esta identidad —la lengua catalana— sufre un retroceso nunca visto. A modo de ejemplo ilustrativo, durante el franquismo el catalán estaba prohibido, pero la gente lo hablaba en casa y en la calle y los niños lo utilizaban durante la hora del patio en las escuelas. Ahora es un idioma permitido y protegido por la ley —en teoría, porque la persecución judicial se mantiene—, pero su uso se ha desplomado.

Básicamente, es el fruto de la llegada masiva en los últimos años de determinada inmigración, principalmente sudamericana, que no tiene ningún interés en integrarse en la sociedad catalana porque ha descubierto que no necesita el catalán para vivir en Catalunya y que con el castellano le basta para hacerlo. Y esto es así porque, a diferencia de las primeras oleadas migratorias del sur y el interior de España, el catalán ha dejado de ser una lengua necesaria para que el ascensor social funcionara. En gran parte es consecuencia de la dejadez institucional del conjunto de la clase política catalana y también de la claudicación de muchos catalanes que, en aras de un malentendido respeto al otro, cambian de lengua a la más mínima y no se mantienen inflexibles en el uso del catalán. Por todo ello, muchos de los integrantes de aquellas primeras oleadas migratorias españolas se han integrado con total normalidad y ellos y sus descendientes se han convertido en unos catalanes más y la mayoría de los actuales migrantes sudamericanos, en cambio, se niegan a hacer lo mismo y algunos incluso son particularmente beligerantes contra la identidad catalana. Los musulmanes tampoco quieren integrarse, pero en su caso es por el antagonismo que profesan respecto de la sociedad occidental.

Hoy es catalán, esencialmente, quien tiene voluntad de serlo y, por tanto, todos estos inmigrantes que se niegan a integrarse no lo son

De una u otra forma, la conclusión es que cada vez es más pequeña la proporción de población que vive en Catalunya que puede considerarse que sea catalana. La definición de Jordi Pujol según la cual es catalán todo aquel que vive y trabaja en Catalunya hace tiempo que ha dejado de tener sentido. Como tampoco lo tiene la de los otros catalanes de Francesc Candel, que, junto con la del 126.º president de la Generalitat, sirvieron durante la transición para simular que la convivencia entre catalanes y españoles era una balsa de aceite y para esconder el problema de relación que siempre ha existido. Hoy es catalán, esencialmente, quien tiene voluntad de serlo y, por tanto, todos estos inmigrantes que se niegan a integrarse no lo son, por mucho que vivan en Catalunya. No puede decirse, pues, que los 8.210.000 habitantes que tiene actualmente Catalunya sean todos catalanes. Una parte de estos serán lo que sean, pero no catalanes, y admitir esto es, de nuevo, un puro ejercicio de constatación de la realidad, no ninguna muestra de rechazo ni de xenofobia.

Todos estos movimientos se producen cuando, para cada vez más españoles, la España ideal sería aquella en la que no hubiera catalanes. De hecho, es un discurso que gana peso entre los sectores más cavernícolas de un Estado español que queda claro que nunca ha soportado a los catalanes. Es la expresión de las reminiscencias de aquella Castilla de aires imperiales que conquistó y sometió al resto de pueblos de la península ibérica —salvo a los lusitanos— y que, más de trescientos años después de 1714, todavía sigue hostigando a los que no pudo, y no se dejaron, asimilar. Uno de ellos es el pueblo catalán, que nunca ha dejado de ser un estorbo para España, que por eso nunca ha parado de intentar aniquilarlo. Uno de los intentos de dejar a España sin catalanes es el actual, probablemente el más delicado de toda la historia contemporánea. Claro que los españoles tendrían una manera más fácil de vaciar a España de catalanes, que sería dejarlos marchar.

Pero no, prefieren perseguirlos, que de hecho es lo que ha sufrido Catalunya, con mayor o menor intensidad, desde que en 1412 los Trastámara accedieron al trono de la Corona de Aragón con Fernando de Antequera de rey. Desde entonces, las tentativas de destrucción han sido múltiples, pero de todas, sin embargo, con más o menos dificultades y aunque haya estado a trancas y barrancas, ha salido adelante. Un espíritu de superación de las adversidades que el historiador Josep Fontana (Barcelona, ​​1931-2018) describió a la perfección en La formació d’una identitat, publicado en 2014: "Por debajo de los acontecimientos cotidianos y de los actos de unos políticos que creen, erradamente, que son ellos los que marcan los rumbos colectivos de un pueblo, circula una corriente poderosa y profunda de consciencia colectiva que es lo que nos ha permitido preservar nuestra identidad contra todos los intentos de negarla. Una corriente que en ocasiones puede parecer oculta, pero que sale a la luz cada vez que hay que enfrentarse a un obstáculo".

Cuando Josep Fontana lo escribió, la previsión era que la población catalana pasara de 6.000.000 en 1996 a 7.500.000 habitantes en el mismo 2014, y ya entonces advertía de los "problemas de integración" de "la inmigración de América del Sur y del Norte de África", que ahora, con los 8.210.000, se han confirmado plenamente. Ante ello, él presentaba la corriente que definía la identidad catalana como "un sentimiento que ha perdurado en el tiempo y que ha llegado en plena vigencia al presente, habiendo resistido quinientos años de esfuerzos de asimilación, con tres guerras perdidas —en 1652 [Guerra de los Segadors], en 1714 [Guerra de Sucesión] y en 1939 [guerra civil española]—, sometido a unas largas campañas de represión social y cultural, que todavía duran hoy". Y todo junto decía que había configurado "una trayectoria que permite mantener la esperanza de que, pase lo que pase, esta voluntad de seguir siendo nosotros mismos, contra todas las negaciones y contra todos los desafíos, seguirá persistiendo en el futuro".

Más allá de quedar claro que con todos estos parámetros la Catalunya de los 10.000.000 que preconizan algunos es inviable, lo que está por ver es si, en la situación actual, en la que cada vez son menos los habitantes de Catalunya que puede decirse que sean catalanes, Josep Fontana seguiría mostrándose tan optimista.