"Allí donde termina la responsabilidad, empieza el abuso de poder."
Baltasar Gracián
Alguien nos maldijo ya hace unos cuantos años. Tal vez con el nuevo siglo. Nos maldijo y nos abocó a vivir tiempos interesantes. Y lo son, como todos los de zozobra, aunque esta provenga de la parálisis. ¿Qué pasa cuando nada pasa? ¿Qué sucede cuando nada tiene consecuencias? Probablemente esa sea la piedra clave del peligro que nos acecha. La irresponsabilidad es contagiosa. Si los más altos pueden rebozarse en ella, reírse hasta las lágrimas, recibir aplausos por ejercerla, ¿quién de los demás verá virtud y mérito en asumir que cada brizna de poder o de libertad acarrea con ella un saco de responsabilidad ante sí y ante los otros?
Pero no es que no pase nada, es que pasa todo. Vivimos en un teórico sistema democrático en el que el gobernante se declara irresponsable, como si constitucionalmente fuera un rey frente al que ninguna acción es posible. Pedro Sánchez es un presidente de una democracia parlamentaria que no tiene soporte parlamentario. El guantazo del otro día, los 186 votos que consideran que, sin un refrendo de la confianza que hace tres años le dio la cámara, no puede seguir, le hizo partirse la caja, al parecer. Sobreactuando, porque él mismo sabe que un gobernante que llegó al poder por el apoyo del Congreso y sin ganar las elecciones, una vez que lo pierde, es un indigente democrático. Da igual. Está dispuesto a retar toda la lógica democrática. ¿Y qué pasa entonces?
Sánchez no tiene respaldo parlamentario (normalmente acarrea dimisión); no ha logrado en toda la legislatura aprobar la ley más política, que son los Presupuestos, la que marca su programa (normalmente acarrea dimisión); ha visto condenado por delitos gravísimos al que fuera su mano derecha en el Gobierno y en el partido (normalmente acarrea dimisión); tiene imputado a su sucesor, al que nombró a pesar de las advertencias (normalmente acarrea dimisión); tiene a la espera de sentencia y del banquillo a su familia más próxima por corruptelas y nepotismos (normalmente acarrea dimisión); ha visto acusado de organización criminal a su principal apoyo ideológico e inspirador político (normalmente acarrearía dimisión); se investiga cómo su organización puso en marcha un sistema mafioso para hostigar a jueces, fiscales y policías y exculpar a los suyos (normalmente acarrea dimisión); la corrupción acecha a sus cúpulas y a los que designó para gestionar el patrimonio público (normalmente acarrea dimisión); ha sido pillado mintiendo (normalmente acarrea dimisión); ha hecho perder a su partido todas las elecciones en las que ha tomado las decisiones (normalmente supondría dimisión), y seguramente me dejo varias cosas. Sánchez debería haber dimitido setenta veces siete y, sin embargo, ahí sigue.
Se comporta con la irresponsabilidad de un presidente de república, tirando a bananera, que considera que su única obligación consiste en someterse a las urnas cada cuatro años y cuando él decida. Pero un presidente de estas características puede ser sometido al llamado juicio político de las cámaras y, tanto en el norte como en el sur de América, existen figuras similares al impeachment. Aquí nos dejaron con la opción de la moción de censura, cuyo sentido es otro —porque se trata no de apartar a un presidente del Gobierno para devolver a las urnas su fuerza, sino de entronizar a otro presidente—, y eso, que al constituyente le pareció buena idea para no crear inestabilidad, es la gran fuente de inestabilidad ahora mismo. Los partidos que pueden votar mociones juntos para exigir que Sánchez apriete el botón para salir del embrollo no pueden —salvo suicidios electorales evidentes— apretar ellos el botón para apoyar juntos un programa y un presidente. Aparecen ahora incluso teóricos que hablan de una detonación forzada del artículo 102.2 de la Constitución española, lo más parecido a un impeachment que tenemos, aunque solo para delitos concretos como la traición. No me gustan los inventos, pero es una muestra de que los que saben cómo funciona una democracia están ya muy inquietos con la situación.
O Sánchez no sabe lo que dice, o miente, o se le han colado los irregulares de media Europa
Ahí estamos. Con esas cartas, como dice el portavoz de Podemos, Sánchez nos mea y encima nos dice que llueve. Y hace lo que le da la gana, como decirnos que va a regularizar a medio millón de irregulares que ya están aquí para confirmarnos después que lo han pedido más de un millón doscientos mil. O no sabe lo que dice, o miente, o se le han colado los irregulares de media Europa. Quizá un asunto así merecería un debate en el Congreso, porque, desde luego, hay posturas encontradas al respecto. O el asunto de la ley de nietos, que ha producido más de dos millones y medio de solicitudes, que, al ser aceptadas, provocarían que un número ingente de personas que ni viven aquí, ni pagan impuestos aquí, ni se ven para nada afectados por las decisiones de nuestro Gobierno, puedan votar como cada uno de nosotros y en la circunscripción que decidan. No me digan que la ampliación que se hizo de esa legislación y el hecho del voto automático no merecen un debate.
Hace lo que le da la gana y se saca el dinero de la chistera con soltura. Ayer mismo, 500 millones para la integración y, hace unos días, 6.200 millones para dependencia. A ver si la solución para no andar nunca justos de presupuesto y tener pasta para todo reside en no aprobar las cuentas… o en hacer malabares con fondos de aquí y de allá, que, total, nunca se van a entregar en ningún lado. Tampoco pasa nada, ¿no es cierto?
¿Qué hacemos, pues, con el todopoderoso irresponsable? Los tacañones de dentro de la M-30, que sé que les gusta saber de ellos, juegan a dos barajas intercambiables o, a veces, simultáneas. Unos creen que, tras el flirteo y la sororidad entre el PP y Junts, tal vez Feijóo ose presentar una moción de censura que aprovecharía para presentar su programa y como plataforma electoral porque, consideran, hacia finales del otoño no le perjudicaría aunque la perdiera. Los otros creen que Sánchez hará un amago de presupuestos, expansivos, gloriosos y más falsos que Judas, destinados no a salir, sino a servir de cebo electoral, y que su no aprobación sería la excusa para convocar elecciones. Los más indecisos creen que incluso ambas cosas podrían suceder y los más mojigatos, esos van desde que hay Sánchez hasta el final hasta que hay Sánchez para siempre.
Y es que, ¿qué pasa cuando no pasa nada? Que pasan cosas, lo que no les aseguro es que sean buenas.