París, 10 de diciembre de 1898. Hace 128 años. Eugenio Montero Ríos, senador del Partido Liberal y presidente del Senado de España, como jefe de la representación diplomática española en la negociación con Estados Unidos, firmaba la entrega de Cuba, Puerto Rico, Filipinas y Guam a los norteamericanos para poner fin a la Guerra hispanoamericana (1898). La pérdida de las últimas colonias españolas de ultramar culminaba la desaparición del Imperio hispánico, construido a partir de los Reyes Católicos (1479) y que había iniciado la derrota con la independencia de Río de la Plata (1810). ¿Qué efectos tuvo en la política española a caballo de los siglos XIX y XX la pérdida de Cuba, es decir, la definitiva desaparición del Imperio hispánico de ultramar?

La crisis política, la primera en estallar
La vergonzosa actuación española en la Tercera Guerra de Cuba (1895–1898) y la humillante derrota a manos de la alianza independentistas cubanos–ejército norteamericano (julio, 1898) provocarían una colosal ola de indignación social. España no solo había perdido Cuba. También había perdido 55.000 soldados de leva, la inmensa mayoría procedentes de las capas más humildes de la sociedad (aquellas familias que no podían pagar las 1.500 pesetas de la época para evitar el cumplimiento del servicio militar). Y la inmensa mayoría a causa de las enfermedades —especialmente, la fiebre amarilla— y no de las balas. Las sociedades catalana y española de la época se giraron contra el régimen político de la época y lo señalaron como el gran culpable del llamado "Desastre del 98".
¿Cuál era el régimen político de la época?
La España que entregó Cuba, Puerto Rico, Filipinas y Guam estaba gobernada por un régimen llamado "Restauración borbónica", creado por el político conservador Antonio Cánovas del Castillo después del golpe de Estado militar que había soterrado la I República (1873-1874). Aquel régimen había restaurado la monarquía —en la figura de Alfonso XII— y había creado un sistema de democracia censitaria (solo votaban los hombres alfabetizados y con cierto volumen de patrimonio) y bipartidista (la oferta electoral estaba limitada a los partidos conservador, liderado por el incombustible Cánovas del Castillo, y liberal, dirigido por el eterno Práxedes Mateo Sagasta, el presidente del momento en la cesión de las últimas colonias).

¿Por qué las sociedades catalana y española señalaron el régimen político de la restauración como el culpable del "Desastre del 98"?
La "Restauración borbónica" era uno de los regímenes políticos más corruptos de la Europa de la época. También llamado "turnista" porque los dos "partidos dinásticos" (el liberal y el conservador) se relevaban en el gobierno de forma pactada, con prácticas como el "caciquismo" (el sentido del voto por la vía de la amenaza) o los "diputados cuneros" (candidatos que, en cada elección, cambiaban de circunscripción y de partido para conservar el escaño y blindar los turnos pactados por el sistema). Estos gobiernos, totalmente incapaces de gestionar el poder más allá de los intereses personales y familiares de sus dirigentes, se revelarían, también, del todo incompetentes para afrontar la crisis de Cuba. Y las sociedades catalana y española los responsabilizarían del "Desastre del 98".
¿Qué consecuencias tuvo en la política española el "Desastre del 98"?
El "Desastre del 98" tuvo unas consecuencias tan devastadoras que la historia de la primera mitad del siglo XX español se explica a partir de aquella crisis. El desprestigio y erosión de los "partidos dinásticos" y la emergencia de los partidos socialista, comunista, republicanos radicales, republicanos federalistas, tradicionalistas carlistas y de los partidos periféricos (de obediencia catalana, valenciana, vasca o gallega), enviarían a la clase política "turnista" a la papelera de la historia, y todo lo que pasaría a continuación sería una secuencia de crisis correlativas que no tenían freno. El asesinato de los presidentes del gobierno José Canalejas, del Partido Liberal (1912), y Eduardo Dato, del Partido Conservador (1921), ilustra estos contextos de profunda crisis.

El "Desastre del 98", un acelerador del péndulo de la historia
El "Desastre del 98" actuó como un acelerador del péndulo de la historia. Este fenómeno, en el coto de poder castellano dominado por la idea de la España atávica y eterna, tuvo un impacto formidable. La reaparición del estamento militar en la arena política, las sangrientas guerras de colonización de África (1909 y 1924), el golpe de Estado y la dictadura de Primo de Rivera (1923-1930), que pondría fin al régimen de la "democracia de la Restauración" pero no al régimen monárquico, la II República (1931-1939), que pondría fin a la monarquía, y el golpe de Estado, la Guerra Civil (1936-1939) y la dictadura franquista (a partir de 1939), que pondría, de nuevo, a los militares en el centro de la vida política española, son una sucesión de crisis que se explican a partir del "Desastre del 98".
¿Qué consecuencias tuvo en la política catalana el "Desastre del 98"?
La idea de que Catalunya no es España se pone de relieve con la evolución propia y diferenciada de la etapa del "Desastre del 98" en la política catalana. Romero Robledo, ministro de Hacienda español del primer gobierno posguerra de Cuba (1899), multiplicó la presión fiscal sobre el tejido productivo, pero solo en Catalunya. Cuando se filtró el escándalo a la prensa se produjo el Tancament de Caixes y la primera gran manifestación catalanista de la historia contemporánea: 10 de octubre de 1899, 100.000 personas en el paseo de Sant Joan. La brutal respuesta española (confiscaciones, encarcelamientos) impulsaría la creación de la Lliga Regionalista, la primera fuerza política contemporánea de obediencia exclusivamente catalana (1901).

Catalunya, definitivamente, no es España
Pero la Lliga, con la articulación de Solidaritat Catalana (el primer triunfo electoral catalán, 1907) y con la creación de la Mancomunitat (el organismo preautonómico que debía conducir al país a la restauración del autogobierno, 1914), no sería el único elemento rompedor. También tomaría vuelo la CNT anarquista, que lideraría los grandes movimientos de reivindicación de los obreros catalanes, la Setmana Tràgica (1909) y la Huelga de la Canadenca (Catalunya sería la primera sociedad de Europa en aplicar la jornada de las ocho horas). Y aparece el independentismo, de los voluntarios catalanes que lucharían en la I Guerra Mundial (1914-1918) para internacionalizar la realidad nacional catalana. Y por iniciativa de Francesc Macià (1922) futuro president de la Generalitat restaurada (1931).
¿Ceuta y Melilla pueden generar una crisis como la de Cuba en 1898?
Hace tiempo que Ceuta y Melilla tienen su destino escrito. Otra cosa es que el poder español no lo quiera revelar. Pero desde las décadas centrales de la Guerra Fría (1945-1989), el mapa geoestratégico del mundo se ha alterado notablemente. Hace tiempo que el Pentágono decidió que los "policías de occidente" en el Atlántico oriental serían Gran Bretaña, en el cuadrante norte, Marruecos, en el cuadrante central, y Sudáfrica, en el cuadrante sur. Esta idea es muy importante, porque revela dos datos fundamentales. El primero es que, para el Pentágono, Marruecos es un aliado más necesario que España porque, además, tiene la misión de contener el islamismo. Paradójicamente, lo que ocurre con las masivas olas migratorias marroquíes hacia Europa responde a este propósito.

El papel de Marruecos
La prueba más evidente de todo esto es la secuencia de estos hechos. En 1956, el Pentágono imponía al régimen nacionalcatólico de Franco la entrega del Protectorado del Rif (excepto Ceuta y Melilla) para crear el reino moderno de Marruecos (el nuevo "policía de occidente" en el cuadrante central-oriental del Atlántico). En 1969 pasaría lo mismo con la posesión española de Sidi Ifni. Y en 1975 con el Sáhara Occidental (esta vez con el esperpéntico espectáculo que el sucesor del dictador y futuro rey y el ejército español sirvieron al mundo). Y ahora le toca el turno a Ceuta y a Melilla porque, desde 1989 (derribo del muro de Berlín con todo lo que comportaría), la geoestrategia del planeta se ha alterado de nuevo, intensificando el papel que Washington tenía asignado a Marruecos.
Ceuta y Melilla, la réplica de Cuba
La ilusión española de recuperar Gibraltar —como compensación a la pérdida de Ceuta y Melilla— es un espejismo. Recordemos que Gran Bretaña es el "policía de occidente" en el cuadrante nororiental del Atlántico. Por lo tanto, la pérdida de Ceuta y Melilla representará para los españoles —al margen de los costes económicos— la constatación de una dura realidad: Estados Unidos prioriza la relación con Marruecos y, en consecuencia, España —con independencia del color político de su gobierno— juega en una posición secundaria. En este cuadrante geoestratégico, España es una potencia sometida a los intereses de Marruecos. Se vislumbra una gigantesca crisis política que dinamitará el régimen del 78. ¿Qué beneficio será capaz de sacar el independentismo catalán de ello?
