Hay quien dice que el inicio de las cosas sucede en septiembre, porque empieza el curso. Otros que empieza con la primavera, el avivamiento del cuerpo y la salida de la madriguera. Los hay más prácticos y matemáticos, que hacen caer la línea imaginaria que separa las etapas de su vida con el comienzo del año. A mí me va bien todo, en el sentido de que mi cabeza necesita una lógica ordenada para percibirse como un mecanismo funcional y cualquiera de las anteriores opciones es positiva siempre que sea garante del orden, y siempre que le permita a uno relacionarse con la realidad desde una noción personal, pero definida del tiempo. A mí me va bien todo, y, aun así, parece que con la retrospectiva de dejar atrás una cifra y abrazar una nueva uno se siente más aferrado al presente que nunca: hace el gesto de mirar el lugar de donde viene y se pregunta si, en la misma dirección, va hacia el lugar donde quiere ir. Este año —quizás es que me hago mayor, por fin— esto me ha pasado más que otros años, y he sacado un puñado de propósitos de ello. O de lecciones que quiero hacerme mías este 2026 como propósito.
La primera es que nada de lo que me leéis aquí, ni nada de lo que digo en ningún otro medio, ni nada de lo que hago de manera más o menos pública es tan o más importante que lo que hago o dejo de hacer en el ámbito privado. He descubierto que el único orden de prioridades que vale es el de hacer pasar las cosas incondicionales por delante de las cosas pasajeras, y aunque procuro emplear este oficio para acercarme y acercaros cada día más a una idea de bien y de verdad que descubro a medida que escribo —o que pienso para poder escribir—, publicar como publico es solo un oficio pasajero; es escribir, que es una vocación. La segunda es que hay un sentido de plenitud profunda y sostenida que solo llega cuando actuamos siguiendo este orden de prioridades. La tercera es que la fuerza para seguirlo debe nacer de una ilusión genuina, no de la cobardía o del resentimiento. La cuarta es que las cosas que cuestan son las más importantes de hacer.
El amor de los demás puede contribuir a que recuperemos la fe en las cosas cuando la existencia se hace cenizosa
En este camino para discernir lo que vale la pena de lo que no, lo que te sostiene los domingos por la tarde de lo que te hunde aún más en la miseria y la tristeza, la quinta lección es que la gente que te rodea es prácticamente tan decisiva para que puedas seguir adelante como tu voluntad de seguir adelante. Este año no tengo suficientes dedos en las manos —ni en los pies— para contar todos los momentos en que unas palabras de ánimo, un rato de compañía, un mensaje de texto cariñoso o la intención de hacerme cambiar de perspectiva me han dado aire cuando me ha parecido que no me quedaba. La desesperanza y la soledad son prácticamente la misma cosa, y es por eso que el amor de los demás puede contribuir a que recuperemos la fe en las cosas cuando la existencia se hace cenizosa. La sexta es que hay una vergüenza en pedir ayuda que se desvanece cuando nos sentimos ayudados. La séptima es que, a partir de una edad, cuando no es una cosa, es otra: incluso cuando parece que tenemos el santo de cara, puede que algo se tuerza. El momento en que parece que todas las piezas del rompecabezas encajan a la perfección no volverá, porque el idilio formaba parte de la inocencia de la infancia.
La octava es que resistir está bien, pero disfrutar está mejor. La novena es que hay respuestas sobre el sentido de todo escondidas entre las páginas de los libros que nos recuerdan que no somos los primeros en nada. Y hay un cierto consuelo en esta repetición. La décima es que el amor es equilibrado y sabe encontrar el punto justo entre la crítica y el empuje. Esto mi hombre lo practica muy diligentemente, y por eso este año me caso con él. La undécima es que pidiendo perdón y dando las gracias se puede hacer lo que parecía imposible de hacer. La duodécima es que, incluso en el momento más oscuro, hay luces que derraman claridad en nuestro dolor. Mi propósito para este 2026 es no olvidarme de nada de lo que he aprendido este 2025. Tengo muy poca memoria en general, y esto me ha acentuado algunas virtudes —una voluntad de hierro forjada por los años de estudio, una generosidad que nace de no recordar el daño que me han hecho. Esta capacidad de retención truncada también es lo que hace que no siempre sea consciente del esfuerzo que he invertido en estar donde estoy. Este año, cuando vuelva a parecer que nada es lo suficientemente sólido ni lo suficientemente placentero, cuando haya apatía o pesadez, haré el ejercicio de recordar. Miraré atrás para poder mirar adelante, como si lo que ha de venir fuera un calendario por estrenar.