Tiene cierta ironía que la comparecencia forzada de Jordi Pujol en la Audiencia Nacional de Madrit, la cual contraviene la opinión de los forenses de los juzgados de Barcelona y que se podría haber despachado usando unos inventos tan ancestrales como una pantalla y unos auriculares, haya sido primordialmente criticada por Salvador Illa, en nombre de la sensatez y de la compasión del humanismo cristiano. A diferencia de Carles Puigdemont, quien no recibió a Pujol en el Palau de la Generalitat, y de todo el entorno de Artur Mas, que se apresuró a desposeer al president 126 de todas las atribuciones simbólicas que le garantizaba el Estatut (dejándolo a merced de los buitres de La Vanguardia y amigos), el actual propietario del sillón presidencial es el más interesado en reunir históricamente el pujolismo —es decir, el pacto de los catalanes con la España del 78, firmado bajo la sombra de los militares— con la voluntad de pacificación autonómica que pretende imponer el PSC.

La actitud del president Illa resulta poco sorprendente, como también era previsible —aunque no menos vergonzosa— la prisa olímpica que ha tenido la mayoría de los altos mandos de Convergència para abrazarse de nuevo a Pujol, el hombre que ellos mismos habían tratado de apestado desde hace más de dos lustros. También cabe reseñar el cinismo mayúsculo de nuestro universo mediático, que se tragó con mucha alegría los primeros ataques contra la figura de Pujol (recordad la detención y condena de Macià Alavedra y Lluís Prenafeta, y recordad —aún más, y si es necesario, consultad el archivo fotográfico de Mr. Google— cómo Baltasar Garzón los exhibió esposados y con los pantalones medio caídos delante de toda la prensa española) y que ahora impostan lágrimas de cocodrilo viendo a un anciano tambaleándose hacia el patíbulo. A menudo pienso que Pujol, más allá de su fortaleza, ha alargado la vida para disfrutar medio burlón de este fangoso lío.

Será necesario esforzarse para que ni la sociovergencia, ni Pujol mismo, monopolicen su propio legado y también para que los jóvenes que quieren resucitarlo, especialmente desde Aliança, sepan que España ya no tendrá mucho margen para comprarlos

Dicho esto, ahora ya resulta muy obvio que la casta judicial madrileña quiere obligar a Jordi Pujol a comparecer, según el lenguaje técnico de la filosofía occidental, por sus putos cojones. Las comparaciones dentro del autonomismo siempre son diáfanas, y ahora también resulta evidente que nunca veremos a faraones como Felipe González, José María Aznar o Pepe Bono en el mismo patíbulo, por el simple hecho de que una herencia de cuatro duros que un president de la Generalitat nunca gestionó es incomparable a una vida de puros y aviones privados, consejos de administración yanquis y mansiones fastuosas en Tánger, respectivamente. Por eso, qué remedio, nuestros presidents siempre han sido hombres de un semblante obligatoriamente campesino y austero, puesto que —como patentan héroes catalanes del tipo Joan Laporta— cuando un mandatario independentista osa abrir la botella de champán o tocar un muslo bien tierno, la judicatura empieza a inventarse cosas como Negreira.

Paradójicamente, las altas instancias del Estado en tiempos de Pujol nunca osaron hablar mal del antiguo president, y no solo porque el pujolismo fuera garante de aquello que en su idiolecto particular se llamaba la “gobernabilidad del Estado”, sino porque el 126 siempre les había garantizado que actuaría como dique de contención del independentismo en Catalunya. Sin embargo, la judicatura se ha ensañado con Pujol (cosa que evitó con su sucesor Artur Mas, con Xavier Trias y que solo ha hecho con los líderes del procés para contrarrestar la amnistía impulsada por la UE y Pedro Sánchez) porque los españoles, y en esto tienen razón, saben que el independentismo es la única —y la más lógica— consecuencia del proyecto nacional de Convergència. En este sentido, me parece normal que la mayoría de los partidos catalanes —incluido el PSC, aunque a la castellana— calculen cuál es el método para devolver a los catalanes a un reagrupamiento.

Pase lo que pase en la capital del reino, Pujol volverá vivo de Madrit, porque diría que todavía le queda mucha gente con la que ajustar cuentas. Por ahora, habrá que esforzarse para que ni la sociovergencia, ni él mismo, monopolicen su propio legado y también para que los jóvenes que quieren resucitarlo, especialmente desde Aliança, sepan que España ya no tendrá mucho margen para comprarlos.