La derecha en Catalunya no tiene futuro. La derecha unionista creció con los votos de la izquierda unionista. Con gente como Celestino Corbacho. Ciudadanos era eso. La derecha independentista, una vez superada la embriaguez, se nota que se siente más cómoda en el autonomismo catalanista. Este es un fenómeno curioso. No es que me inquiete demasiado, si bien las sociedades “normales” se construyen desde la diversidad ideológica. La unanimidad nacional no existe y cuando se ha intentado imponer, históricamente se ha traducido en el totalitarismo, negro o rojo. Está claro, pues, que la derecha no sabe construir su espacio dentro del independentismo porque, para sobrevivir, se ha visto obligada a hacerse acompañar por sectores de centroizquierda. El único dirigente que le queda, Artur Mas, está más quemado que un ascua humeante y el centroizquierda de JxCat no le reconoce ningún mérito, ni el 9-N, que él mismo menosprecia. Artur Mas ganó las elecciones de 2010 reclamando el voto de los que estaban descontentos con el tripartito, independientemente de si antes eran electores de izquierdas, de derechas o de centro. La presencia de Ferran Mascarell en el primer Govern Mas quería representar eso, siguiendo la filosofía del discurso que el dirigente de CiU había pronunciado el 2007 en el Palau de Congressos de Catalunya. Pero enseguida se vio que aquella filosofía respondía, por lo menos para el grueso de los dirigentes de CDC, a un mero instrumento para volver a controlar el Govern y “recuperar” los cargos perdidos.

El neoliberalismo impuesto por el consejero Andreu Mas-Colell para afrontar la crisis económica decantó la balanza hacia la derecha. No entro a debatir si las medidas que se tomaron eran las adecuadas o no, pero conozco economistas de derechas que lo habrían hecho de otro modo, menos traumático socialmente. Lo que sí sé es que la gestión política de los recortes fue nefasta y dispersó a la suma de gente de centroizquierda que se había aproximado a CDC. Se alejó. Mas-Colell es un economista brillante (a pesar de que ha colocado a las universidades en el límite de la quiebra y ha dejado cojo el sistema sanitario), pero creo, sinceramente, que es un mal político. El problema es que Artur Mas solo escuchaba a Mas-Colell —como Carles Puigdemont se fió de Carles Viver i Pi-Sunyer, otro técnico de gran categoría con una visión política muy limitada—, e impuso un sesgo ideológico a su gobierno que más adelante, cuando necesitó el concurso de la izquierda, en 2015, lo arruinó políticamente. Corrupción (2009), recortes (2010) y soberanismo (2012) no ligan bien. Quien decidió avanzar las elecciones el otoño de 2012, después de la primera gran manifestación independentista, no supo leer la realidad. La ninguneó por soberbia y por oportunismo. Fue una decisión muy poco oportuna.

La unidad independentista es una falacia. En el fondo no la desea ninguno de los partidos actuales

Mas pagó muy pronto las malas decisiones que iba adoptando. En vez de optar, como más tarde haría Angela Merkel, por implicar a la izquierda en las medidas de contención económica, actuó unilateralmente, desterrando el consenso necesario en momentos de crisis social. Nos quejamos de que en España no existe una cultura de coalición, pero en Catalunya solo la habido muy recientemente y con muchos recelos. Por otro lado, Mas dejó el partido en manos de Oriol Pujol, un hombre incapaz y corrupto, a quién protegió hasta el último momento. Si CDC no existe es debido a la irresponsabilidad de los dirigentes —y a la credulidad de los militantes—, que no vislumbraron la profundidad de lo que estaba pasando. El PP y el PSOE han padecido casos de corrupción tan graves como los de CDC y UDC y si siguen vivos es porque son partidos del sistema. CiU se hundió por una presión doble: porque era una formación del régimen del 78 que se propuso la ruptura, cuando menos la parte más sustanciosa de la federación, y porque la sombra de los recortes la persiguió incluso cuando el soberanismo ya había estallado y los herederos de CDC estaban integrados en Junts pel Sí, una coalición marcadamente de centroizquierda. El Estado demostró a Mas y compañía quién mandaba. La operación de derribo empezó cuando la policía y los fiscales apuntaron a diestro y siniestro y se llevaron por delante todo lo que se movía. Para empezar, a Jordi Pujol, el icono, el referente de muchos convergentes. El Estado también disparó contra dirigentes honrados, como por ejemplo el alcalde Trias, consiguiendo el objetivo, que no era otro que provocar su caída. El Estado y el unionismo, como se pudo comprobar otra vez este año, prefiere a Ada Colau como alcaldesa, representante de la izquierda sin dientes cuando llega al poder, que un alcalde identificado con el independentismo, se llame Trias o lleve el apellido Maragall.

La unidad independentista es una falacia. En el fondo no la desea ninguno de los partidos actuales. La candidatura de Junts pel Sí nació con fórceps y acabó con la retirada de Artur Mas y un cambio de paradigma cuyas consecuencias se siguen pagando. Una vez oí a un tertuliano que aseguraba que el abrazo entre Artur Mas y David Fernández propició que el electorado convergente llegara a la conclusión que también podía votar a la CUP sin problemas. Eso no es cierto. La perdición de la derecha vino por su insistencia en la unidad con ERC sin darse cuenta de que le estaba regalando la iniciativa. La unidad se ha intentado una y otra vez, pero la rémora convergente, la competición entre CDC —o PDeCAT— y ERC impidió construir una alternativa política sólida capaz de afrontar el proceso que se iba abriendo a trompicones. Aunque ahora no se diga en voz alta, la celebración del referéndum fue una contrapartida a la CUP para evitar la caída del Govern de Junts pel Sí.

Después de octubre de 2017 y de la aplicación del 155, Puigdemont consiguió aglutinar a su lado a independientes de centroizquierda para salir del pozo. Ganó las elecciones con JxCat, minimizando la influencia de la vieja política que representaba el PDeCAT, con un discurso ideológicamente difuso y amplio. A medida que el mundo neoconvergente fue recuperándose y ocupó los principales puestos de poder en la administración, los sectores de centroizquierda se iban sintiendo más incómodos. Puigdemont supo hacer de árbitro. JxCat ha perdido una elección tras elección cuando se ha alejado de la fórmula electoral del 21-D. Las elecciones municipales fueron el mejor ejemplo que “recuperar” a Mas era un suicidio. Cuando la identificación ideológica de JxCat es con el centroizquierda y se presenta como un grupo netamente independentista, entonces retiene a los votantes o incluso los aumenta, como pasó en las europeas. Como quedó claro entonces, la tríada Comín-Puigdemont-Ponsatí era un caballo ganador. La Crida tuvo éxito inicialmente porque representaba esta misma voluntad, hasta que la presión del PDeCAT provocó que alguien decidiera anestesiarla. Ahora está rehaciéndose, organizada en distintas tendencias ideológicas, pero veremos qué ocurre, porque la gente no es idiota y se da cuenta enseguida de los intentos de instrumentalización. Además, en el mundo de la CUP las disputas entre el sector pragmático y el intransigente bordean la grieta, lo que abriría la posibilidad de construir un nuevo espacio, por ahora inédito.

La derecha no es solo minoritaria en el espacio, digamos, puigdemontista, es que también lo es en el catalanismo que ahora quiere resucitar a ERC. El partido de Tardà, Rufián, Aragonès, Vilalta y Torrent primero se comió a los democristianos de Toni Castellà —con la justificación de que Junqueras era más independentista que Mas y Puigdemont— y ahora absorbe a la derecha neoautonomista que ha abandonado a CDC con la confianza de que Junqueras pondrá freno a los “excesos”, que es lo que desea el establishment. El concejal Miquel Puig —que lo fue todo con los convergentes— fue el primero en verlo y ya hizo el salto en las municipales. Los antiguos intelectuales convergentes, los que criticaban a Pujol y a Mas por no haber sabido construir una alternativa cultural y política a la izquierda —y que ellos tampoco supieron construirla porque quedó demostrado que no tenían ideas—, hoy son los nuevos propagandistas de las tesis de la “rectificación” de ERC. La derecha independentista o autonomista es, pues, dependiente  de la izquierda porque no tiene ningún programa que ofrecer. Es pura palabrería, unionista o neoautonomista, en boca de conservadores y reaccionarios.

La derecha no es solo minoritaria en el espacio, digamos, puigdemontista, es que también lo es en el catalanismo que ahora quiere resucitar a ERC

Está acercándose un tiempo de reorganización, pues. Puigdemont tiene la oportunidad de reconstruir un espacio de centroizquierda independentista, fiel al movimiento que hizo posible el 1-O, que no lo fosilice, y que se preocupe más de Catalunya que de la gobernabilidad del Estado. Que no renuncie al Estado propio a cambio de migajas. Debe ser un grupo que tenga la valentía de empezar de nuevo en casa, en la administración catalana, y que jubile a una serie de políticos que solo son lo que son por la protección de los presos convergentes. Para ampliar el apoyo independentista es necesario demostrar que uno está dispuesto a cambiar las cosas de verdad. Hay que ser un reformista revolucionario. El debate sobre la investidura de Pedro Sánchez es provinciano y debilita al independentismo. Quizás beneficiará a ERC, porque le ayudará a hacerse con el voto de la derecha autonomista, pero poco más. Será un espejismo. El independentismo solo crecerá si socialmente es fuerte y políticamente encuentra una fórmula organizativa que abandone las viejas formas de hacer política. Si Puigdemont lo quiere, será.

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