En cualquier situación de la vida, pensar que el amor debe anteponerse a la técnica solo puede llevar a consecuencias auténticamente funestas. Si esta premisa terrible la aplicamos al universo de los colectivos y de las naciones, la catástrofe resulta tan segura como abominable. Los catalanes somos un pueblo consuetudinariamente mesurado y digno, pero a menudo pecamos de un sentimentalismo nauseabundo; nos pasa con Gaudí y tantas otras cosas, porque mira que hay que ser estúpido (lo diga nuestro genio de la arquitectura o quienquiera) para creer que una mona de Pascua como la Sagrada Família, o incluso una simple barraca de playa, puede edificarse apelando al carácter voluble del furor emocional. Esto que llamamos amor, mal que nos pese, es uno de los fundamentos más chaqueteros de la existencia humana y cualquier decisión existencial basada en la avenencia está destinada a derribar los campanarios más altos.

Si alguien tiene toneladas de amor pero no tiene ni la más reputa idea de cómo urdir contrafuertes..., ya puede amar, que solo podrá coleccionar ruinas

En el libro sexto de la Ética, los escribientes de Aristóteles ya nos dijeron que la técnica es el arte del razonamiento que produce la existencia (peri genesin) de aquellas cosas más contingentes para abrirlas al mundo de la belleza. En otro lugar, diría que la Metafísica (os pondría el versículo, pero me da una pereza inmensa levantarme de mi sofá en la biblioteca del Ateneu), el Estagirita admite que el artesano maestrívol (technitês) es incluso más sabio que la persona con más nobleza ética, puesto que conoce la causa de las cosas y las razones por las cuales vale la pena hacerlas. Toda esta mandanga, lo escribo de nuevo, puede aplicarse a nuestro Antoni o a cualquier cráneo privilegiado del mundo artístico, pero resulta evidente en un arte notoriamente sólido y colectivo como es la arquitectura. Si alguien tiene toneladas de amor pero no tiene ni la más reputa idea de cómo urdir contrafuertes…, ya puede amar, que solo podrá coleccionar ruinas.

Uno puede reverenciar mucho a su propia costilla o a sus amigos, pero si no cultiva la técnica de satisfacer sus caprichos, de aguantar sus respectivas taras mentales y de sacrificarse para ayudarlos, acabará más perdido que las moscas. Los catalanes tendemos a pensar que todo esto no tiene nada que ver con el cálculo y opinamos que nace de una base sentimental tan sólida como una viga maestra. Nada más lejos de la realidad: el amor es una fuerza de la naturaleza, en efecto, pero no garantiza que hombres y mujeres hagamos caso al deber moral para cuidar de los demás cuando menos nos apetece. En el arte pasa lo mismo: ya puedes amar mucho los Estudios trascendentales de Liszt que, si no te destrozas los dedos para que tu musculatura manual pueda disparar miles de notas por minuto, siempre los tendrás que oír tocados por otro. Primero te tienes que currar la técnica y después, cuando estés exhausto de trabajar, si quieres hablamos de eso del amor.

Cuando alguien te diga que hace las cosas por el simple fervor del acto, apelando al corazón, ten la bondad de proteger tu billetera y —si aún dudas del engaño— piensa en cómo los políticos catalanes siempre han apelado a la bonhomía antes de timarte. Si te aproximas a cualquier persona en nombre del amor, recuérdalo bien, la acabarás expulsando de tu existencia mucho antes que si lo hicieras por simple curiosidad o incluso por interés. Mi país, cuando ve una frase aparentemente ingeniosa en el firmamento firmada por un enjambre de lucecitas, se escurre en los calzoncillos como si todo Dios fuera un grupo de monaguillos ante el altar; es así como, después de la insufrible empalagada papal y de su consecuente manada de futuros turistas, también tendremos que aguantar una temporada de sentimentalismo. El amor, creedme, no ha erigido ninguna montaña ni ningún templo; solo nos ha hecho bajar la guardia y volvernos más débiles.

Primero viene la técnica, tanto en el arte como en cualquier forma de seducción estética (también en la corporal), y después, si acaso y si disponemos de cantidades importantes de dinero o de tiempo para perder (que vendría a ser lo mismo), vendría el amor. Al amor hay que aproximarse solo si no nos queda más remedio, entendiendo que todo lo que se edifique a partir de una quemazón acabará en la más absoluta náusea. Todo lo que me gusta, desde las sonatas de Mozart, pasando por el Imperio romano y acabando por la petulancia de los ingleses…, es producto de la técnica. Si nos hurtaran la técnica y fuéramos simples héroes del amor, ya estaríamos todos muertos. Afortunadamente, los catalanes hablamos de estas cosas de una forma muy cínica y, en el fondo de cada sentimental, se esconde alguien un poco puta; solo así hemos conseguido no acabar como una especie extinguida. El mundo se encabrona, queridos; más nos valdrá reservar el amor para mañana.