Finalmente, llegó el gran día y el Govern de Catalunya pudo inaugurar algo. Nada menor: ¡el eclipse! No consta que Salvador Illa cortara ninguna cinta entre el Sol y la Luna, pero, viendo el despliegue institucional, no habría sorprendido. La administración llevaba días calentando motores. Web oficial, cuenta atrás, consejos, dispositivos, puntos de observación, autoridades y fotografías. Por un momento, podías llegar a pensar que sin la Generalitat la Luna pasaría de largo. El eclipse, sin embargo, empezó puntual. Sin incidencias. Tal como estaba anunciado, la Luna se puso delante del Sol a la hora prevista y el Sol no presentó ningún recurso. Una lección de eficiencia administrativa que convendría estudiar con detenimiento.
Para presenciar el espectáculo no hacía falta cita previa, ni rellenar ningún formulario, ni disponer de un código QR. Tampoco había una conselleria competente en materia de alineación planetaria. Y, a pesar de todo, durante unos instantes, el sistema solar funcionó. El Govern estaba allí, naturalmente. Fotografiándose con gafas especiales, mirando hacia arriba y compartiendo con los ciudadanos la satisfacción de haber culminado con éxito un fenómeno astronómico que se estaba preparando desde hacía unos cuantos millones de años.
No tengo nada contra las fotos. Es agosto, hace calor y un eclipse total es una maravilla. Lo que me fascina es esta necesidad contemporánea de los gobiernos de estar presentes en todas partes, incluso allí donde su presencia es absolutamente irrelevante. Hay algo de infantil en este tipo de política. Como cuando en la escuela la maestra nos decía: "Mirad, niños, ahora veremos el eclipse". Pero los ciudadanos no somos niños y el Govern no es nuestra maestra. Somos adultos. Ya sabemos mirar el cielo solos.
Necesitamos menos tutela y más servicio. Menos administración explicándonos cómo tenemos que vivir y más administración ocupándose de lo que solo ella puede hacer
De hecho, lo que esperamos de un gobierno adulto no es que nos explique que tenemos que ponernos unas gafas para mirar el Sol. Esperamos que haga bien aquellas cosas que nosotros, por muchos tutoriales que consultemos, no podemos resolver por nuestra cuenta. Por ejemplo, llegar a Tarragona en tren. El miércoles esto era más complicado que hacer que la Luna tapara el Sol. Sants se saturó, hubo empujones y Rodalies volvió a demostrar que la astronomía es una ciencia más exacta que la RENFE. En El Prat, mientras tanto, una avería eléctrica en la torre de control obligó a detener temporalmente despegues y aterrizajes. La Luna encontró perfectamente su posición a 384.000 kilómetros. Algunos aviones, en cambio, lo tuvieron más difícil. Y en la AP-7, como ya empieza a ser habitual, también había retenciones. En esto Catalunya sí que ofrece una continuidad institucional admirable. Cambian los gobiernos, pasan los años, llegan los eclipses, pero nuestras infraestructuras no van.
Esta es la paradoja. Tenemos administraciones extraordinariamente preparadas para comunicar lo excepcional y extraordinariamente ineptas para solucionar lo ordinario. Podemos organizar la contemplación del Sol, pero continuamos sufriendo para ir al trabajo. Es una política que confunde acompañar con gobernar. El ciudadano no necesita que el Govern comparta todas sus experiencias. No hace falta que nos acompañe a ver el eclipse, a pasear por el bosque o a contemplar la puesta de sol. No queremos propaganda.
Necesitamos menos tutela y más servicio. Menos administración explicándonos cómo tenemos que vivir y más administración ocupándose de lo que solo ella puede hacer. Menos fotografía mirando al cielo y un poco más de mirada puesta en el suelo para encontrar soluciones. El eclipse duró poco más de un minuto y la normalidad volvió enseguida. El Sol reapareció sin que nadie tuviera que inaugurarlo. Tampoco consta ceremonia de clausura del Govern. Lo que ahora sería extraordinario es que el país funcione.
