El TJUE ha avalado la ley de amnistía. Entre el triunfalismo tarambana de Junts y el acatamiento interesado de los socialistas, en este rincón de internet aspiramos a hacer un análisis del momento político actual poniendo siempre el objetivo de la liberación nacional por delante de todo. Estimados lectores, la sed de los juntaires de ofrecer algún éxito palpable a su electorado hace pasar, reiteradamente, gato por liebre. El momento del partido es grave y sus perspectivas electorales no dan mucho margen al engreimiento, así que una resolución judicial como la que nos ocupa es la herramienta ideal para que los juntaires se inflen y saquen pecho, para que aticen un sentimiento de victoria que sus adeptos anhelan ansiosamente saborear y para que nadie se pregunte mucho qué es lo que han ganado, ni quién se acabará aprovechando. El planteamiento es el de presentar una resolución como la del TJUE como una victoria contra España —a la brava—, como un paso de gigante para el movimiento independentista, y así capitalizarla electoralmente ligándola a la figura del president Puigdemont. Cualquiera que se proponga cuestionar este planteamiento, de interrogarse sobre por qué el PSOE también rema a favor de la ley de amnistía, de poner en duda el alcance y la naturaleza de la presunta victoria en cuestión, o de profundizar críticamente en la importancia que el electorado catalán otorgará al asunto, será tildado de derrotista atolondrado y de enemigo de la libertad. Hemos ganado, y punto. ¿Que qué hemos ganado, exactamente? Pues lo que diga Junts, estimados lectores.
La resolución sobre la ley de amnistía también servirá de guinda final al PSOE para validar al Estado español como Estado democrático ante Europa
El hecho es que la ley de amnistía es el instrumento con el que el PSOE se ha encargado de imponer forzadamente el apaciguamiento del conflicto catalán. Han mantenido en cuarentena a Oriol Junqueras y Carles Puigdemont hasta que el simbolismo del 1 de octubre que encarnan ha quedado lo suficientemente amortiguado para no condicionar la vida política catalana y española. Han favorecido que la parte del movimiento independentista que articulaban y representaban los partidos quedara reducida a las luchas personales de los líderes de los partidos en cuestión, desconectándolos de su base y del país. Han empujado —todavía un poco más— para que lo que era un movimiento de liberación nacional se resignificara en un movimiento antirrepresivo. Han conseguido que, subliminalmente, aquellos líderes políticos que desafiaron al Estado ahora breguen por conseguir que se aplique el perdón a aquel desafío y, por lo tanto, acepten de manera indirecta que fue un sobrepasamiento por el cual hay que disculparse y bajar la cabeza. Aparte de pacificar a Catalunya y religar a España en nombre de la convivencia, la resolución sobre la ley de amnistía también servirá de guinda final al PSOE para validar al Estado español como Estado democrático ante Europa, quitándose de encima el lastre de un déficit democrático que es evidente para cualquiera que tenga ojos en la cara.
Para ser justos, estimados lectores, hay que dejar escrito que los intereses del PSOE no son responsabilidad ni de Oriol Junqueras, ni de Carles Puigdemont. Pero lo que sí es responsabilidad de los implicados, por honestidad y por respeto a sus votantes —y a los catalanes en general—, es no tratar la resolución sobre la ley de amnistía como si los intereses del PSOE sobre esta no existieran. Es una resolución que el Tribunal de Justicia de la Unión Europea ha argumentado sobre "su propósito de reducir tensiones", pero que la manía de confundir tener razón —o, en este caso, pensar que te dan la razón— con ganar de la clase política no deja que se lea desde el realismo. Algunos creen que aquella ingenuidad tras la consigna "Europa no lo permitirá" es una antigualla. Que aquella sentencia naïf es solo un mantra que algunos usamos en tono humorístico como quien recupera una reliquia del pasado. Desafortunadamente, estimados lectores, sin espacio para la autocrítica ni la fiscalización internas, los líderes del procés continúan aferrados al tipo de pensamiento ilusorio que nos mantiene ligados a España.
La celebración pletórica de la resolución del TJUE sobre la ley de amnistía es el tipo de celebración de quien no es consciente —o de quien no quiere hacerse consciente— del precio que ha pagado el país hasta llegar a la ley de amnistía en cuestión. De quien no entiende o no quiere entender, vaya, que en este acatamiento a la pacificación de los socialistas hemos perdido tiempo, hemos perdido vigor, hemos perdido movilización y hemos perdido la posibilidad de confiar en la política para que nos lleve a la libertad del país. Cada vez que el president Puigdemont ha amenazado con volver y no lo ha hecho, se ha restado credibilidad a sí mismo, pero también ha restado credibilidad a la idea de independencia que —desafortunadamente— algún día personificó. Cada vez que Oriol Junqueras ha sacrificado los ideales independentistas —que se supone que vertebran a su partido— para obtener beneficios personales del PSOE, ha sacrificado, también, la posibilidad de que los catalanes consideren los partidos como medio para llegar a la libertad del país. Algunos nos quieren hacer creer que la peor derrota para Catalunya habría sido ver al president Puigdemont en la cárcel. El hecho es que, mientras nos instigaban a creerlo y mientras ahora se dan golpes en el pecho, triunfantes, queriendo cobrarse electoralmente la "victoria" de la amnistía, la desafección, el desinterés, la desconfianza y la desmovilización son tan manifiestas que no podrán hacerlo. La peor derrota ha sido la domesticación del conflicto y en esto, queridos lectores, quienes hoy se congratulan exageradamente por la resolución del TJUE, han sido colaboradores. La ley de amnistía es la materialización de esta colaboración entre partidos. El precio de la amnistía, sin embargo, lo pagamos y lo pagaremos todos.
