Por Samuel Garzón Barchilon, rabino principal de la Comunidad Judía de Barcelona
Llegar a Cataluña es descubrir una manera de mirar el mundo que combina identidad y apertura. Una sociedad que sabe de dónde viene y, al mismo tiempo, no tiene miedo de dialogar con el presente. Quizás por eso, celebrar Pesaj aquí adquiere un significado especial.
Pesaj —la Pascua judía— conmemora la salida del pueblo de Israel de Egipto, el paso de la esclavitud a la libertad. Pero reducirla a un recuerdo histórico sería empobrecerla. Pesaj es, sobre todo, una pregunta: ¿qué significa ser libre hoy?
Este momento marca el nacimiento del pueblo de Israel no solo como una realidad biológica, sino como una nación constituida bajo una ley moral común. La salida de Egipto no fue una huida desordenada, sino el acto fundacional de un pueblo que se organiza alrededor de un propósito espiritual superior. Cada año, alrededor de la mesa del Séder (la cena ritual de Pésaj), repetimos el mismo relato. Y cada año, el más pequeño de la casa formula una pregunta que siempre es nueva: “¿Por qué esta noche es diferente de las otras?”. Esta escena, aparentemente sencilla, contiene una intuición profunda: la libertad no se hereda, se aprende. Y solo se aprende si hay alguien dispuesto a explicarla y alguien dispuesto a preguntarla.
Vivimos en sociedades que se consideran libres. Pero Pésaj nos recuerda que la libertad no es solo una condición política. Es también una disciplina interior. No basta con salir de Egipto; hay que evitar llevar Egipto dentro. Intelectualmente, en el judaísmo la libertad no se entiende como la ausencia de límites, sino como la capacidad de elegir una responsabilidad que nos trascienda. Es el paso de la servidumbre a los hombres a la servidumbre al Creador, lo que representa la máxima autonomía que el ser humano puede alcanzar.
Por eso, durante estos días, eliminamos cualquier rastro de pan fermentado de nuestras casas. No es solo un precepto ritual. Es un ejercicio simbólico: apartar aquello que nos infla, aquello que nos hace creer más de lo que somos. La matzá, el pan sin levadura, es humilde, esencial. Nos recuerda que la libertad auténtica pasa por la simplicidad y la verdad.
En una sociedad como la catalana, tan marcada por la idea de proyecto colectivo, esta reflexión adquiere una dimensión cívica. No hay libertad sin responsabilidad compartida. No hay identidad sin memoria. Y no hay futuro sin la capacidad de explicarnos a aquellos que vienen detrás. La constitución del pueblo de Israel en el desierto nos enseña que un colectivo solo perdura cuando sus leyes están escritas no solo en piedra, sino en la conciencia de cada individuo.
Pésaj no es una fiesta cerrada. Es una invitación. Nos dice que cada generación debe verse a sí misma como si hubiera salido de Egipto. Es decir: como si la libertad no fuera un hecho adquirido, sino una tarea pendiente.
En un tiempo a menudo acelerado y superficial, el judaísmo propone detenerse, sentarse alrededor de una mesa y hablar. Hablar con los hijos, con los abuelos, con quien no sabe y con quien cree que ya lo sabe todo. Quizás esta es una de las grandes aportaciones de Pésaj: recordarnos que una sociedad libre es, antes que nada, una sociedad que conversa.
Cataluña tiene esta vocación de conversación. De país que construye desde la palabra, desde la cultura, desde la transmisión. Por eso, celebrar Pesaj aquí no es solo mantener una tradición. Es también reconocer que la libertad, cuando es auténtica, siempre es compartida.
Y quizás esta es la pregunta que queda abierta, también para quien no celebra Pesaj: ¿qué significa hoy ser realmente libres?
