¿Puede un candidato a presidente del Gobierno, con opciones reales de serlo, demostrar la ignorancia sobre la historia de su país que evidenció Pedro Sánchez en su entrevista en TVE con la periodista Ana Blanco? Por lo visto, parece que sí. Incluso puede pasar desapercibido en muchas de las principales cabeceras de la prensa que se edita en Madrid. Todo vino a cuenta del repaso de méritos que quiso atribuir Sánchez a los socialistas en las casi cuatro últimas décadas de política en España. Enredado en esta cuestión, se pasó de frenada y no tuvo reparos en meter en el zurrón de los éxitos socialistas la ley del Divorcio, que el PSOE obviamente avaló pero que fue una iniciativa legislativa del ya fallecido exministro de la UCD Francisco Fernández Ordóñez en julio de 1981, quince meses antes de la llegada de Felipe González a la Moncloa. Imagino a Pérez Rubalcaba o incluso a Zapatero desternillándose de risa con la metedura de pata de Sánchez que, por otro lado, estuvo aburrido y simplón. Como es lógico, la audiencia televisiva fue más bien baja, alrededor del 11% de la cuota de pantalla.

Con ser grave, el principal problema de Sánchez en estos momentos no es su suspenso en historia sino la clamorosa falta de discurso en estos momentos de alta tensión entre Catalunya y España. La reforma federal de la Constitución, su principal propuesta, queda engullida por el aparato mediático del Gobierno español, obstinado en resolver el tema catalán al margen de cualquier diálogo político. El secretario general del PSOE ha renunciado a un arma muy efectiva en todas las elecciones generales en Catalunya, que consistía en diferenciar el discurso y utilizar los 47 escaños que aquí se dilucidan como palanca para llegar a la Moncloa. El primer secretario del PSC, Miquel Iceta, que aguantó el tipo de las pasadas elecciones catalanas en un entorno muy difícil, debería aspirar a tener un papel más protagonista en el discurso socialista si no quiere quedar deglutido por un discurso único socialista el próximo 20 de diciembre.

La reconocida capacidad de diálogo de Iceta está topando contra un muro, por un lado al haber perdido muchos de sus interlocutores en Junts pel Sí, y por otro, la avalancha involucionista de los socialistas junto a PP y Ciudadanos romperá su histórico perfil, como ha pasado en el lado de JxSí con Convergència Democràtica. Si el partido de Mas puede quedar ideológicamente hablando a merced de la CUP, lo mismo puede pasarle a Iceta con la formación de Albert Rivera. Y de todo eso se debieron lamentar Miquel Iceta y Josep Antoni Duran Lleida en su último almuerzo. A lo mejor, incluso, además de compartir penas con la estrategia de Rajoy, entre plato y plato se habló del pos-20D y del incierto resultado electoral. Con un PSOE que, si gobierna, tiene entre sus posibles ministrables al líder de Unió. Con el aval del PSC, claro. ¡Ay, la política!