Un sueño recurrente del común sería el de haber podido vivir presencialmente los momentos estelares de la humanidad. En mi caso particular, me habría encantado hacer de camarero en los encuentros vieneses de Wolfgang Mozart y Lorenzo Da Ponte, justo cuando mis dos estimados amigos preparaban la revolución del Dom Joan; disfrutar de una sobremesa y del posterior paseo matemático con el maestro Immanuel Kant, charlando del imperativo categórico y la paz perpetua, y aún también presenciar un ensayo de la Novena de Mahler con mi idolatrado Leonard Bernstein, que terminara con un vaso de whisky en la terraza del Avery Fisher Hall, contemplando las cascadas del Lincoln Center. Pero también habría disfrutado de lo lindo si hubiera podido vivir el instante preciso en el que, dentro de un sórdido antro del Departament d’Educació i Formació Professional, alguien decidió que sería una buena idea enviar a la pasma a la escuela.
Según hemos leído y es noticia, nuestros responsables educativos han pensado que —tras una sonada huelga de los maestros, fatigados de que la sociedad les exija la educación integral de los niños… al precio de cobrar una puñetera mierda— resultaría una buena ocurrencia garantizar la paz de catorce institutos del país a base de mandar agentes de policía, en eso que los cursis llaman una “prueba piloto”. Hay que aclarar, primeramente, que estos carabineros (a los que, en teoría, no preparan para tal cometido durante su formación) irían a clase desarmados y con vestimenta de paisano, no vaya a ser que los chavales —al contemplar una pipa y el uniforme negro-rojo reglamentario de los Mossos— experimentaran una crisis epiléptica. Pero, como se han apresurado a decir los maestros, la iniciativa es inquietante porque tiñe la crisis educativa como un asunto de seguridad ciudadana y a los pobres alumnos como futuros alborotadores.
Pretender que vivimos en uno de los mejores países del mundo, como decía recientemente el president Illa, mientras se sitúa a uniformados en las aulas… es un regalo para Sílvia Orriols
Si hay falta de seguridad en las escuelas, extremo que un servidor desconoce, diría que la mejor forma de paliarla no es sentar a la pasma en el pupitre, sino incentivar que nuestras aulas estén menos masificadas, que los centros cuenten con suficientes profesionales como para asumir una cuota creciente de recién llegados, y que la comunidad educativa tenga suficiente apoyo de mediadores, psicólogos y técnicos en integración social como para poder desempeñar su trabajo con las garantías educativas mínimas. Desde el punto de vista del oportunismo político, resulta cuanto menos curioso que algún cerebro privilegiado del Govern haya imaginado que —insisto, ¡justo después de grandes movilizaciones de maestros!— es una buena idea infiltrar a la poli en las aulas. A su vez, parece delirante que los políticos que se esfuerzan por dotar de más autoridad a nuestros maestros acaben meándose encima de ellos a base de americanizar la educación de los catalanes con la ayuda de los agentes de la BRIMO.
Aparte de todo esto —que podrá entender cualquier inteligencia superior a la de un jilguero—, el PSC debería ver que tales medidas policiales (las cuales tratan L'Hospitalet de Llobregat y otras poblaciones del país como si fueran fucking Harlem) son un pase de gol impecable para toda la demagogia de lo que sus propios agentes políticos llaman “la derecha radical”. Pretender que vivimos en uno de los mejores países del mundo, como decía recientemente el president Illa, mientras se sitúa a uniformados en las aulas… es un regalo para Sílvia Orriols y su entorno, que solo tiene que chutar ligeramente el balón para decir a los catalanes que el Govern finge una normalidad pacífica mientras mete a los Mossos en las aulas para controlar a los adolescentes de piel morena. Hay que ser muy, pero que muy burro, para no entender todo esto, y me cuesta mucho pensar que una política bien formada como la consellera del ramo no lo intuya.
Espero que el Govern reaccione con rapidez y olvide muy pronto esta martingala que no tiene ni pies ni cabeza, que deje de subsumir la educación a un punitivismo de tres al cuarto, el cual, por si fuera poco, sitúa a nuestras fuerzas de seguridad en una tesitura notoriamente incómoda. Quizás necesitaríamos un protocolo mucho más sencillo —escasamente policial—, consistente en educar a la mayoría de los padres catalanes para hacerles entender que la autoridad de los profesores es más indiscutible que la supuesta inteligencia de sus retoños. Solo con esta medida, altamente revolucionaria, quizás lograríamos unas aulas más seguras, unos estudiantes más despiertos y, sobre todo, más tranquilidad para nuestros pobres maestros, que no solo deben de estar fatigados de alumnos y papis groseros, sino de invenciones de bombero con las que solo se ayudará a todos los que querrían devolver la educación al paleolítico.
