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De la visita del Papa a Madrit (a Barcelona solo ha venido a cortar la cinta de un concesionario nuevo para regalarnos los tímpanos con cuatro frases en catalán) hay que extraer dos cosas. Primero, el hecho de escoger el propio lugar y este momento histórico particular; a saber, la ratificación del kilómetro cero español como la nueva capital mundial de la inmigración hispanoamericana —regularizada hace muy poco por obra y gracia del socialismo—, el cual querría convertirse, a su vez, en el núcleo de un nuevo renacimiento del imperio colonial. La incorporación de nuevos ciudadanos a la cotización de la seguridad social, a la mano de obra barata poco cualificada y a las listas de espera sanitarias es algo que pone cachonda a la izquierda. Por otro lado, que Madrid vuelva a ser el puerto desde donde Cristóbal Colón zarpó mar adentro para urdir el primer intento de globalización de la cultura de Occidente es un regalo masturbatorio para conservadores.

Pero la convergencia de ideologías en el hiperliderazgo del Papa no termina aquí, ya que, y la cosa tiene vaticana malicia, Robert Prevost aprovechó su speech en el máximo órgano legislativo español para recordar a diputados y senadores que "la dignidad precede a toda concesión del Estado, pertenece a todo ser humano por el hecho mismo de existir y no puede quedar subordinada a consensos sociales mutables o al vaivén de las mayorías de cada momento". Dicho en otras palabras, el pontífice se cargó los ideales de la ilustración liberal, según la cual no existe concepto —por primordial que sea, como la vida o la dignidad— que tenga una definición estática. Por este motivo, los ateos demócratas consideramos muy digno y ético que uno pueda determinar cuándo poner fin a su vida o que una mujer fecundada elija no engendrar, si así lo deciden nuestros representantes. Porque la moral no se hereda; se crea.

La independencia sigue siendo la única solución para no acabar absorbidos en esta nueva aventura expansionista-global de la marca España

Sin embargo, entiendo perfectamente que la filosofía dictatorial-talibana del Papa agrade a los políticos del bipartidismo español, pues cualquier presidente de España o de aspirante a comandarla estará encantado de saber que la dignidad (o cualquier fundamento moral de la política que el lector pueda imaginar) resulta algo innato, de carácter humanista (¡buaj!) y que no debe estar sometido a los caprichos de una cámara representativa popular. El mundo de los tiranos, en efecto, es una opción la mar de válida, porque siempre te permitirá afirmar que los valores humanos previos a cualquier legislación, mira qué cosas tiene la vida, coinciden exactamente con los tuyos. Pero los demócratas, oso insistir, seguimos una vía mucho mejor; entendemos la ley como un espejo perfecto de la ética comunitaria justamente por su contingencia y —en marxista, de Groucho— sabemos que si un principio no place, podemos tener otros.

Por todo esto, que el pleno de un Congreso democrático (incluyendo a aquellos que tienen la desfachatez de llamarse partidos aconfesionales) aplauda a rabiar un discurso que atenta contra los rasgos básicos de la democracia ilustrada y del pluralismo debería hacernos temblar. Pero España ya hace tiempo que no tiene ningún tipo de problema en chupar los discursos totalitarios bajo la apariencia de un Estado perfectamente democrático. Lo más divertido de esta performance, sin embargo, es ver cómo los diputados catalanes se suman a la pantomima (sin tener ni puta idea de cómo les están robando la cartera, por enésima vez) y se dedican a meter las narices, como la desafortunada Míriam Nogueras, manoseando al pontífice como una monja presa de sofocos y aleccionándolo sobre la catalanidad de Gaudí. Hijitas mías, os pagábamos para hacer la independencia, no para que hagáis de los malotes de la clase como si fuerais unos niños.

Afortunadamente, y como he comprobado esta mañana cerca de casa, en Barcelona la visita papal ha provocado cierto resurgimiento de nuestro talante libertario y esa cosa tan catalana de arrugar la nariz ante tanta fastuosidad. También me ha complacido ver que ha sido la gente, y no los representantes políticos ni los eclesiásticos, quien ha hecho reconsiderar lingüísticamente las bendiciones papales en el templo de Gaudí. En definitiva, quizás nos habrá servido para ver cómo la independencia sigue siendo la única solución para no acabar absorbidos en esta nueva aventura expansionista-global de la marca España. Por casualidades de la vida, el viaje del Papa ha coincidido con ciertas encuestas que vuelven a dar una mayoría parlamentaria secesionista en nuestro Parlament. Todavía falta cierto tiempo para hablar de elecciones, pero hay que ir pensando qué harán nuestros niños cuando las nuevas mayorías sacudan el tablero de nuevo.