Lo que resulta más desconcertante y a la vez demoledor es la indiferencia. O dicho con más claridad, el pasotismo. En otros tiempos, no muy lejanos, la confluencia de huelgas y manifestaciones de sectores estratégicos, hartos de la situación insostenible que padecen, habría provocado un cierto revuelo político, tal vez alguna explicación atribulada, en el mejor de los casos, una dimisión. Cuando menos, la administración de turno habría mostrado una inquietud considerable y habría dedicado un poco de esfuerzo a contener la embestida social, no fuera que su incompetencia fuera demasiado evidente.

Pero la novedad del momento actual es que, pase lo que pase, todo les resbala, como si tener el país al límite no fuera nada más que una contingencia cualquiera. Ni en las épocas convergentes, ni en las tripartitas, ni las azarosas del procés, Catalunya había sufrido una presidencia y unos consellers tan indiferentes al clamor social como los actuales. En este sentido, Salvador Illa es un alumno aventajado de Pedro Sánchez que ha hecho del “mearse encima y decir que llueve” todo un estilo de gobernanza. Puede estar en medio de escándalos, sin mayoría parlamentaria, ni presupuestos, con el partido destrozado y sin poder ganar leyes fundamentales, pero pone cara de cemento y después de un día, viene otro.

El caso del gobierno de Salvador Illa sigue el mismo patrón pasotista de su pater familias, con el agravante de que Catalunya no tiene dinero, ni soberanía, ni relevancia política, convertida en una triste autonomía quejumbrosa pero domesticada. La red de Rodalies está colapsada y altera diariamente la vida de más de un millón de personas, pero la Paneque de turno no considera necesario despeinarse. La situación en la sanidad catalana ha entrado en una fase de deterioro tan preocupante que ha obligado a los profesionales a salir a la calle para mejorar sus condiciones asistenciales, pero la Pané de turno se pone a silbar. La comunidad educativa está en pie de guerra, desesperada por la situación de deterioro, sin recursos, con muchos más alumnos de los que pueden atender, ni maestros de educación especial, ni herramientas para la inclusión educativa y a menudo con falta de enseres básicos, y la Niubó de turno imita a los monos de Gibraltar: ni ve, ni habla, ni escucha. Y en medio de la quiebra general, Salvador Illa se planta en la Escola d'hivern del PSC en Tarragona y dice que ordenará Catalunya, que se mueve por voluntad transformadora y que, bla, bla, bla, necesitará diez años más de gobierno para dejarlo todo pulcro. Y la cara de cemento armado sonríe a la cámara...

No hay proyecto de país, sino proyecto de poder. Mantenerse en el poder el máximo de tiempo que sean capaces, y hacerlo con la prepotencia de quienes no tienen que dar explicaciones, ni hacer concesiones

El caso de la comunidad educativa es, en este sentido, paradigmático. Los maestros plantan cara a la consejería porque literalmente no pueden más. La consejería monta una reunión con los sospechosos habituales —los sindicatos amigos UGT, CC. OO.— y perpetra un pacto que tiene los santos narices de llamar “pacto histórico de país”. Un pacto que la inmensa mayoría de la comunidad docente rechaza con dureza. El hecho de que los cocos y los ugetés solo sean el 20 % de la plantilla de maestros, y que el sindicato mayoritario USTEC haya sido menospreciado por la consejería, da la medida de la astracanada que ha hecho el gobierno. Y cuando los maestros salen a la calle en unas manifestaciones masivas y contundentes, y dejan claro su enfado, aparece un secretario de no se sabe qué para decir que “empezará a desplegar el acuerdo pronto”. El acuerdo que nadie quiere, que no resuelve la problemática y que es una burla para toda la comunidad docente. Y, sin embargo, con el tiempo... Ni hay voluntad de consensuar con los representantes mayoritarios los acuerdos, ni sensibilidad para atender las reivindicaciones —muchas de ellas urgentes— de la comunidad.

Trenes que no salen, médicos que están sobresaturados, maestros que no pueden más... Es decir, tenemos los sectores estratégicos para el funcionamiento de un país en uno de los peores momentos de la historia reciente, y eso coincide con uno de los Governs más incompetentes y más serviles a los intereses de Madrid. No hay proyecto de país (tal vez porque no creen que seamos un país), sino proyecto de poder. Mantenerse en el poder el máximo de tiempo que sean capaces, y hacerlo con la prepotencia de quienes no tienen que dar explicaciones, ni hacer concesiones. Si Sánchez es capaz de venderse como el salvador de la paz en el mundo, mientras es incapaz de gestionar su propio país, Salvador Illa repite el cálculo: vende orden y responsabilidad, mientras tiene a los médicos exhaustos, a los maestros indignados, a los trenes colapsados, a los sectores básicos en quiebra... Es el tiempo del trilerismo, el populismo pomposo y la vacuidad retórica. Mucha impostación, y ninguna sustancia.