La raza mediterránea vive feliz en la desconfianza profesional. Cuando hay un accidente ferroviario o similar, de inmediato se nos impone la tentación de pensar que hay más muertos de los que “nos cuentan” (este plural del sujeto elidido se refiere casi siempre a las autoridades, pero también a los expertos, sanitarios y periodistas), pues no hay nada que pueda superar la tentación de ocultar algo. También ha ocurrido recientemente con la dolencia presidencial de Salvador Illa, sobre la que muchos charlatanes —antes de conocer el diagnóstico de osteomielitis púbica— ya sabían que debía tratarse de algo más chungo, porque, joder, tío, ya me dirás si hacen falta dos semanas para curar una simple dolencia muscular. La desconfianza también se ha dirigido al supuesto trato diferencial del que pueda disfrutar el Molt Honorable, el cual, según fuentes muy cercanas, fue atendido y está siendo tratado como cualquier conciudadano.

Los desconfiados desconfían sobre todo de esta última cuestión y resulta bien comprensible, porque nuestros médicos también son seres humanos, y no creo que el juramento hipocrático se aplique de igual forma a un vulgar Josep Antoni que a Mozart, a Hegel o a Natalie Portman (por citar tres seres que adoro especialmente). Pero de esto merece la pena hablar, pues, aparte de nuestras taras meridionales, esta especie de anhelo según el cual todo el mundo debe ser tratado de la misma forma, sea cual sea su nivel de trascendencia, nos aleja de la moral de Estado para acercarnos a la condición de tribu. Yo no tengo ni la más remota idea de si el paciente Salvador Illa ha recibido un trato de favor, pero sí puedo afirmar rotundamente que —de haberse producido tal privilegio— estaría totalmente justificado y no supondría ningún agravio hacia el resto de individuos, ni mucho menos un caso de negligencia médica.

Las naciones normales ponen especial énfasis en el cuidado físico de sus presidentes, independientemente de cuánto los quieran o de si los consideran sucursalistas españoles, gestores más bien grises o cualquier opinión por el estilo. Los americanos, una gente a la que deberíamos imitar en casi todo (incluida su predisposición a tener muchos tanques y bombarderos), guardan en un rincón ignoto del automóvil presidencial una muestra de sangre equivalente al grupo de su altísimo mandatario, solo pensando en la contingencia de tener que mantenerlo con vida hasta el hospital más cercano en caso de atentado o agresión. A su vez, los yanquis disponen de un avión titánico —el número uno de la armada— donde, aparte de salas para dormir o echar un polvete a gran altura, el presidente puede ser intervenido quirúrgicamente e ipsofláuticamente de cualquier dolencia. A ningún americano se le ocurriría jamás ligar estos lujos con un privilegio.

Resulta evidente que un equipo de médicos debe tener más cuidado de la más alta instancia del país que de un servidor

Desgraciada y lastimosamente, nosotros no somos como la primera potencia del planeta y, aunque lo fuéramos, nos enfadaríamos al saber que el Molt Honorable —si es el caso, insisto— se ha saltado toreramente las listas de espera en la Vall d'Hebron, mientras que a nosotros, sufridísimos contribuyentes, nos tendrían horas ahí sentados, aunque tuviéramos las pelotas ardiendo de escozor o, una vez examinados, quién sabe si nos mandarían para casita con una simple receta de Ibuprofeno. Esto certifica nuestra condición de nación espantosamente ridícula, pues resulta evidente que un equipo de médicos debe tener más cuidado de la más alta instancia del país que de un servidor. Si, ya sea por motivos de seguridad o por simple confort, el president debe estar solo en una habitación, es normal que así sea. Y si alguien no entiende algo tan básico, no solo vive lejos de la moral de Estado, sino que debería volver al colegio.

Servidor experimenta y vive con frenesí su condición mediterránea, y entiende nuestra pulsión envidiosa, anárquica y desconfiada con cualquier forma de poder. Pero cuando uno dice anhelar un país, debe comportarse con unos mínimos, lo que no tiene nada que ver, insisto, con nuestra percepción del Molt Honorable. Por eso deseo también que se recupere muy pronto y que su enfermedad no lo aleje del frenesí maratoniano, aunque esto de tener un president que vaya en chándal tiene un glamour muy discutible. También deseo que no vuelva más a los hospitales, porque eso me obliga a escribir cosas de parvulario a mis compatriotas. Paciencia.