Cuando trasciende que el rey es corrupto, que los partidos que se alternan en el gobierno también son corruptos, que algunos jueces también lo son y otros no inspiran confianza, y que los policías dan más miedo que los delincuentes, el orgullo español ya solo se alimenta de los goles que pueda marcar Lamine Yamal, hijo de padre marroquí y madre guineana, en este oportuno Campeonato Mundial de fútbol.

La mayoría social representada tanto en el Congreso como en el Senado ha instado esta semana a la dimisión del presidente del Gobierno, pero Pedro Sánchez no hará caso y, de momento, puede permitírselo porque hay otra mayoría, también representada en el Congreso, que no quiere de ninguna manera facilitar que gobierne el Partido Popular con Vox.

(Que Junts per Catalunya esté al mismo tiempo en una y otra ecuación es difícil de entender. Puede que alguien lo considere audaz, de acuerdo con la tesis daliniana de “que hablen de ti aunque sea bien”, convencido el artista ampurdanés de que, cuando te ponen a parir, es señal de que estás en el escenario… De eso, el maestro de Figueres sacaba buen provecho; sin embargo, en política, enfadar a todo el mundo a la vez no suele ser muy rentable.)

En todo caso, lo que se llama la democracia española vive atrapada en la anomalía, entre un Gobierno en una situación insostenible y una alternativa que quienes podrían propiciarla están convencidos de que sería pasar a una situación aún peor.

Cuando no hay ninguna institución que funcione dignamente ni inspire confianza, el problema no es quién gobierna, el problema es el sistema

Es muy ingenuo pensar que unas nuevas elecciones arreglarán algo. Cuando no hay ninguna institución que funcione dignamente ni inspire confianza, el problema no es quién gobierna, el problema es el sistema, un sistema que se ha organizado para hacer posible una especie de cleptocracia en la que están implicadas tantas personas y tantas instituciones que no están dispuestas a perder sus privilegios y no permitirán que nada cambie. Esto viene de lejos, de muy lejos, como muestran los libros de historia.

Después de Franco, lo que se suponía que debía ser un nuevo régimen tenía que funcionar con un sistema de dos partidos que se alternaban en el Gobierno, pero que aplicaban sistemáticamente las mismas políticas en los asuntos fundamentales: la monarquía, la soberanía nacional, la preeminencia castellana y la concentración de los poderes del Estado en Madrid. El consenso, en el que también participaban nacionalistas vascos y catalanes con el compromiso de remar en la misma dirección, consistía en no cuestionar ningún statu quo principal y respetar el territorio de cada cual para sus asuntos.

Hay que recordar que la mayoría de los casos de corrupción, tanto del PP como del PSOE, no surgen al principio por una batalla entre ellos, sino por denuncias internas de militantes despechados de cada partido. Después, inevitablemente, la corrupción del contrincante se utiliza políticamente, pero de entrada no se buscaban unos a otros. No llegaba a ser un pacto de no agresión, más bien era una precaución de “no escarbes si no quieres que te escarben a ti”, porque, como se ha hecho evidente, todos tenían cosas que ocultar. Ahora todo el que puede escarbar escarba.

Este tipo de consenso se rompe, como ya se ha dicho muchas veces, cuando Pedro Sánchez desbanca al PP con un pacto con los partidos periféricos, incluidos los independentistas catalanes, un pacto contra el Madrid que se cree propietario de España y, además, lo hace con el argumento de la corrupción. Claro que ahora, con tantos indicios de corrupción que afectan al PSOE, no le pueden perdonar nada, pero, cuidado, porque ahora se han producido rupturas sin precedentes y que son irreversibles.

Cuando la batalla política se extiende al ámbito familiar, el odio entre personas se apodera del escenario. En otras épocas, situaciones similares acababan a tiros. No parece que ahora sea el caso, pero Sánchez y Feijóo están decididos a destruirse… y quizá lo consigan mutuamente.

Hasta ahora, la familia era un ámbito bastante respetado, y ahora tenemos en el escenario a la esposa del presidente, al hermano del presidente, a las hijas de Zapatero e incluso el otro día Feijóo mencionó al padre de Patxi López. Independientemente de que haya material susceptible de ser enjuiciado, esto no se olvida ni se perdona. Y eso equivale a decir que el odio entre personas domina ahora mismo la batalla política, lo que no tiene precedentes desde que murió Franco. Sánchez y Feijóo nunca se relacionarán tan amigablemente como Felipe González y José María Aznar. En otras épocas, situaciones similares de odio político y personal acababan a tiros. No parece que ahora sea el caso, pero queda claro que Sánchez y Feijóo están decididos a destruirse… y quizá lo consigan mutuamente.