La crisis de los refugiados sirios que golpea Europa no es un fenómeno nuevo. La historia europea en general –y la catalana, particularmente– está llena de episodios que nos recuerdan la tragedia que, en la actualidad, viven los refugiados sirios. En plena centuria de 1500, en un momento de transformaciones que querían enterrar la Edad Media y dar a luz la Edad moderna; Occitania –el actual Midi francés– vivió su particular tragedia en forma de éxodo de refugiados. Era un territorio de gran valor estratégico –situado entre el Mediterráneo y el Atlántico–; como lo es en la actualidad la región de Oriente Próximo –entre el Mediterráneo y el Índico–.

La guerra

Corría el año 1568 y Occitania era la segunda región más poblada y más rica de Europa. La primera era el triángulo formado por los vértices Florencia-Milán-Génova. En aquellos días Francia e Inglaterra –la unión británica todavía no existía– rivalizaban para relevar a la monarquía hispánica como primera potencia europea y mundial. Occitania había sido, durante siglos, un dominio compartido entre franceses e ingleses; y se convirtió en el gran escenario donde se dirimirían las fuerzas y donde se ensayarían las nuevas técnicas que se pondrían en práctica en el primer gran conflicto de alcance mundial en la historia moderna: la guerra de los Treinta Años.

La religión fue convertida en la excusa recurrente. Europa estaba sumida en una especie de choque de civilizaciones. El sur, católico. El centro y el norte, protestantes. Occitania, a pesar de su posición geográfica, estaba dividida. Ciudades de católicos y ciudades de hugonotes, que eran una confesión reformista muy crítica con el Vaticano. En aquel mundo dual, universalizado, Francia aspiraba a liderar el bloque católico e Inglaterra el bloque protestante. Intereses contrapuestos sobre un territorio en disputa de gran valor estratégico. El conflicto estaba servido. Y Occitania fue convertida en un escenario de fuego. La tragedia humanitaria alcanzó cotas dantescas que, actualmente, revivimos con las imágenes de la crisis de Oriente Próximo. La crisis de Siria.

La destrucción

La guerra provocó la destrucción del país. De su aparato agrario y de su tejido artesanal. Desaparecieron pueblos y ciudades enteras. El barrio del Canc, en la ciudad de Tarba, dejó de existir una tarde de 1569. Fue calcinado y sus habitantes degollados. Cuatro mil muertos, entre la hora de comer y la hora de cena. Los supervivientes fueron enviados a las ciudades de los alrededores, para que explicaran cómo las gastaban los hugonotes. En Lyon los católicos hicieron, poco después, lo mismo. Y la reyerta se extendió hacia el norte. En 1572 se produjo una matanza de tenderos hugonotes –buena parte de los cuales eran de origen occitano– en el barrio parisino de Saint Germain-du-Près. La Noche de San Bartolomé. Ordenada en persona por la reina Catalina de Francia (que era una Medici, para más detalle los banqueros del Pontificado).

El año 1589 ya no quedaba prácticamente nada para quemar ni persona para matar. Entonces, militarmente, ya no era posible continuar la guerra y las partes en conflicto llegaron a una solución de compromiso. Occitania quedaba integrada definitivamente dentro de los límites del Estado francés. Pero en el trono de París se sentaría el líder militar de los hugonotes. Previa condición que se convirtiera al catolicismo. Que equivalía a decir que renunciaba a constituir un Estado occitano en la órbita política de Inglaterra. “Paris vaut bien une messe” (París bien vale una misa). Y Enrique de Navarra, el primer Borbón francés, fue coronado sin tiempo, ni siquiera, de pasar por el fregadero a lavarse las manos empapadas de sangre.

Enrique de Navarra, el primer borbón francés

El éxodo de refugiados

Desde los hechos del Cranc –y de los de tantos otros– se produjo un éxodo formidable de refugiados. Principalmente en dirección hacia el sur. La monarquía hispánica cerró la frontera a cal y canto. Castilla estaba sumida en una crisis económica de grandes proporciones. Las revoluciones sociales –los Comuneros en Castilla y los Irmandiños en Galicia–, que podían haber impulsado un cambio de modelo económico hacia el mercantilismo que ya practicaban Holanda e Inglaterra, habían sido derrotadas a principios de la centuria de 1500. La poderosa Inquisición argumentó que acoger a los refugiados era exponerse al “contagio herético”: inocular el virus de la contestación en el seno de una sociedad que ya estaba reprimida y domesticada por los poderes.

En cambio en Catalunya las cosas eran sustancialmente diferentes. Las instituciones del país –la Generalitat y el Consell de Cent– habían limitado mucho el poder de la Inquisición. En Catalunya –a diferencia de Castilla– su particular revolución social –los Remensas– había triunfado. Las clases mercantiles de Barcelona lideraban políticamente un país que crecía económicamente y que demandaba una gran cantidad de mano de obra. Pero que no tenía fuerza demográfica. Las crisis y las revoluciones del siglo anterior la habían diezmado. La Catalunya de 1589 era un país de doscientos cincuenta mil habitantes. Y Barcelona no pasaba de los cuarenta mil.

Entre los años 1589 y 1635 se produjo una entrada masiva de refugiados occitanos que transformaron para siempre la fisonomía de Catalunya. La documentación contabiliza cuatrocientas entradas diarias durante los primeros años. Y un goteo continuo a partir de 1600. La inmigración occitana –los refugiados de la guerra primero y los damnificados de la miseria después– se repartieron por todo el territorio. Especialmente en los pueblos del Baix Llobregat y del Maresme. En algunas plazas se convirtieron en mayoría. En Sant Boi se oficiaban las misas en occitano. Y en Mataró y en los pueblos del pla de Barcelona, representaban casi la mitad de la población. Cincuenta años más tarde, Catalunya había duplicado la población.

La herencia

Los apellidos Badia, Ballart, Castells, Jané, Marsé, Pons, Soley o Vergés –para poner unos ejemplos– son patrónimos de origen occitano. Nos legaron una cultura de trabajo y de empresa. Aquello que el catalanismo montserratino ha elevado a la categoría de virtud nacional. Las fuentes afirman que los catalanes eran “perezosos e informales”. También lo eran los sicilianos y los napolitanos. Los occitanos modificaron la gravitación de la cultura catalana; del sur mediterráneo y calmoso hacia el norte atlántico e inquieto. Renovaron Catalunya.

También aumentó el peso demográfico del país. Los gremios se llenaron de jornaleros y la producción se disparó. Y se multiplicó la masa de catalanohablantes evitando un retroceso como pasó en aquella época con el aragonés, el asturiano, el gallego o el euskera, lenguas muy minorizadas ante el castellano. El occitano –el gascón y el provenzal– de los refugiados se fusionó con el catalán medieval. Y surgió el catalán moderno. La característica forma dialectal del catalán local de Barcelona tiene su origen en una fuerte influencia occitana.  

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