Si queréis entender un poco más la desafortunada, por decirlo suave, nueva guerra de Trump, os recomiendo el documental sobre la guerra de Vietnam de Ken Burns. Son diez capítulos de una hora, pero no se pueden explicar las complejidades de los conflictos bélicos a base de tuits o youtubes. Un militar americano de la época explica muy al principio de la guerra por qué no la podrían ganar nunca. “Cuando atacas un poblado y matas a un viet cong, sabes que en poco tiempo enviarán a otro. Pero cuando matas a uno del sur, sabes que acabas de crearte diez nuevos enemigos”. No hay ninguna duda de que, a largo plazo, la idea de bombardear territorio libanés o iraní, provocando miles de víctimas civiles, es un suicidio. Las únicas guerras que se pueden defender éticamente son las defensivas. Y la idea de que la mejor defensa es un ataque solo la defienden los criminales de guerra.
Con la nueva guerra de Trump, el problema es que no sabemos a ciencia cierta qué quiere, ni por qué la ha empezado. Empezamos a sospechar que, descaradamente, estamos ante un caso flagrante de un peligroso juego de guerra que quizás solo persiga iniciar una carrera armamentística. O un mayor control de las fuentes de energía del planeta. Los mensajes del personaje que representa Trump son, además de contradictorios, incomprensibles. Trump puede excitar al electorado a base de tuits diarios, o declaraciones impactantes. Pero no puede gestionar un conflicto como el que ha creado. No lo puede hacer ni él ni nadie. Desde la insolvencia, la tontería, el exabrupto, la incompetencia, solo se puede agitar. Ni negociar ni convencer. Por lo tanto, la peor noticia de Trump es que no sabemos adónde quiere ir y, seguramente, no lo sabe ni él mismo.
Trump puede excitar al electorado a base de tuits diarios, o declaraciones impactantes. Pero no puede gestionar un conflicto como el que ha creado
Sin ideas por defender seriamente, y con una guerra no declarada, no podemos hablar de paz. Sin consenso con otros aliados ni consenso interno, el conflicto armado está descontrolado. La voluntad de los ataques de eliminar armamento supuestamente nuclear, la persistencia en eliminar los jefes del enemigo para crear el caos y desmoralizar a los regímenes puede parecer una estrategia ganadora. Pero si escuchamos a Tucídides —ya sabéis que es mi referente indiscutible para hablar de guerras—, este absoluto menosprecio hacia las consecuencias a largo plazo es una muy mala noticia.
¿Qué diría Tucídides de esta forma, supuestamente nueva, de hacer la guerra, pero más vieja que andar a pie? Seguramente, nos explicaría que Trump ha entendido perfectamente que el uso de la fuerza y la codicia son el motor de la historia. Pero también nos explicaría que quienes ignoran, como Trump, que la guerra es imprevisible, acaban perdiéndolo todo. El destino suele pasar factura a quienes creen, por soberbia, que tienen un control total sobre el destino de los hombres. Tucídides podría llegar a entender que Trump actuara por miedo a una guerra nuclear con Irán. O por honor, proyectando una imagen de fuerza de EE.UU., o por interés, queriendo controlar el estrecho de Ormuz. De ser verdad, Tucídides podría entender que EE.UU. entrara en guerra. Pero su advertencia, si estuviera en las reuniones de la Casa Blanca, sería clara: la arrogancia y la ignorancia son letales. La hibris, la soberbia que tanto obsesionó a los griegos, conduce siempre al desastre. Ni la guerra acabará en dos o tres semanas, ni el desprecio a las alianzas refuerza el poder de EE.UU., ni las victorias tácticas de los bombardeos y la superioridad armamentística son garantía de nada. Trump haría bien en mirar con calma el documental de Vietnam. Tucídides seguramente nos contaría que la guerra cambia a los hombres y los convierte en sujetos pasivos del odio más irracional. Sustituir el lenguaje diplomático por las conversaciones de bar solo hace que atizar el avispero. Nos diría que, bajo presión, las normas civilizadas se desmoronan y que solo queda el instinto de supervivencia más primitivo y más salvaje.
Había un sueño democrático que, con todas sus incongruencias y debilidades, representaba EE.UU. Los padres fundadores, un grupo de intelectuales dispuestos a cambiar el mundo, se inspiraron en la Roma y en la Atenas democrática, la de Tucídides de antes de la guerra del Peloponeso, para volver a crear una república democrática. La democracia americana ha sido para Occidente la nueva Roma. Sus “legiones”, tan implacables y crueles como las del antiguo imperio, defendían una frontera: la del orden democrático. Lo que ahora con Trump está en juego es esto: Trump no quiere ser presidente de una república, quiere reinar sobre un nuevo imperio. Este es el problema de su nueva guerra. Y, lo queramos o no, afecta a todos los que vivimos bajo la protección de sus “legiones”.
