Todo lo que ha pasado recientemente en Adamuz y Gelida nos ha hecho, como en tantas otras ocasiones, reconsiderar nuestra escala de prioridades en el ámbito de la información. Algo que era escandaloso hace pocos días ha pasado a un evidente segundo plano. Pero no querría, pésame mediante a todas las víctimas de ambos siniestros ferroviarios, dejar de hablar de un tema que seguirá siendo noticia, a pesar de todo, en los próximos días y cuyo tratamiento mediático me ha preocupado.
No quiero imaginar lo que estará pasando por la cabeza de los incontables fans de Julio Iglesias. Cuando un ídolo es puesto en entredicho por la opinión pública a raíz de informaciones que conocemos por los medios de comunicación, la primera reacción de su cabeza debe de haber sido negarlo. Y sin duda hay una probabilidad, que no puedo evaluar en su quántum, de que tengan razón; que los horrores que algunas mujeres dicen que han ocurrido en el interior de las casas del cantante son inventos, fabulaciones realizadas con ánimo de venganza o por interés lucrativo. No lo sé. Solo creo necesario, en este como en tantos otros casos, reivindicar la presunción de inocencia, aunque sé que quienes ahora defienden la honestidad del cantante a capa y espada no han concedido el mismo margen de credibilidad a otros, sobre todo si los consideraban enemigos, cuando fueron acusados de cosas semejantes o incluso, si cabe, peores. En realidad, es el caso de Julio Iglesias mimético con otros tantos en muchas cosas. Muchos se parecen en lo que se refiere al valor concedido a las denuncias de abusos sexuales: la mujer, no por el hecho de decir ser víctima puede apropiarse de una patente de veracidad absoluta, y del mismo modo hemos de admitir el calvario al que han sido sometidas víctimas de esos abusos que no fueron creídas y, por ello, doblemente victimizadas. Y, por otro lado, está el hecho de que en la justicia contar con un buen (y caro) abogado otorga mayores probabilidades de salir indemne de una acusación o de conseguir que la propia salga adelante.
Creo necesario, en este como en tantos otros casos, reivindicar la presunción de inocencia
En otro orden de cosas, está el verdadero horror subyacente y estructural: una supuesta prostitución libre y otros tantos casos de mero trabajo doméstico pueden esconder la terrible y extendida lacra de la esclavitud sexual confundida con explotación laboral, de la que, debe advertirse, ni siquiera el primer mundo está totalmente a salvo de caer, pero que en ciertos contextos de pobreza y/o ignorancia de los límites de los propios deberes puede ser aún más cercana, profunda, incomprensible y doliente.
Finalmente, hay que tener en cuenta que la fama corroe en muchas ocasiones el alma de quien la tiene, pero también de quien la mira. En el primero, porque la soberbia le puede hacer llegar a pensar que tiene derecho a todo, e incluso a creer que las víctimas de su trato son seres privilegiados por estar en contacto con él y someterse a sus deseos. Sí, pero también puede llenar de avaricia, producto a su vez de la envidia, el alma de quien contempla esa fama. Casos diversos hemos conocido de intentos de extorsión que han acabado con el descubrimiento de las falsedades alegadas por las personas denunciantes. Porque sí, la denuncia falsa existe y es judicialmente poco perseguida.
Vamos, pues, a esperar con calma en este caso, como debería ser en todos, que la justicia dilucide lo sucedido. Sin apresurarse a arrebatar condecoraciones, placas en las calles o premios a quien hasta hace nada y, aun sabiendo de su comportamiento público libidinoso, nadie dijo una palabra crítica Y menos aún en el ámbito público. Luego, si se comprueba lo alegado, que caiga sobre él el peso de la ley y el oprobio de la gente. Pero si, por lo que parece, la investigación tiene una antigüedad de cuatro años, creo que bien podemos esperar un poco más, sobre todo ahora que se nos acumula el trabajo de indagar y conocer en tantos otros frentes de la misma o mucha mayor enjundia.