Hay una cosa que cada vez me incomoda más: que la gente me llame. Ya lo sé, antes no hacía falta pedir permiso para hacerlo. Hubo una época en la que una llamada era una buena noticia. Ahora solo lo miro con miedo de que sea del colegio y que me digan que uno de mis hijos está enfermo. Cuando yo era niña, en casa sonaba el teléfono (que estaba al lado del sofá) y todos corríamos a ver quién era. A lo mejor la abuela, a lo mejor ese chico que te gustaba, a lo mejor alguien que había llegado bien de vacaciones. El teléfono era una puerta abierta al mundo. En casa te decían que no llamaras más tarde de las diez por si la gente ya dormía. Yo, en cambio, recuerdo cómo me daba una rabia inmensa que la amiga de mis padres me llamara a las ocho de la mañana el día de mi cumpleaños. ¡Me había despertado después de haber salido la noche antes! En ese momento, ya me parecía un tipo leve de agresión a la intimidad. Ahora, cuando suena el móvil sin previo aviso, nadie piensa: "¡Qué ilusión!". El primer impulso es mirar la pantalla con una mezcla de desconcierto y desconfianza. ¿Quién es? ¿Por qué llama? ¿Qué quiere? ¿Es una urgencia? ¿Es un comercial? ¿Es el dentista? O, aún peor, ¿es un número desconocido?
Lo cojo siempre si es mi madre. Si no eres muy íntimo —o no tienes más de cincuenta años—, yo te diría que mejor no llames. Manda antes un mensaje. Lo que más me desespera es cuando estás en medio de un acto y alguien te llama para decirte que, finalmente, no vendrá. Como si en aquel momento, en que tienes que estar pendiente de cien personas y de cien cosas, fuera trascendental saber que esa persona ha decidido no cumplir su palabra. Después están las llamadas comerciales. ¿De verdad hay alguien que haya comprado alguna vez algo porque le hayan convencido por teléfono? Sobre todo ahora, que vivimos rodeados de estafas telefónicas y que cualquier número desconocido despierta más recelos que confianza. Incluso da un poco de miedo contestar con un simple "¿hola?".
Si no eres muy íntimo —o no tienes más de cincuenta años—, yo te diría que mejor no llames. Manda antes un mensaje
Cuando todavía tenía teléfono fijo, hace una decena de años, me llamaban siempre a las cuatro de la tarde. Casualmente, era el único rato del día en que mis hijos pequeños hacían la siesta. Me boicoteaban el único momento de libertad que tenía, porque el sonido del teléfono los despertaba. Y todo para preguntarme si tenía cinco minutos para responder a una encuesta. No, no los tenía. Al menos no para ellos. Reconozco que alguna vez he sido demasiado borde con personas que probablemente solo hacían su trabajo. Lo siento, pero hoy en día es extraordinariamente atrevido interrumpir la vida de alguien sin saber qué está haciendo. Una llamada inesperada es sinónimo de una emboscada en toda regla. Hemos llegado al punto de que genera más ansiedad una llamada entrante que un correo con el asunto "Tenemos que hablar". Es como pedir permiso para entrar en casa de alguien. Porque una llamada es una invasión y exige algo que cotiza carísimo: tu atención inmediata. Te exige que dejes lo que estás haciendo para atender a alguien en ese mismo instante. En cambio, los mensajes te permiten negociar con el tiempo. Los lees cuando puedes, respondes cuando quieres y, si ese día no tienes energía social, siempre los puedes dejar "para después". Vivimos rodeados de notificaciones que podemos ignorar. Correos que contestaremos mañana. Pero una llamada sigue funcionando con las normas del siglo XX, cuando se daba por hecho que, si sonaba el teléfono, era porque pasaba algo importante. Y casi nunca, por suerte, lo es. Más bien es un: "Estoy aquí. Es urgente para mí. Hazme caso ahora".
Ahora bien, la cosa cambia radicalmente cuando eres tú quien necesita llamar para pedir hora al médico, al banco o a cualquier administración. Entonces no hay nadie. Solo máquinas. "Pulse el 1. Pulse el 2. Espere. Su llamada es muy importante para nosotros". Curioso: nosotros odiamos que nos llamen, pero cuando finalmente queremos hablar con una persona, lo único que encontramos es una voz grabada. Quizás no es que detestemos las llamadas. Lo que nos incomoda es que nos hemos acostumbrado tanto a controlar el momento, el ritmo e incluso el estado de ánimo con el que nos comunicamos, que cualquier interrupción espontánea nos parece una pequeña tragedia. La tecnología que se inventó para, precisamente, hablar reclama que antes escribamos. Todo muy contradictorio. Tanto, que si Alexander Graham Bell levantara la cabeza, probablemente tampoco nos llamaría. Nos mandaría un whatsapp.