Cumplía un año hace pocos días un proyecto que, en el caos de estos tiempos, se atreve a plantear algo radical: que pensemos. Sí, así de simple. Que usemos la cabeza, que nos hagamos preguntas incómodas, que no tragamos narrativas completas sin masticar un poco. Eso es Brownstone España.
Hace un año nacía con la misión de defender algo que se ha vuelto casi revolucionario en 2026: la capacidad de discernimiento, la dignidad humana, la libertad de conciencia. En un mundo donde nos han acostumbrado a elegir entre dos opciones que no elegimos, donde el pensamiento único se disfraza de pluralismo, donde se nos vende como “libertad” aquello que es exactamente lo contrario, un proyecto así resulta necesario. Urgente, incluso.
Verán, durante la pandemia aprendimos quién piensa de verdad y quién simplemente ejecuta. Vimos cómo las plataformas digitales silenciaban a científicos acreditados. Observamos cómo medios supuestamente independientes se convertían en altavoces de narrativas que carecían de fundamento. Y descubrimos que la censura no viene siempre con la estética del autoritarismo clásico: a veces viene disfrazada de “desinformación”, de “fake news”, de protección a la salud pública.
Brownstone Instituto Global, del que Brownstone España es expresión local, nació precisamente de eso: del caos pandémico y de la certeza de que algo fundamental se había roto en nuestras sociedades. No era solo un problema de políticas sanitarias fallidas. Era algo más hondo. Era la capacidad misma de las personas (de ustedes, de mí) de pensar por nosotras mismas.
¿Saben qué es lo más grave? Que muchos hayan normalizado la censura. Que hayamos naturalizado la imposición de narrativas únicas. Que aceptemos que exista una verdad oficial y, frente a ella, el resto son “negacionistas”. Eso, señoras y señores, no es ciencia. Es totalitarismo con bata blanca.
Durante estos años hemos visto cómo se perseguía a médicos, abogados, científicos que se atrevían a cuestionarse las medidas impuestas. Hemos visto cómo revistas científicas de prestigio reconocían públicamente que se habían “alineado en exceso con recomendaciones políticas en lugar de ceñirse a criterios estrictamente científicos”. Hemos visto cómo información vital (como la importancia de los niveles de vitamina D ante infecciones respiratorias) era silenciada mientras se presionaba a la población para medicamentos cuya seguridad no estaba garantizada. Y lo peor: hemos visto cómo la gente común, ustedes, yo misma, nos hemos visto obligadas a elegir entre confiar en lo que nos decían (y perder la dignidad de pensar) o rebelarnos contra la corriente y ser tachadas de irresponsables, de asesinas incluso.
Esa presión no era científica. Era control.
El mayor peligro es una sociedad que ha renunciado a pensar. Una sociedad donde es más fácil repetir el discurso autorizado que cuestionar. Una sociedad donde discernir se ha convertido en un acto de rebelión
Por eso lo que representa Brownstone España en estos momentos es tan importante. No porque tenga todas las respuestas. No porque sea un partido político o una ideología. Sino porque simplemente se atreve a hacer lo que debería ser obvio: preguntarse si lo que nos cuentan tiene sentido. Punto.
Thomas Harrington, Jordi Pigem, Carlos Sánchez, David Souto… Esta gente no son negacionistas. Son personas que han roto con la comodidad de la conformidad. Harrington, catedrático que pasó 24 años en la universidad, escribió un libro demoledor llamado The Treason of the Experts (la traición de los expertos) porque vio cómo la élite credencializada abdicó de su responsabilidad. No es un grito de irresponsabilidad: es un grito de consciencia.
David Souto, doctor por Nueva York, se atreve a cuestionar los cimientos mismos de cómo pensamos. Jordi Pigem nos pregunta dónde quedó la vida en medio de toda esta tecnocracia digital. Carlos Sánchez analiza geopolítica con un rigor que en los medios hegemónicos simplemente no existe. Y eso es lo que hace falta: gente que piensa, que investiga, que no tiene miedo a equivocarse porque sabe que es preferible la búsqueda honesta de la verdad a la comodidad de la mentira oficial.
Durante estos últimos años hemos sufrido. Hemos pasado miedo. Hemos impuesto medidas a nuestros hijos que vemos ahora que fueron innecesarias. Hemos acatado restricciones de libertad que nadie (nadie) ha puesto en cuestión adecuadamente. Y cuando algunos lo intentaron, fueron silenciados.
La pregunta que debería quitarnos el sueño es esta: ¿qué hemos aprendido? ¿De verdad creemos que eso no puede volver a pasar? ¿Seguimos pensando que si nuestros “expertos” nos lo dicen, debe ser verdad? Porque miren, el mayor peligro no es un virus. El mayor peligro es una sociedad que ha renunciado a pensar. Una sociedad donde es más fácil repetir el discurso autorizado que cuestionar. Una sociedad donde discernir se ha convertido en un acto de rebelión.
Lo que de verdad está en el centro del mensaje de Brownstone España: discernimiento no significa negación. Significa preguntarse. Significa leer lo que dicen los que piensan diferente. Significa estar dispuesto a cambiar de opinión si los datos lo exigen. Significa, fundamentalmente, respetar la dignidad de otras personas que piensan distinto.
Porque esta es la verdad que nadie se atreve a decir: en una sociedad donde se censura a quien piensa diferente, nadie está seguro. Ni siquiera quienes hoy están en el poder.
Un año de Brownstone España. Un año defendiendo que es posible ser crítico sin ser irresponsable. Que es posible cuestionar sin negar. Que es posible, incluso, informarse desde fuentes distintas sin que eso te convierta en enemiga pública. En tiempos de confusión impuesta, eso es, sencillamente, necesario. Urgente. Radical.
Porque la libertad de conciencia, el discernimiento, la capacidad de pensar por nosotros mismos no son lujos. Son lo más esencial que tenemos. Y cuando los perdemos, lo perdemos todo. ¿Hemos aprendido algo? La verdadera pregunta no es si Brownstone tiene razón. La pregunta es si tenemos el coraje de seguir pensando.