Cargando...

El catalanismo de antes de la guerra sirvió para liquidar la clase obrera barcelonesa y sustituirla por otra más dócil, de cultura castellana. Ahora, el catalanismo restaurado por la Transición amenaza con convertir la clase media del país en irrelevante: después de haberla utilizado con fines electorales fraudulentos, la quiere disolver en un popurrí de inmigrantes de todo el mundo. Es normal que los catalanes que no tienen negocios con la administración, ni quieren salir en la tele, se alejen como de la peste.

El catalanismo fue un intento de religar el país con su clase dirigente dentro del marco castellano del Estado español. Cuando los historiadores miren atrás, verán que sirvió más para modernizar la España interior y transferir allí la riqueza del país que para resolver los problemas del Principat. Madrid necesita el catalanismo más que Barcelona. Otra cosa es que, cuando el catalanismo no puede contener la fuerza del país, el Estado lo decapite o lo presione hasta ponerlo de nuevo a su servicio.

Sin el catalanismo, el Estado no tiene manera de llegar al corazón de los catalanes y controlar su pensamiento

La España democrática cree que se aguanta sobre los pactos de la Transición, pero hasta ahora se ha aguantado, básicamente, sobre los pactos no escritos que daban cohesión a Catalunya. Sin el catalanismo, el Estado no tiene manera de llegar al corazón de los catalanes y controlar su pensamiento. Hasta la irrupción del catalanismo, Barcelona era una ciudad más potente y creativa que Madrid, a pesar de los bombardeos que sufría del ejército español, y las constantes revueltas de su pueblo. Si el referéndum no se pudo frenar, a pesar de los espías y la policía, es porque no era ningún invento del catalanismo.

Los pactos del catalanismo han permitido a los catalanes prescindir del castellano como lengua de cultura. Después de cuatro siglos, no es poca cosa; pero las facturas de esta restitución ya están más que pagadas. Además, el fortalecimiento de la lengua cada vez tensará más las relaciones entre los catalanes y las instituciones que los gobiernan. El catalanismo ha querido olvidar que el Principat ya intentó separarse de la Corona de Aragón antes de intentar romper con el Estado. Los sufrimientos de Catalunya —y de España— tienen más que ver con la guerra civil del siglo XV que con el Compromiso de Caspe o las guerras con Castilla.

Con la derrota de Barcelona, la nación catalana pasó a ser vista con recelo por la monarquía, que buscó el apoyo de otros pueblos, sobre todo del castellano. El imperio aragonés, que dependía existencialmente de su núcleo catalán, acabó sirviendo para construir la estructura española, mientras Catalunya quedaba decapitada. Los catalanes mantuvieron la lengua porque conservaba la memoria de un poder perdido, porque les recordaba el papel que jugaban cuando había una clase dirigente que la sostenía y los representaba. Y España creció coja y corrompida.

Sin una clase dirigente que quisiera representar los intereses de su pueblo, Catalunya ha servido de laboratorio para que España intentara fabricar una nación moderna desde arriba. De la Barcelona repetidamente vencida, se ha extraído el molde de un tipo de pseudonación española desprovista de la base orgánica de Catalunya. El imperio hispánico no prosperó como otros imperios europeos porque, a pesar del oro americano, no tenía una nación con cabeza y pies para vertebrarlo. La recuperación del catalán —y su refinamiento— discutirá la arquitectura profunda del Estado. Da igual cuántos inmigrantes se importen y cuántas veces el PSOE apele a la ultraderecha.

En Catalunya, igual que en València y Mallorca, está reapareciendo una nación política que había sido condenada a vivir en el espacio doméstico, sin dirección ni conciencia. El vacío de poder que Madrid tuvo que llenar a través del catalanismo para poder modernizar España, poco a poco va desbordando el marco original, mientras el Estado y las élites castellanizadas intentan controlar la situación con los trucos de siempre. No es una cuestión de porcentajes demográficos ni de adhesiones sentimentales, ni siquiera de políticas lingüísticas. Estamos ante el renacimiento político de una nación que ha sobrevivido sin dirección y que, a trancas y barrancas, se está creando una a medida.

Si yo fuera castellano, me lo pensaría mucho a la hora de alimentar según qué dinámicas de poder. Todo lo que hunda a los catalanes volverá a hundir al resto de españoles. Estamos demasiado mezclados para que el Estado pueda distinguirnos: si no hay democracia en Catalunya, no la habrá en España, y Europa sufrirá las consecuencias de ello. Pedro Sánchez y Rodríguez Zapatero ya empiezan a notarlo. Ni siquiera la alianza con Roma, que había servido a los castellanos para hundir a Catalunya en otros tiempos, parece que pueda cohesionar al Estado, esta vez.

La izquierda castellana, igual que ya le pasó a la derecha después del 1 de octubre, ya no puede buscar el apoyo de Catalunya. Los políticos castellanos no pueden usar al país para sus batallitas, porque el catalanismo se ha convertido en una cáscara vacía. Estamos a punto de aprender que el PSOE, Vox y el viejo catalanismo comparten adversario: la Catalunya histórica, educada en su lengua, que ha sobrevivido a lo largo de los siglos para volver a darse unos líderes y una dirección con cara y ojos. Este cambio tiene más profundidad y es más importante para el progreso de España que la independencia.