Baltasar Porcel tituló así, “El Islam en el proceso catalán”, la introducción a un volumen sobre Islam y Catalunya de 1998. Era fruto de la mejor exposición que se ha hecho nunca sobre el tema, y que fue organizada por el entonces Institut Català del Mediterrani, hoy IEMED. Fue una exposición en el Museu d’Història de Catalunya en que muchos catalanes entendimos visualmente hace veinte años que el universo musulmán y la catalana tierra están conectados desde tiempos ancestrales. “Convivencia y choque”, escribía Porcel, que atrevidamente reconocía que mientras en otros lugares, como Andalucía, Valencia o Baleares, la huella no solo era evidente sino recordada, en Catalunya era una pieza en que faltaba profundizar: “Este pasado ha sido a menudo olvidado, mayoritariamente desconocido y, por lo tanto, la etapa andalusí y el legado que esta dejó todavía no forman parte de nuestra historiografía como hecho fundamental. Se puede decir, incluso, que en ciertos aspectos lo hemos negado tozudamente”. Después del latín, el árabe está bien presente en la toponimia catalana, y en muchas palabras y expresiones. Los restos patrimoniales islámicos, la gastronomía, las fiestas, no solo cerca del Segre y el Ebro, sino en muchos puntos de Catalunya, están y persisten. ¿Por qué, pues, esta cara de sorpresa ante el Islam hoy, todavía?

Entre 713 y 714 los musulmanes ya están en el Alto Aragón, Lleida y Tarragona. Hasta su expulsión, vivieron y murieron, trabajaron y descansaron, en Catalunya. En el siglo XVII se los echa, especialmente enviándolos a Túnez y Argelia, pero los contactos continúan, no solo comercialmente y con canales diplomáticos.

El pecado original con el Islam en Catalunya es tacharlo de invasión extranjera, foránea, sin ataduras con aquella idea de “nosotros” imperante.

Josep Giralt y Joan E. García Biosca constatan una realidad que ha traído mucha cola: el mundo islámico se nos ha presentado como una “contraimagen negativa de nuestra propia existencia”. El musulmán es caracterizado como “el otro” por antonomasia. Entre los catalanes, reconocen, hay un cierto rechazo en asumir como algo propio el legado andalusí. El pecado original con el Islam en Catalunya es tacharlo de invasión extranjera, foránea, sin ataduras con aquella idea de “nosotros” imperante. El segundo problema de la población actual ha sido la ignorancia. No sabemos nada, o bien poco, de la Catalunya musulmana. Y a pesar de todo siempre ha habido un interés mortecino y constante por recuperarlo. Hoy necesitamos esta recuperación masiva, divulgando al máximo nuestra propia historia.

Ramon Llull y Anselm Turmeda son dos de los eruditos en el arabismo catalán. Domènec Badia Leblich (Alí Bei-el-Abasí) fue un viajero y explorador (1766-1818) que conoció muy bien el Norte de África. Ali Bei hoy quizás sea conocido en Catalunya solo como una calle cerca del Arc de Triomf. Esta parte de nuestra historia no se enseña de manera general, y solo son los especialistas los que tienen conocimiento. Y a pesar de eso, ahora y aquí estamos viviendo “encima” de donde tuvimos una sociedad islámica en el territorio. Las comunidades moriscas desaparecieron —expulsadas— de Catalunya en 1610. Ha habido contactos, y no hablamos solo de reminiscencias históricas. Los musulmanes son ya parte del tejido catalán. Y a pesar de este peso histórico, parece como si de repente desde hace pocos años nos hayamos “chocado” con el Islam, y lo hagamos de manera problemática, como si fuera un elemento extraño.

Porcel murió en 2009 y no se refería al “proceso catalán” tal y como lo concebimos. El escritor mallorquín escribía que “Catalunya tiene una personalidad fuerte que es capaz de volver a dinamizarse absorbiendo los retos internacionales en todos los órdenes”. Palabras proféticas. En momentos de riesgo de islamofobia viene bien recordar qué hace el Islam en Catalunya, porque no es una invención de hace cuatro días. Quien se dedique a establecer qué contenidos se tienen que estudiar en las escuelas, quienes escriban en los medios de comunicación, quienes tenga algún tipo de influencia social, que lo tenga presente.

Míriam Díez
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