Desde hace unos días, el Ayuntamiento de Barcelona ha instalado una cabaña de diseño sencillo de madera, muy estilosa, ante el claustro de la catedral donde están las famosas ocas. La zona me gusta mucho y paso a menudo por ahí. Está cerca de la deliciosa plaza de Sant Felip y justo en la separación entre el Palau de l'Arquebisbat y el Palau de la Generalitat. Primero he pensado que la cabaña era una especie de puesto de comida o bebida de alguna marca comercial. He visto a unos judíos (lo he deducido por la kipá de que llevaban en la cabeza) que se hacían fotos. Me han invitado a entrar y entonces me he dado cuenta de que la instalación en cuestión es una cabaña o sucá que recuerda la fiesta del Sucot, una de las festividades más importantes de los judíos. Se han puesto a comer y me han invitado, pero les he dicho amablemente que ya había comido. Ellos se han puesto en las mesas y han compartido la comida con gente que no conocían, pero que era de su misma comunidad.

No son sólo las religiones las que se tienen que dar a conocer. También las administraciones las tienen que reconocer

Los judíos recuerdan ―y son un pueblo que siempre recuerda― estos días la salida (Éxodo) del pueblo judío hacia la Tierra Prometida después de salir de Egipto. Es una fiesta de agradecimiento, donde dan gracias por las cosechas de otoño. Cuando era pequeña y me hablaban de esta fiesta, la llamabamos la fiesta de los Tabernáculos. Los judíos no pasaron sólo unos días de Éxodo. Fueron 40 años. Dejaban atrás la esclavitud y se dirigían a la tierra prometida. Hoy la gente habla muy alegremente de la "travesía del desierto" como metáfora. Las condiciones fueron muy duras y precarias. Las cabañas quieren recordar también esta precariedad. El libro sagrado de la Torá insta a los creyentes a cambiar de casa estos días e ir a la sucá. Algunos se hacen una especie de cabaña en el patio, en el balcón o en un terreno próximo a su casa. La sucá no es una construcción sólida sino totalmente temporal, y por eso se construye de manera sencilla, con madera y telas. El techo está fomado por hojas y ramitas, porque se tiene que ver el cielo. A la cabaña van amigos y familiares, y la idea es que el espacio simboliza la fuerza y la unión, además de la hospitalidad y la alegría. Dentro se hace la bendición de las cuatro especies, que son la palmera (lulav), el cítrico (etrog), el arrayán (hadas) y el sauce (arava). No lo sabía, pero en la puerta de la cabaña hay un folleto de cartón bueno imprimido por el Ayuntamiento que lo explica. La gracia de esta instalación es que es la primera sucá pública en todo el estado español. En los Estados Unidos y en Israel son muy comunes en el espacio urbano, pero no aquí. Un gran acierto que desde las administraciones públicas se trabaje para difundir los valores de una cultura milenaria como el judaísmo. Un acierto también sería que, hacia Semana Santa, se instalara alguna representación de la Pascua cristiana, por ejemplo, con folletos para que la gente entienda su significado, que impregna nuestros nombres, nuestras calles, nuestras comidas, nuestros cantos, nuestras banderas, nuestra lengua. Porque no son sólo las religiones las que se tienen que dar a conocer. También las administraciones las tienen que reconocer. Y bien que hacen acercándolas a los barrios y permitiendo que sus miembros se encuentren y celebren. Queremos más cabañas, queremos más folletos. Y de paso, más hospitalidad, unión y alegría.

Míriam Díez
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Míriam Díez
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