La vida me llevó hace unos días al concierto que Miguel Ríos dio en el Circo Price de Madrid. El hombre ha sacado un disco, que por cierto vale mucho la pena, "El último vals". La idea es clara: tiene 81 años y lo deja. El artista antiguamente conocido como Mike Ríos utiliza taburete un rato, como el Joaquín Sabina crepuscular, pero mantiene una energía que cualquiera firmaría ahora mismo y una voz que la mayoría de los mortales nunca tendremos. Bueno, el caso es que el público estaba formado por veteranos, entre ellos Maruja Torres, pero alguien —como ocurre siempre— debió de ir obligado. Se ve que a los artistas ya les pasa eso de que acaban fijándose en la única persona de la platea que no disfruta. Y el caso es que, en un momento dado, Miguel Ríos —recuerdo, 81 años— se dirigió a un espectador de la segunda fila. "Oiga, ¿a usted qué le pasa? Está serio todo el rato, no aplaude. Y yo me estoy aquí dejando el alma". Dudo que con 25 años hubiera hecho esta intervención, más propia de alguien que ya no tiene filtro. Algo positivo de la edad, supongo. Y de eso va el artículo. De la falta de vergüenza que ganas con la edad. Como las señoras que se cuelan en la cola de la panadería.
Necesito hacer como Fernando Fernán Gómez y gritar bien fuerte a Mariscal, Mendoza, Mateo y a tutti quanti: “¡Vaya usted a la mierda!”
Hay un monologuista, David Navarro, que en su espectáculo habla de esto. De perder la vergüenza. Pone el ejemplo de cuando vas al restaurante y el camarero te dice: “Tengo un rape buenísimo fuera de carta”. Conocida estrategia para dejarte tieso. “Pues, ¡ponlo dentro!”, responde él. Que es lo que deberíamos hacer todos. A servidor de ustedes, en uno de los restaurantes del Nandu Jubany, le arruinaron —nunca mejor dicho— unas vacaciones. Nunca más platos fuera de carta. Póngalos dentro. Ah, y si escriben "según peso" o "según mercado", pues me lo pesa antes.
También es verdad que lo que se dice cuando alguien pierde la vergüenza con la edad no siempre gusta a todo el mundo. A Eduardo Mendoza no le gusta el Sant Jordi. Prefiere el día "del libro". Y lo dice ahora. Hasta aquí, vale. Quizás lo que debería hacerse mirar es cómo puede convertir una leyenda en una historia de no ficción y considerar al caballero un maltratador de animales. Pero, vamos, allá él. Ahora bien, podría pensarse que quizá no entendemos la ironía. Hasta que ha aparecido Javier Mariscal —uno que nunca ha tenido filtro— y ha confirmado que, más que ironía o falta de vergüenza, detrás de la declaración hay ideología.
Todo esto lo escribo, en realidad, porque estoy en proceso de perder el filtro. Estoy en la adolescencia de la vejez y esta semana voy sumando crisis personal, el Barça fuera de la Champions y falta de entradas de Rosalía. Y no querría volver a fumar por culpa de Mateu Lahoz y sus comentarios, al nivel de sus viejos arbitrajes. Así que necesito hacer como otro señor que carecía de filtros, el gran Fernando Fernán Gómez, y gritar bien fuerte a Mariscal, Mendoza, Mateo y a tutti quanti: “¡Vaya usted a la mierda!”.