Buscar piso, sobre todo en Barcelona y el área metropolitana, es la odisea millennial. Ya de entrada, tienes el reto de encontrar un piso que, primero, tenga un alquiler lo suficientemente asequible como para no tener que vender un riñón y que, segundo, no sea un refugio de la guerra civil. Cuando por fin encuentras uno que, más o menos, satisface las dos características ―una de las dos no la puedes acabar de cumplir del todo―, tienes que jugar a la ruleta rusa de las inmobiliarias. Eso quiere decir que, en la mayoría de casos, te encontrarás con un piso alquilado por una que será decente. Algunas te cobrarán una morterada, cosa que hará que definitivamente tengas que vender un riñón. Si no tienes suerte, te encontrarás con una inmobiliaria que si te dijeran que está regentada por la mafia más mafiosa del mundo, te lo creerías.

Un amigo historiador me explicó que textos posteriores a la Odisea cuentan que el héroe griego murió en el exilio, y pienso que a los millennials también nos pasa algo parecido. Eso de que una vez tienes casa te quedes ahí durante años y años, que era más o menos a lo que aspiraban generaciones anteriores, es complicado de alcanzar. A veces me pregunto hasta qué punto tienes casa, y no una concatenación de viviendas de las cuales vas saltando, de una a otra, en función del trabajo, los estudios y, sobre todo, del perverso rifirrafe entre un sueldo que no acaba de subir tanto como sube el alquiler. Todo eso hace que acabes estableciendo la casa de tus padres como punto logístico de llegada de las cartas del banco y otros documentos y paquetes importantes. También es el almacén de la ropa que no es de temporada y los libros leídos. La dirección de la casa de tus padres es un cordón umbilical que hace que, mientras lo mantengas, no te acabes nunca de sentir del todo adulta.

Pensaba en todo eso mientras llenaba cajas y maletas para trasladarme. Otro salto. He contado ocho en los últimos seis años. Últimamente he estado viviendo con los padres. Al principio me daba un poco de vergüenza decirlo. Después me importó muy poco. Necesitaba cargar pilas emocionales y laborales, la base de operaciones era el mejor lugar para hacerlo. Una amiga con hijos mayores me hizo la broma de que ahora ya no sabes nunca cuándo los hijos se van de casa, pero que, por lo que se ve, tienes claro que siempre vuelven.

La dirección de la casa de tus padres es un cordón umbilical que hace que, mientras lo mantengas, no te acabes nunca de sentir del todo adulta

Volver a vivir con los padres, después de años de independencia, es un choque, porque pretendes hacer la vida que habías hecho hasta ahora, la vida de mujer hecha y derecha, pero claro, duermes en la cama donde dormías cuando eras pequeña. En mi caso, este choque cristalizó en una especie de segunda adolescencia que yo cuento como una crisis de los cuarenta extremadamente precoz. Un día soleado decides ponerte una chaqueta impermeable no sólo porque es muy chula y cómoda, sino también porque sabes que a tu madre no le gusta que la lleves cuando no llueve.

Durante este tiempo he convivido mucho con los dos inquilinos más nuevos de casa de mis padres, los gatos. Soy muy alérgica. Eso hizo que al inicio estuviera a punto de morir, pero con el tiempo me fui acostumbrando. Según mis cálculos, si me hubiera quedado un par de meses más, me hubiera vuelto inmortal. Con el gato que más me llevo es con Elvis. Físicamente es todo lo que puede salir mal en un felino. Cola torcida ―para coger el wifi, que dice una de mis hermanas―, patas de liebre, cara afilada y orejas puntiagudas. No es nada cariñoso, salvo cuando le da por querer mamar, que entonces te mira con ojos vidriosos y te empieza a chupar el cuello o la barriga. Pero es muy simpático y astuto. Al final me seguía por todas partes y jugábamos a que yo me escondía por los rincones y él me buscaba. También se ponía en la ventana de mi habitación esperando que le sacara el hilo de las cortinas para que él pudiera jugar. Se ve que ahora sale a la ventana y espera, pero el hilo no sale y él no entiende qué pasa. Un poco como en la película Siempre a tu lado, Hachiko, pero sin perros, estaciones de tren, gente blanca robando una historia enternecedora a gente japonesa y propietarios de animales domésticos muertos. Como Elvis sabía que lo echaría de menos, quiso que me llevara un recuerdo suyo y se escondió en una de las cajas del traslado. Cuando lo saqué de allí, justo antes de irme, ya me había dejado la ropa rebozada de pelos.

En el fondo, una de las cosas que más me jode es tener la vida repartida en cajas y maletas, dispersas por viviendas y trasteros. Me da una sensación de dispersión absoluta, como si toda yo estuviera fragmentada en mil añicos.