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Los primeros días todavía no te lo acabas de creer ni te ubicas en tu nuevo estado social. Te sorprendes diciendo marido a la persona a quien durante tanto tiempo has llamado pareja. Y quizás, sin darte cuenta, continúas diciendo "mi pareja" porque la palabra marido todavía te parece un poco extraña, como si perteneciera a una vida que acabas de estrenar. Y más para una a quien tanto le costó tener el título de divorciada. Prima la morte che il divorzio, me habían dicho.

No nos recreamos mucho mirando los vídeos que nos envían los amigos.

—Estuvo bien, ¿verdad?

A Daniel no le gusta mucho mirarse en las fotos. Yo, en cambio, tengo la necesidad de volver una y otra vez a las imágenes de la boda: a la cara de la gente y las expresiones de sorpresa. Tantos años planeando una boda que, durante mucho tiempo, solo conocíamos nosotros. Y después, de golpe, ya está. Casados.

Y la luna de miel ha sido muy nuestra. No ha habido ni camas balinesas, ni velas, ni playas paradisíacas donde no haya que mirar el reloj. Hemos hecho lo que nos gusta hacer juntos y que pocas veces podemos hacer solos porque estamos la mayor parte del tiempo con mis hijos. Ir al cine, hablar otras lenguas, visitar museos y exposiciones, escuchar buena música, caminar más de quince mil pasos al día, echar la siesta bajo un árbol, descubrir ciudades y leer casi tanto tiempo como escribimos. Hemos recorrido tres ciudades canadienses, alternando el inglés con el francés, comiendo gastronomía popular y hablando de lo que queremos escribir. Mirándolo bien, una luna de miel no tiene que parecerse a la que nos venden en las revistas. Y es que parece que, si no tiene en el muestrario una piscina privada sobre el mar, una playa de arena blanca y una habitación llena de pétalos de rosa, no lo estés haciendo como toca. Como si el amor necesitara un escenario extraordinario para demostrar que existe.

Cuando la novedad ha dejado paso a la cotidianidad… ¡quizás es aquí donde empieza la verdadera luna de miel!

¿Pero de dónde viene, realmente, este lugar común? Hay varias teorías sobre el origen de la luna de miel. Una de las más conocidas, la relaciona con la antigua costumbre de beber hidromiel —una bebida fermentada a base de miel— durante el primer mes de matrimonio, hasta el siguiente ciclo lunar. La miel simbolizaba la dulzura de los primeros tiempos de la vida en común y la luna, el paso del tiempo y su naturaleza cambiante. También se han explicado historias parecidas relacionadas con Babilonia, donde, según la tradición, el padre de la novia proporcionaba al novio suficiente cerveza de miel para un mes. Sería genial porque mi padre tiene una bodega, pero imposible en mi caso, ya que mi pareja no puede volver a probar nunca más nada de alcohol. En la antigua Roma existía la costumbre de que la madre de la novia dejara miel a disposición de los novios durante la noche de bodas. La miel, dulce, fecunda, estaba vinculada al amor, la prosperidad y sobre todo a la preciada fertilidad. En nuestro caso, ya no forma parte del plan. Sabemos que no queremos tener más hijos. En su momento nos planteamos acoger, pero no lo vimos viable. ¿Quién dice que es imprescindible tener hijos con el amor de tu vida? No son, ni mucho menos, sinónimo de unión romántica. Y quizás esto también hace que me interese más la otra metáfora: la de la luna. Porque la luna de miel es luna precisamente porque cambia. No siempre está pletórica.

Y aquí llega el gran spoiler del amor: la pasión de los primeros tiempos también cambia. Disminuye, sí. Pero no necesariamente desaparece. O incluso cuando no la ves, sabes que volverá. Que se transforma. El enamoramiento es intenso, casi físico. Después llega otra cosa: el conocimiento profundo del otro. Saber cómo duerme, qué le da miedo, qué le hace reír, qué manías tiene, cómo reacciona cuando está cansado, qué necesita cuando no dice nada. Cuando la novedad ha dado paso a la cotidianidad… ¡quizás es aquí donde empieza la verdadera luna de miel! Porque la luna de miel, en su origen, no hacía referencia necesariamente al viaje que hoy asociamos a los novios. Era sobre todo un período, los primeros tiempos después de la boda. El viaje de novios se popularizó más adelante, especialmente en el siglo XIX, cuando se puso de moda viajar después de la boda para visitar a familiares y amigos que no habían podido asistir a la boda. Y quizás hemos acabado confundiendo el viaje con la luna. Creemos que la luna de miel es ir lejos. Cuando quizás es todo lo contrario: encontrarnos allí donde estemos. Aunque sea en la mesa de la cocina. Pues los viajes, tarde o temprano, se acaban. Las maletas vuelven al armario. Las fotografías quedan muy atrás en la galería del móvil. Las ciudades desaparecen detrás de la ventana del avión. Volvemos a trabajar, a poner lavadoras y a buscar las llaves que hemos dejado en algún lugar inverosímil. Y entonces es cuando sabemos si la luna de miel continúa.

Quizás lo importante no es que la luna esté siempre llena, sino saber mirarla cuando lo está. Y brindar mientras lo esté. No porque sea perfecto, ni porque sea eterno, sino porque hoy está. De la luna de miel me quedo con priorizarnos. La luna de miel no tiene que ser un destino, sino un estado de ánimo. No es una suite ni una isla remota. Es mirar con ojos de enamorado al mundo. Y también mirar con esos mismos ojos a la persona que tienes al lado cuando el mundo ya no es tan extraordinario.