La idea de un frente común de las izquierdas plurinacionales en el Estado (de ahora en adelante, “lo de Rufián”) que querría forzar a parir al líder de Esquerra en Madrit es una de las cimas de la procesización de España, y no será la última. Contagiado por el clima guerracivilista de la capital —que mis colegas plumillas del kilómetro cero a menudo definen como "nuestro prozés"—, Gabriel Rufián tiene muy asumido que las próximas elecciones generales serán un referéndum al sanchismo. En este sentido, tiene toda la lógica del mundo que el político de Santako quiera decantar a los electores a encarar un plebiscito contra lo que llama la derecha fascista, para así poder pintar más fácilmente la alianza PP-Vox como un apéndice del franquismo. Cuando dice que está dispuesto a tener menos diputados a cambio de más influencia, Rufián no supura nada de cinismo, ya que sabe que el independentismo autonomista solo podrá subsistir a la sombra de este PSOE. Hace muy poco, Felipe González salía de la caverna para darle la razón.

La mayoría de críticos de “lo de Rufián”, aparte de recordar al líder republicano que la mayoría de implicados en su operación no quieren ni ir a pescar juntitos y que su propio partido ya ha dicho que ni hablar de cambiarse las siglas (Junqueras salió especialmente escarmentado de la artimaña convergente de Junts pel Sí), recalcan a menudo el hecho de que el protagonista en cuestión prometiera pasarse dieciocho meses en el Congreso... y ya lleve diez años cobrando del Reino que querría descabezar. Yo podría sumarme felizmente a esta crítica, y así he obrado más de una vez, pero en el contexto actual —donde casi todos los agentes políticos que nos embaucaron en 2017 siguen al pie del cañón y del cobrar, y donde la mayoría de los líderes catalanes habitan cómodamente en el autonomismo llorica— la crítica pierde todo el sentido del mundo. Es cierto, la mayoría del independentismo vive a remolque del PSOE desde la amnistía; pero Rufián lo acepta abiertamente y tiene la delicadeza de no impostar octubrismo.

La única diferencia entre Rufián y el resto de nuestro Olimpo indepe es que el portavoz más televisivo del Reino ha aprendido a ducharse y ya no le importa que le llamen botifler y caixacobri en X

Desde este lado, la única diferencia entre Rufián y el resto de nuestro Olimpo indepe es que el portavoz más televisivo del Reino ha aprendido a ducharse y ya no le importa que le llamen botifler y caixacobri en X. Yo puedo considerar que la tarea de reformar España desde la izquierda es un rollo, como pensaba —y piensa— Oriol Junqueras cuando se dedicaba a decir cosas normales, pero entiendo que Rufián prefiera intentar apretar a Pedro Sánchez que continuar siendo el político de moda... pero ante un Gobierno comandado por Santiago Abascal. La cultura popular dice que el capataz del PSOE es un hombre sin convicciones que solo apela a su manual de supervivencia; pero diría que Sánchez (y vuelvo a insistir en las diatribas de Felipe González, alias "antes con Vox que con Bildu") tiene un sentido de la democracia que guarda mucha más relación con la gente de ERC o incluso con Puigdemont que con los dinosaurios del PP, y ya no digamos con los espíritus neofalangistas de Vox.

A mí, que el futuro de “lo de Rufián” me interesa más bien poco, me hace cierta gracia que la mayoría de convergentes del país se rían de este chaval diciendo que lo único que busca el republicano es acabar siendo ministro de Sánchez. Eso tiene su gracia, en primer término, porque hubo muchos convergentes —y gente de Unió— que se pasaron toda su puñetera vida aspirando a hacer tal cosa. Y, en segundo lugar, porque diría que si Rufián hubiera querido un ministerio o un vicariato en Madrit, los socialistas ya se lo habrían regalado hace tiempo. A su vez, opino que Rufián no solo se ha inventado este alehop político pensando en España; debe estar dándole vueltas también a lo bien que le van las cosas a Giorgia Meloni, que irrumpió en Europa como la heredera tetuda de Mussolini y ahora ya aparece en las cumbres continentales haciendo de sirena de la moderación. En este sentido, dentro de la dinámica autonomista, Rufián tiene todo el derecho de creer que el independentismo sobrevivirá mejor —aunque agónico— en una España de izquierdas.

En el fondo, la deriva procesista del kilómetro cero necesita del plebiscito de “lo de Rufián” para continuar haciendo hervir la olla de la ideología, en un Estado que tiene unos datos macroeconómicos bastante buenos pero donde la pobreza y la superpoblación ya representan un peligro más que real. Dentro de este contexto, la noticia no es que Rufián haya abandonado el independentismo —cosa que ya sabemos de hace casi una década—, sino que se haya convertido en un apologeta de la moderación centrista, lo que se pone de manifiesto en una vestimenta cada día más decente. Yo vivo muy feliz alejado de la política española y esperando el ocaso de los líderes del procés, pero dentro del prostíbulo español, me hace gracia ver cómo el chico de Súmate ha sobrevivido a gente como Rivera o Iglesias para convertirse en uno de los más listos de la clase. De momento, las cosas no le van bien, pero tenéis que pensar que el procesismo empezó por las bases y el world tour de la nueva estrella progre española puede congregar a masas sorprendentes.

Al final la ley acaba cumpliéndose y los españoles, pobrecitos míos, siempre nos acaban pidiendo que les salvemos el chiringuito. Suerte con “lo de Rufián”, Gabriel, y no te preocupes: ganes o pierdas, nunca te va a faltar sopa en muchos hogares de espíritu republicano español.