El presidente de Estados Unidos no es tan excepcional, único e importante como para arrancarle palabras al Papa solo para él. El mundo es muy grande. Naturalmente que el papa León XIV, cuando se opone al delirio y a la tiranía de los potentes y cuando habla de la guerra, lo tiene presente. Pero en su lúcida mente también están los otros gobernadores mundiales. León XIV se dirige a quien hace uso del mal para conservar pedazos de tierra o para mantener intereses geoestratégicos. A quien quiere aniquilar pueblos enteros. A quien se apropia de tierras que no son suyas. A quien amenaza con bombas.
El papa León no ha venido al mundo a destronar a ningún presidente, ni a enfrentarse a ninguna nación. Tiene el deber de ser una voz moral mundial en nombre del Evangelio, que es lo que hace cada día. Cuando habla de paz, no interfiere en nada, o interfiere en todo, según cómo lo queramos leer. Jamás el Evangelio ha sido una doctrinita para cuatro creyentes reunidos en una comunidad y basta. El mensaje que él lleva, y del cual es garante y portador, no es un aviso para navegantes católicos. La soberbia de un vicepresidente de Estados Unidos por llegar a tachar al Papa de poco leído, recomendándole que revise la teología católica, sería una anécdota divertida si no fuese verdad. Decirle al papa agustino que se mire la doctrina católica sobre la guerra justa (ajustada por san Agustín), que lleva más de mil años discutiéndose y atenuándose, gracias a Dios, es el enésimo delirio de gobernantes sin formación histórica, teológica ni con sentido institucional, que es lo que a veces les falta a los neoconversos, como el caso de JD Vance. Tienen celo apostólico, pero les falta la profundidad y la complejidad del pasado, que, como sabemos, no fue mejor. Fue un tiempo… anterior.
La guerra es una derrota y no se puede aniquilar a ningún pueblo, se debe trabajar por un mundo diferente
Estamos asistiendo a vodeviles mundiales, sainetes estrambóticos de ataques, por un lado, y respuestas articuladas, pero que no convencen, por el otro. El Papa ha sido muy fino en sus respuestas, sin dirigirse a la persona, remachando el clavo en aquello que piensa y defiende: la guerra es una derrota y no se puede aniquilar a ningún pueblo, se debe trabajar por un mundo diferente. En concreto, ha ido aumentando el tono, sobre todo desde Pascua, para pedir que “volvamos a la mesa para dialogar, busquemos soluciones a los problemas, miremos de reducir la violencia”, y ha hablado de paz tantas veces que, si alguien quiere hacer una tesis, ya podría ir recogiendo datos ahora mismo, porque hay mucho material. El viaje a Argelia y Camerún también ha sido una acción pastoral para “promover la paz, la reconciliación, el respeto y la consideración por todos los pueblos”. No le tiene miedo a la Administración Trump, lo ha dicho, y él habla del Evangelio para quien lo quiera escuchar.
La diplomacia requiere buena educación, y las deplorables invectivas contra el Papa han obtenido como respuesta un papa sereno y contundente, que no vive la angustia del presidente de Estados Unidos con la presión de tener unas elecciones parciales en noviembre de 2026. León XIV es sabedor de que está viviendo y expresando públicamente lo que se le ha encomendado —rechazar todos los conflictos y proclamar un mensaje de paz— y que, además, es un hombre calmado, con tablas, contenido. Y justo.
