El año 2013, Sílvia Soler, una gran escritora, ganaba el Premi Ramon Llull con la novela L’estiu que comença. En ella, a través de dos familias —los Reig y los Balart— recorremos y vivimos el ciclo de la vida: amores, desamores, nacimientos y muertes. En este libro, el ritual de la noche de Sant Joan se convierte en el hilo argumental y el brindis habitual se convierte en toda una declaración de intenciones. Todo ello y con una vitalidad sin límite, la autora hace un canto al optimismo y a la vida.

En nuestra casa, el día de Sant Joan marca el inicio del verano oficioso. La noche de la verbena habremos hecho los propósitos del verano como lo hacemos la noche de Nochevieja. Escucharemos la canción de Sisa, aquella que nos certifica que nos encontramos ante la noche más corta y el día más largo. Y habremos prometido leer más y mirar menos la televisión. Aprender inglés de una vez y apuntarnos al gimnasio. Hacer aquel viaje que siempre habíamos soñado y relativizar los problemas. El verano es aquella época de noches inacabables, de conversaciones insospechadas y de conciertos al fresco. Del gazpacho y la sandía. De los helados nocturnos y de las claras del mediodía. Soñamos en ir de viaje muy lejos o tumbarnos en casa bien fresquitos. Explorar mundos lejanos y exóticos o ir al pueblo, como toda la vida. Esperamos que llegue la fiesta mayor para ir al entoldado bien adornados y que las gralles nos despierten haciendo matinades. Veremos gegants, balls de bastons y esperamos ver grandes castells. Dejaremos el móvil aparte y nos tostaremos en la piscina. Echaremos la siesta bajo un pino y haremos una paella en el campo. Huiremos de la masificación turística de Barcelona y haremos de turistas en otras ciudades o en la nuestra. Descubriremos la canción del verano —aquella que se engancha tanto— y haremos castillos de arena en la playa. Miraremos el Gamper y beberemos horchata.

El verano, como nuestras vidas, son rituales. Perder algunos para tener nuevos

Porque veranos hay tantos como personas. Los hay que trabajarán y para ellos no habrá vacaciones. Otros que estudiarán lo que no han hecho el resto del año. Los que tendrán el primer amor y los que, agotados, dejarán morir el suyo. Tendremos incendios forestales y nos maldeciremos los huesos por dejar morir el territorio. Gente que perderá el avión o bien que se perderá por la montaña. La maldita conversación sobre las reposiciones en TV3, pero también lo que disfrutamos con Plats bruts. Maldeciremos las altas temperaturas pero también criticaremos los días de lluvia. Intentaremos matar moscas a paladas y huiremos de las medusas.

Porque el verano, como nuestras vidas, son rituales. Perder algunos para tener nuevos. Recuerdo aquellos 11 de Septembre donde todos nos conocíamos las caras, y ahora, como soldados, esperamos ansiosos que la ANC y Òmnium nos digan qué tenemos que hacer. Si bajaremos a Barcelona en autocar, en tren o ya estaremos. Si nos tendremos que quedar en el pueblo o bien tendremos que ir donde sea. O si creeremos que estamos cansados y este año no iremos. Pero a última hora pensaremos que no hemos llegado hasta aquí para retroceder. Esperaremos ilusionados el 1 de octubre y alucinaremos con las decisiones del Tribunal Constitucional. Dicen que en verano en política no pasa nunca nada. Pero este 2017 olvidaos de la típica crónica social sobre cenas de élites. Porque podemos estar hablando del verano de nuestras vidas. De lo que dentro de unos años recordaremos por encima de todo. Porque no será normal. Será de esos veranos de los que hablaremos las noches de fresco durante años. Y magnificaremos los aciertos y minimizaremos los errores. Porque la memoria es selectiva. Ayer, como cada noche de Sant Joan, brindé como lo hacen los Reig y los Balart por el verano que empieza. Y que espero que acabe bien.

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