Despedir a compañeros que se jubilan es un espejo. En su último día laboral, o cuando se les hace un reconocimiento, los miras, y vas pensando qué perfil serás tú cuando se acerque la hora, si tienes la suerte de que la vida te deje llegar a ella: el liberado, el nostálgico, el que se resiste, el emotivo, el que pontifica y da lecciones, el que todavía tiene la libreta de agravios… y el agradecido. A mí los agradecidos me gustan. Los escucho con atención. Intento aprender de su inspirada vida. Son gente que ha entendido la importancia de los vínculos y del legado. Solos no llegamos a ningún sitio. Y ellos nos lo recuerdan como una brújula.
En la glosa de despedida de algunos compañeros en la universidad, el profesor y filósofo Ignasi Boada Sanmartín soltó algunas reflexiones que quiero traeros para vuestra consideración. Él hablaba de la amabilidad en la academia: "Habéis comprendido la responsabilidad que tenemos de crear una comunidad de personas amables que colaboran, que dialogan, que se ayudan, que confían las unas en las otras y que hacen que la facultad sea un lugar estimulante. Y eso no es poco porque, como decía Bertolt Brecht, ser amable, a fin de cuentas, es uno de los grandes placeres. Una de las fuentes principales que permite que la vida con los demás sea gratificante".
Enseñar es un acto de optimismo excelso. Acompañas, educas, transmites, pero también te sientes acompañado por nuevas preguntas que vienen de mentes mucho más incrédulas, menos estructuradas —todavía—, menos contaminadas, menos derrotistas
Dentro de la "inestabilidad constitutiva", el pensador Boada hace referencia al perfil de los estudiantes, que "han cambiado", pero "la persona humana no es solo historia, es también estructura". Y este hecho asegura una cierta continuidad generacional. Por mucho que hayan cambiado, los jóvenes siguen entusiasmándose. Continúan permeables y escuchan. Preguntan. Se interrogan. Enseñar es un acto de optimismo excelso. Acompañas, educas, transmites, pero también te sientes acompañado por nuevas preguntas que vienen de mentes mucho más incrédulas, menos estructuradas —todavía—, menos contaminadas, menos derrotistas.
Los jubilados amables, antes de marcharse de la universidad, han sido personas que han inspirado y orientado. Los jubilados han dado mucho y algunos se van, perplejos, con la sensación de que todavía podrían seguir ofreciendo tanto. Pero la vida tiene sus caprichos, y no nos regala prórrogas infinitas. Jubilarse, con esa raíz latina de la alegría, el iubilo, es dejar de hacer. Dejar es un verbo que parece negativo. Y en cambio, cuando dejas, pasan cosas. Es un verbo fructífero. Empiezo el verano con muchas ganas de escuchar más a quien se jubila. De conversar con ellos. De pasar tiempo con ellos. De confesarme con ellos. Los jubilados amables son una necesidad social, un patrimonio, un regalo.
