Por si los catalanes no tuviéramos suficientes sustos metafísicos —de las inclemencias a raíz del cambio climático al frenesí con el que nuestro Govern se dedica a inaugurar eclipses—, la providencia ha hecho que la tribu haya cerrado este verano de insufrible llamarada con la duda sobre si Juana Dolores seguirá escribiendo en nuestra lengua. Según parece, la poetisa viral (escribo este adjetivo porque, le plazca o no, resulta mucho más conocida y reconocida debido a la performance mediática que a los versos o al teatro), a pesar de escribir en catalán durante un 90 % de su existencia, está hasta el coño de sufrir el linchamiento de algunos separatistas irredentos a los que describe como "nacionalistas amargados, racistas y clasistas". La primera condición, dice Juana, que sostiene la teoría política contemporánea (consultable en el señor Google), invalida a cualquiera para convertirse en un camarada de izquierdas, subsumiéndolo a una supuesta burguesía que se afanaría por monopolizar las ganancias de la clase trabajadora organizada, la primera de las cuales —remacha la artista— fue la propagación del catalán por todas partes, sobre todo gracias a los migrantes de estirpe castellanohablante.
"Si queréis que mantenga el catalán, cuidadme un poco", implora Juana en un vídeo de Instagram que es una obra de arte en sí mismo, dando a entender que, para seguir trabajando en catalán, ella solo nos exige un poco de amor... y un modesto jornal (una demanda netamente capitalista, dicho sea de paso), dado que su práctica artística es minoritaria y con muy pocas oportunidades de impacto entre la masa de trabajadoras. De este documento bellísimo me sorprende sobre todo el odio furibundo contra el mercado de una practicante del amor leninista que, por esas cosas de la vida, editó su último poemario en Edicions Poncianes, una empresa fantástica de Jordi Carulla, ¡hombre poseedor de un apellido que, como todo el mundo sabe, pertenece a un linaje de mineros la mar de paupérrimos! A su vez, sorprende tanta animosidad hacia la condición burguesa (además de esclavista, también parió ideas relevantes como la Renaixença o la Mancomunitat), cuando todavía recordamos cómo a Dolores a menudo le gusta arrodillarse boquiabierta para tener un rinconcito en la portada de La Vanguardia...
Su pervivencia no solo pasa por el catalán, sino por toda aquella gente que somos lo suficientemente ociosos para jalarnos sus monsergas y prestarle no toneladas de amor, pero sí unas pocas onzas de atención
A mí me sabe muy mal que la gente se dedique a linchar en las redes a una poeta tan antológica como Juana y todavía me parece más intolerable el hecho de que —según ha revelado— unos apologetas de Aliança Catalana reventaran uno de sus actos en Piera. De hecho, también me resultaría una gran pérdida verla transitando el camino que pasa del comunismo catalán al español o teniendo que contemplar cómo se ve obligada a exiliarse en la bella Andalucía. Este sendero ya sabemos dónde acaba... y nuestros enemigos no le harían mucho caso, puesto que allí ya están un poco hartos de los progres con ganas de aumentar el estatus social. Dice Juana que Catalunya no es un pueblo colonizado, bajo el argumento inframental de que la invasión española no puede compararse con la opresión que han vivido otros países, y también opina que el proletariado no se liberará a través de la lengua catalana (cosa que sabemos bien cierta, pues el catalán es el vehículo ideal para fortificarse); pero la colonización de la tribu se explica justamente en ella misma, por el caso que le hacemos y por el silencio absoluto que le dedicarían los españoles.
En este sentido, Dolores opina que Catalunya no le debe nada, porque resulta una tierra hostil como cualquier lugar que se rija por el capitalismo, y que el independentismo no prosperará hasta que se sitúe al abrigo de una clase trabajadora que se emancipe de la opresión. Yo diría que, a pesar de sus pesares, nuestra genio nacional solo sobrevivirá gracias a una ocurrencia tan capitalista como son las redes, de las cuales —hay que admitirlo— es una dueña absoluta; por otra parte, debería entender que la mayoría de la clase trabajadora, especialmente de la española, no tiene ni la más reputa idea de su existencia. En este sentido, su pervivencia no solo pasa por el catalán, sino por toda aquella gente que somos lo suficientemente ociosos para jalarnos sus monsergas y prestarle no toneladas de amor, pero sí unas pocas onzas de atención. Siguiendo este hilo, yo no soy de los catanazis que —según dice— van con el "latiguito" para que la poeta verse en catalán; contrariamente, solo soy un mero aspirante a la clase media del todo dispuesto a seguir entreteniéndose con su naricita de clown.
Aparte de eso, Juana, lo que no cure el sadismo provocado por el resentimiento y el odio a la propia tierra (con los consiguientes artículos de atención y mimitos en los diarios), tenlo presente, lo arreglarán las pastillas; desde la sabia experiencia, recomiendo Escitalopram por la mañana, dosis variable, y Trankimazín cada noche (basta con 0,5 mg)... y si con eso la cosa todavía no funciona, ya sabes que todo se puede arreglar con un simple bizum.