El bombardeo engancha y, a la vez, impide alimentar una manera de pensar reposada, una mirada subjetiva y un ojo crítico que pueda cuestionarlo, en caso de que el algoritmo se equivoque y no provea la experiencia digital personalizada que se supone que debe proveer. La cabeza pierde la costumbre de procesar ideas complejas y hacerlas jugar, de masticar información y pensar sobre ella, y se rinde al ritmo dopamínico frenético que la mece. De algún modo, el sujeto se va vaciando a favor de un contenido que nunca lo puede llenar.
Acostumbrar a la cabeza a las consignas breves —y superficiales, en la mayoría de los casos— nos inhabilita para comprender e imaginar grandes historias, pero también nos incapacita para pensar sobre nosotros mismos y la propia historia con una perspectiva más vasta que la del presente inmediato. La falta de espacio para la autoconciencia, la falta de herramientas para explicarse a uno mismo, es una fuente de malestar que cuesta ignorar. Es una dinámica paradójica porque, en realidad, de una manera u otra, las redes son un espejo autorreferencial. Pero son un espejo autorreferencial opaco, porque más que adentrarnos en nuestro mundo interior para desentrañar quiénes somos para nosotros mismos —un ejercicio que, por ejemplo, los libros permiten hacer—, solo nos llevan a pensar quiénes queremos ser para los demás.
La oración brinda un espacio de reflexión sobre todos los ámbitos de la vida y del sujeto, que retorna al reposo que la hiperconexión roba
Hay gente en la cincuentena, y en la sesentena, y en la setentena con una ineptitud real para entender que algunos jóvenes busquen respuestas en la fe. De hecho, algunos de ellos todavía repiten compulsivamente que las iglesias están vacías, incrédulos de una tendencia al alza que muchos hemos constatado. Como he escrito muchas veces en este rincón de internet que cultivo, los factores históricos y sociales que explican el alejamiento de estas generaciones de la religiosidad están ahí. Ni el mundo donde nacieron ni el contexto en el que crecieron, sin embargo, son los mismos. Hoy, este alejamiento de la religiosidad, esta enmienda a la totalidad a todo lo que huela a divino, también les imposibilita leer los cambios en el contexto, porque los inhabilita para interpretar los síntomas que los cambios en cuestión tienen en las generaciones que solo conocen este mundo. Y que han tenido que encontrar un lugar en él, una forma de hacérselo suyo, buscando entre las cosas que las generaciones anteriores les habían dicho que eran obsoletas.
La ausencia de un centro desde donde observar la vida y el mundo hace sentirse perdido. La incomprensión de esta desorientación hace sentirse solo. En este contexto, en primer lugar, la fe ofrece una comunidad. Y no es una comunidad cualquiera: es gente que, como tú, tiene una sed interior que a veces también tiene dificultades para nombrar. En segundo lugar, hace partícipe de una tradición y tripula del desarraigo a la cepa robusta. En tercer lugar, ofrece una gran historia: The greatest drama ever staged, escribía la anglicana Dorothy Sayers refiriéndose al Credo del cristianismo. Y no es una historia estéril: es una historia sobre la humanidad misma y, por tanto, fértil para pensar en la propia humanidad, en la propia vida, en un "yo" que siempre es único, pero que siempre es hijo de Dios. En cuarto lugar, la oración brinda un espacio de reflexión sobre todos los ámbitos de la vida y del sujeto, que retorna al reposo que la hiperconexión roba, como mínimo durante un rato. En quinto lugar, poner la mirada en el Cielo ofrece el tipo de perspectiva que lleva a abrirse a los demás. En sexto lugar, en la vida interior uno ya no está solo consigo mismo: de vez en cuando, la conciencia de la presencia de Dios actúa de bálsamo para la soledad en el dolor. Porque Dios no es una medicina, pero cura; el Evangelio no es un oráculo, pero responde; y la comunidad no es un búnker, pero refugia. El contraste del embrutecimiento espiritual de horas de pantalla con la claridad de estar en contacto con lo sagrado hace pensar que las conversiones beben, también, de un deseo de volver a uno mismo.