Los catalanes tienen una relación dolorosamente íntima y sintomática con el conflicto entre israelíes y palestinos. Por un lado, nuestros apologetas de Israel suelen ser críos convergentes de mediana edad para los que en Catalunya falta moral de Estado (poco les importa, dicho sea de paso, que sus opciones políticas de partido siempre hayan acabado comerciando con nuestra subyugación a España) y admiran a los judíos como aquella pequeña gran patria rodeada de sátrapas que, repiten ad nauseam, “tiene todo el derecho del mundo a defenderse militarmente” por muchas barbaridades que esto conlleve. Por otro lado, los palestinos suelen ser la niña mimada de los cuarentones aún adolescentes de clase media barcelonesa venida a menos que encuentran en la derrota palestina (y las vejaciones inaceptables hacia sus niños) un hermanito gemelo de nuestra persistente derrota nacional.

Las dos tipologías de ciudadanos tienen, ¡faltaría más!, muchos matices; hay que recordar que muchos catalanes fueron y son projudíos porque, hace mucho tiempo, aquella tierra prometida era uno de los lugares más progresistas y hippiosos de Oriente Medio. A su vez, hay mucha gente que vive la barbarie de Gaza con un dolor bastante honesto. Pero diría que, entre la mayoría de amantes de la causa palestina, se encuentra un deseo poco confesado de impostación moral (sus activistas son efusivos y vehementes, pero poco constantes a la hora de denunciar represiones como las de Irán... o la misma causa catalana). Así son la mayoría de seres que acudieron al Concierto Manifiesto x Palestina del pasado jueves en el Palau Sant Jordi, feliz ejemplo de cómo la catalanidad disfruta montando aquelarres sonoros y acaba lloriqueando mucho más por la aparición sorpresa de Rosalía que por un supuesto sentimiento de solidaridad con el pueblo palestino.

Me parece fantástico que Guardiola se posicione al lado de los canijos de la geopolítica. Pero la cosa me extraña, sobre todo porque el entrenador no ha parado de blanquear un país que vive regido por la misma familia autocrática desde mediados del siglo XIX

De todas las cosas que me sorprendieron más del evento fue la presentación del cotarro, a cargo de nuestro ídolo Josep Guardiola. El antiguo entrenador del Barça es uno de los hombres que me ha hecho más feliz en la vida y considero espléndido que pueda participar en un encuentro de motivados a cara descubierta y pañuelo al cuello. Despolitizar el deporte es una gilipollez, porque este es un arte netamente político desde los griegos, y resulta igual de estúpido que la mayoría de los clubes y federaciones del mundo impidan a los deportistas cualquier manifestación sobre la cosa pública. Pero el speech de Guardiola me trastornó bastante, porque el de Santpedor dijo que hay que apoyar a los palestinos por su condición de débiles, y no solo en lo que respecta a los gazatíes, sino también con cualquier causa donde haya damnificados: “los poderosos son unos cobardes”, remachó Pep, “porque envían gente inocente a matar gente inocente.”

A mí, insisto de nuevo, me parece fantástico que Guardiola se posicione del lado de los canijos de la geopolítica. Pero la cosa me extraña, sobre todo porque —desde el año 2003, cuando fichó por el Al-Ahli de Qatar durante un par de temporadas— el entrenador no ha parado de blanquear un país que vive regido por la misma familia autocrática desde mediados del siglo XIX. Supongo que no debe ser necesario recordar (si hace falta, vuelvan a ver el magnífico documental FIFA Uncovered de Daniel Gordon) de qué manera este mismo país consiguió hacerse con la organización del mundial del año 2022 y, a su vez, la cantidad de obreros que murieron para facilitar la construcción de sus estadios. También vale la pena mencionar que nuestro Pep trabaja en un club de fútbol que es propiedad del jeque Mansour Bin Zayed, un archimillonario que vicepreside los Emiratos Árabes Unidos como miembro ilustrísimo de la familia real de Abu Dabi

Siempre que Guardiola ha sido cuestionado por estas notorias contradicciones, el genial míster ha aducido la cancioncilla futbolera según la cual cada país vive de la forma que elige, lo cual equivale a decir que las mujeres saudíes deben estar contentísimas de vivir con el cuerpo tapado y que los trabajadores del reino de Qatar sueñan con trabajar durante larguísimas jornadas laborales para acabar muriendo de sed en el desierto. Hombre, Josep, seamos honestos; si lo que quieres es trabajar contra los poderosos, podrías empezar por tu casa, ¡que se te va a girar trabajo! Otra cosa es que, como la mayoría de los propalestinos de aquí, simplemente tengas ganas de venir a Barcelona y darte un buen cena con la familia con las tonadas de la Bad Gyal y Morad acariciándote los tímpanos. Si es así, mejor no adoctrinar, pues eso de abrazar desdichados cuando trabajas para los más poderosos es un zigzag moral de caradura.