Miro imágenes de Jordi Pujol. Veo un hombre muy mayor, un anciano. Hace tiempo que arrastra problemas para moverse y una sordera espesa que le importuna. Informan los médicos, pero también la gente que tiene más cerca de él, que su antes prodigiosa memoria hace aguas. Sufre, además, otros problemas de orden cognitivo. Entiendo, por lo tanto, que su familia, sus amigos y la gente que lo quiere se indignaran con la decisión judicial de hacerlo comparecer en persona en Madrid, desoyendo los múltiples informes médicos —también los encargados por la propia Audiencia Nacional— que acreditaban sin vacilación su mal estado de salud. Yo también estaría muy enfadado si le hicieran eso a mi padre. Los jueces se lo podrían haber ahorrado. De hecho, lo más lógico y humano habría sido evitar el mal trago a este hombre de 95 años.

Por más que me esfuerce, en Pujol no veo a un corrupto. Ni en el Pujol de hoy ni en el de antes. Nunca ha sido alguien que tuviera el dinero entre sus prioridades vitales. Más bien no se ha preocupado mucho de ello. Ni el dinero, ni tampoco los lujos, los caprichos o la fastuosidad, han atraído al expresident de la Generalitat. No ha sido lo que se conoce como un bon vivant. No, no lo veo un corrupto. Me cuesta mucho imaginar que, para decirlo llanamente, robara, metiera de un modo u otro la mano en la caja. Su error clamoroso fue no hacer regularizar a tiempo el dinero que su padre —Florenci Pujol— había sacado al extranjero. Una equivocación quizás todavía mayor fue no parar los pies a su familia; hablo especialmente de su hijo mayor. No sé si este hijo o algún otro, lo desconozco completamente, han delinquido ni con qué gravedad. La justicia nos lo dirá. En todo caso, Jordi Pujol habría tenido que prohibir a su familia cualquier negocio u operación situados cerca de la frontera de lo que puede considerarse poco claro o sospechoso. De la frontera, a veces difusa, que separa lo público de lo privado. Este pecado de omisión me parece que sí que lo cometió.

Por más que me esfuerce, en Pujol no veo a un corrupto. Ni en el Pujol de hoy ni en el de antes

Entiendo también que el partido heredero de Convergència Democràtica, Junts, haya salido a defenderlo en tromba. En su momento, hace doce años, cuando hizo la confesión sobre la famosa deixa de su padre, Florenci Pujol, en Andorra, los convergentes no se atrevieron a defenderlo; al contrario. No solo eso, sino que también enterraron las siglas del partido fundado por Pujol. Aquello fue un error fruto del pánico y la precipitación. Entiendo, asimismo, que a ninguna persona nacionalista o catalanista, o que ame el país, le haya hecho ninguna gracia la actuación de la Audiencia Nacional. Independientemente de si se comulga poco o mucho con el ideario pujolista y de cómo se evalúe su extenso legado como político y gobernante. La protesta de Salvador Illa por el trato a Jordi Pujol es coherente con este sentimiento. El president Illa supo estar a la altura de la institución que encarna y que durante veintitrés años encarnó su antecesor. Hay quien ha visto la actuación de los jueces como un menosprecio “nacional” a Catalunya. Una voluntad de querer dejar claro, una vez más, que es España quien manda. Puede haber una parte de esto, pero no lo sabremos nunca. Lo que sí resulta innegable es que, a ojos de buena parte del españolismo más coriáceo, Pujol es el gran culpable no solo del soberanismo y del independentismo, sino también del hecho de que Catalunya no sea hoy una región más de España, una región orgullosa de su españolidad, como ellos consideran que debería ser.

Dicho todo esto, no olvidemos que Pujol no quiso ser exonerado, como ha ocurrido finalmente. Él habría preferido ser juzgado y finalmente declarado inocente de todos los cargos. El inaceptable alargamiento de la instrucción del caso lo ha impedido. Pujol no fue nunca, a pesar de aciertos y errores, un tipo que tendiera a encogerse o esconder la cabeza bajo el ala. Además, la obsesión por su legado, por cómo lo recordarán la historia y las futuras generaciones, lo empujaba irreprimiblemente a batallar hasta el final. No podrá ser. La exoneración es, para Pujol, una victoria pírrica. O, si lo prefieren, una media derrota con un ineludible regusto amargo.