A Armenia la hemos dejado sola ante el expansionismo de Azerbaiyán, o lo que es lo mismo, de la Turquía de Recep Tayyip Erdogan y de su islamismo nacionalista y excluyente. Entre todos la hemos apuñalado. Ahora que viene Navidad y parece que se acaba este calamitoso 2020 tendremos que recordar que, durante este año, también la comunidad internacional, la de las democracias con complejo de superioridad moral, dejaron abandonada e indefensa a esta pequeña comunidad nacional resistente, desgraciada víctima histórica, una comunidad de raíz cristiana, pero ni católica ni ortodoxa, con una iglesia propia, la Iglesia Gregoriana Apostólica Armenia, con una lengua propia, con un alfabeto propio, con una personalidad propia que la faculta de una perspectiva única, de una mirada singular sobre la realidad. En Catalunya, siempre solidarios con el Tíbet y el salvamento de las focas, casi nadie se ha acordado del tema y los principales medios de comunicación han hecho como el resto de los medios españoles —en esto todavía somos escandalosamente españoles—, dedicados a la indiferencia informativa, y no como han hecho los franceses. Probablemente porque la república vecina acoge desde hace al menos un siglo a una gran cantidad de armenios, seiscientos mil según las últimas encuestas, Charles Aznavour, Édouard Balladur y Alain Prost son, probablemente, los armenios franceses mejor conocidos en nuestro país. Y porque son una minoría que vota en clave nacional dentro de la compleja realidad de la política francesa.

 La Turquía moderna nace, se consolida, y continúa avanzando sobre el inmenso charco de sangre de las minorías nacionales, especialmente la de armenios, griegos y kurdos

A Armenia se la ha abandonado y los azeríes islamistas se han apropiado con la mitad del Alto Karabaj, un territorio poblado mayoritariamente de armenios, porque la actual política internacional es de apaciguamiento y de renuncia, de miedo, de amistad interesada con Erdogan, al igual que durante los acuerdos de Múnich las principales potencias cedieron ante Adolf Hitler y sus pretensiones sobre la indefensa república de Checoslovaquia. “¿Quién se acuerda hoy del genocidio armenio?” se ve que arguyó Hitler cuando planeaba industrialmente la Shoá, el exterminio masivo de todos los judíos de Europa. ¿Quién se acuerda hoy del genocidio de más de 1.200.000 personas, a manos del nacionalismo turco? Se ve que la amnesia va muy bien para volver a masacrar a una comunidad, para volver a imponer la política del horror, para hacer ver que nos hemos olvidado de que la Turquía moderna nace, se consolida, y continúa avanzando sobre el inmenso charco de sangre de las minorías nacionales, especialmente la de armenios, griegos y kurdos. De Israel, pero, no podremos decir que no tengan memoria, ni el pueblo ni sus dirigentes actuales, que la tienen muy buena y van a lo suyo. Durante esta crisis, siguiendo el camino trazado por la política exterior de Donald Trump, el estado judío ha colaborado con Turquía, ha colaborado con los países islámicos e islamistas ahora que parece que la ultraderecha judía y la ultraderecha musulmana tienen una alianza estratégica y la única democracia de Oriente Próximo ha decidido, por primera vez, dejar abandonada la comunidad armenia, pequeña, frágil y orgullosa. Cuando hay personas que defienden una Catalunya independiente, pero sin alianzas internacionales, sin una política exterior de protección, habría que preguntarles si reclaman la independencia para que nos puedan exterminar mejor. Y si todavía creen en los cuentos de hadas.

Mientras, por la fuerza de las armas, han ido expulsando las familias armenias de Alto Karabaj, las tensiones entre las comunidades armenia y turca —Azerbaidjan es una república turca en la práctica— estallaron en la dulce Francia. En la Pequeña Armenia, en Décines-Charpieu, cerca de Lyon, parece que algunos manifestantes armenios cometieron una catalanada grave: bloquearon un peaje de autopista. La acción fue respondida por activistas turcos, armados, que realizaron expediciones de castigo llevados por el grito temible de Alá Akbar. Aparecieron grafitis en la fachada del Centro Nacional de la Memoria Armenia de aquel municipio, firmados por los Lobos Grises, y en el memorial del genocidio —“Que te follen, Armenia”—. La organización paramilitar turca Lobos Grises ha sido disuelta por el gobierno francés aunque la minoría turca vota, vota masivamente, en las elecciones francesas y, sobre todo, en las elecciones alemanas. Cuando estuve en Armenia y en el Alto Karabaj en julio y agosto de 2012 parecía que la vieja guerra con los azeríes era cosa del pasado, que la destrucción de Stepanakert era un reclamo turístico en ese hermoso país que recuperaba la economía y las visitas exteriores. Parecía imposible que les volvieran a querer expulsar de sus casas. Pero el realismo político nos enseña que si pudieran habría una segunda Shoá y que exterminarían a todos los judíos si pudieran, y que hacen bien en protegerse. Y que el pueblo armenio, nuestros hermanos también, pueden ser masacrados, de nuevo, en cualquier momento y que tienen que hacer lo que sea para sobrevivir. A pesar de nuestra criminal indiferencia.

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