Decían los antiguos que el alma es una triste prisionera castrada por los sufrimientos del cuerpo. Yo opino más bien que, con el paso del tiempo, la carcasa se convierte en una traducción física casi perfecta de nuestros pensamientos y desvaríos. Reflexionaba sobre ello esta semana cuando, a causa de esta tiranía del cojones de algoritmo (los tecnólogos yanquis, gente de una sexualidad notoriamente barroca y faltos de figura paterna, saben demasiado bien qué tienen que meterme en la pantalla para que me excite), me aparecía continuamente Jordi Évole en las aplicaciones del teléfono. He aquí Jordi, repetidamente Évole, en la superficie de mi pobre dumbphone, Jordi ataviado con una sudadera de la bandera de España, como si todavía tuviera treinta años, pobrecito mío, y helo aquí a Évole, dando golpes al bombo de la selección rojigualda en un programa absurdo de Televisión Española, de esos que confunden una entrevista con el arte madrileño del colegueo y el gracejo, y aún por si no fuera suficiente, Jordi explicando a los españoles que sufre cataplexia, ya lo sabéis, aquella tara neuronal que, sin motivación aparente, hace que tu musculatura colapse y decaigas como una bailarina.

A Évole se lo ve bastante jodido, en efecto, y no por la lacra (como buen catalán, a falta de poder presumir de su brillantez periodística —patente en textos verdaderamente antológicos como “Calle de Santos Cerdán”—, ha decidido optar a la figura de enfermo nacional, poco sabedor de que a los españoles les interesa más bien nada este tipo de display de debilidad tan nuestro), un sufrimiento bastante horripilante, no me malinterpretes Jordi, porque eso de desmayarte o de bostezar compulsivamente en momentos de tensión o de especial alegría tiene que ser una putada. Pero la cosa no va de eso, ni tampoco del hecho de que Jordi esté un poco torpe y patoso, como la mayoría de los hombres que sufrimos el trastorno de la mediana edad. El sufrimiento de Évole es de carácter anímico y brota de diversos factores, como la conciencia de haber trabajado siempre por la unidad de España, bajo el buen rollo de la Tercera Vía, sin que te acaben de querer ni en Madrit ni en Barcelona. Este, y no la cataplexia, es el origen de tal achaque penoso que no deja caminar a Évole: tener que presentarse en la tele pública, qué panorama, vestido con un chándal de estanquera franquista y dando golpes de bombo.

El sufrimiento de Évole es de carácter anímico y brota de diversos factores, como la conciencia de haber trabajado siempre por la unidad de España, bajo el buen rollo de la Tercera Vía, sin que te acaben de querer ni en Madrit ni en Barcelona

Sé que implica un gran esfuerzo, pero volved a ver la entrevista de Broncano y notaréis perfectamente cómo Jordi —cuando ensaya romperse de risa— acaba castrándose la alegría mientras inclina la espalda hacia el sofá y respira hondo como una viuda a punto de enterrar al marido. Esto no es la cataplexia, perdona que insista, estimado Évole mío, sino concretamente la culpa de haberse hecho mayor con los argumentos antinacionalistas de los años noventa... para acabar ejerciendo de bote salvavidas progre de los falangistas del grupo Planeta. Fijaos, oso aún insistir, en esta represión fatal de la carcajada de Jordi y comprobaréis cómo el mal no le viene de la cataplexia, sino de la excitación de ver a Lamine Yamal con la camiseta de la roja y también, y ya sé que esto a Évole le parecerá un decir de muy mal gusto por mi parte, del hecho de haber acabado fornicando con una amazona de la CUP y no por lujuria (tú y yo lo sabemos, neng), sino más bien para revivir las erecciones mientras certificas la victoria de España después del 1-O metiendo el glande en uno de los agujeritos de aquello que llamamos vía unilateral. Ni yo, perverso, de nacimiento, he llegado a tales cotas de sadismo...

Los materialistas, gente profundamente grosera, creen que podrán abstraerse del cinismo de sus malabares éticos e ir tirando a fuerza de amontonar mucha pasta. Por eso vale la pena admirar la figura de Évole cuando visita a Broncano, aunque sea en la pantalla estúpida del teléfono, solamente para comprobar cómo el primero, catalán de pura cepa, no acaba de disfrutar su condición de millonario de izquierdas, mientras el otro, mucho más consciente del capitalismo de Estado, disfruta del privilegio como un pepito. A mí, ya lo sabes muy bien, Jordi, que la gente gane dinero a mansalva y que fornique con gente que se pasa (literalmente) las convicciones por la entrepierna me parece muy bien. Lo que me interesa de esta incapacidad tuya, muy al contrario, es justamente que la providencia te impida disfrutar plenamente tus aparentes victorias. Aquí reside precisamente, decía al principio, la venganza de la naturaleza —o de eso que también llamamos razón—, la cual ha sabido impedirte el goce para convertirlo en un bostezo en forma de suspiro. Esto no se te curará nunca, Jordi, pues cohabitar con el mal no se pasa ni acercándose a los sidosos ni remirando los galardones de Òmnium Cultural que tienes en el váter.

Todo esto lo dicta la justicia del mundo, que va más allá de la cosa divina, y es por eso que los americanos (gente muy civilizada, oso insistir) hacen que Évole se me aparezca continuamente en el móvil. Pues la maquinaria del mundo, en el fondo, trabaja para mi inspiración... y es así como nada de lo común me hace caer ni tener sueño. Con estos enemigos, creedme, tarde o temprano seremos invencibles. Repetid conmigo: Jordi Évole, la cataplexia. Jordi Évole, la cataplexia. Jordi Évole, la cataplexia.