La condena de cien años de cárcel a los líderes del procés independentista tuvo un efecto traumático en la sociedad catalana, pero la respuesta inmediata y multitudinaria ha puesto de manifiesto que estamos ante una inflexión histórica. Nada será como antes, porque la hostilidad de España ha alcanzado un extremo tal que marca un camino irreversible y hace imposible algún tipo de reconciliación que no sea la separación de común acuerdo. Ha sido esta actitud hostil en todos los frentes, cultural, político, social, económico-financiero, mediático, policial y judicial, lo que ha provocado la metamorfosis del catalanismo constructivo en independentismo rupturista. La independencia de Catalunya tardará más o menos, pero como objetivo político determina y determinará indefinidamente la política en Catalunya y en España.

Seguramente también en Europa si observamos la preocupación expresada por los principales medios internacionales que han coincidido en advertir a España que la cárcel nunca puede ser la solución a un conflicto político. “El encarcelamiento de los dirigentes nacionalistas catalanes durante tanto tiempo ha conmovido Europa”, dice The Guardian, que añade: “Los encarcelamientos draconianos son una vergüenza para España... Tanto Madrid como Bruselas, que han rechazado de intervenir, deberían hacer tanto como pudieran para resolver la situación lo antes posible”. Para Le Monde, las condenas, “lejos de aportar soluciones a la cuestión catalana, sólo hacen que reforzar la desconfianza en Madrid y sirven de pretexto a los radicales” y el Financial Times tituló su editorial con una conclusión: “Las penas de prisión no pueden resolver la crisis de Catalunya”.

La hostilidad del estado español ha marcado un camino irreversible que hará imposible algún tipo de reconciliación como no sea la separación de común acuerdo

Basta comparar estas voces europeas con los editoriales de la prensa española para constatar la específica hostilidad del establishment español respecto de la cuestión catalana. Mientras la prensa europea apuesta por la reconciliación, los editoriales de los principales diarios de Madrid se dividen entre los que aplauden la dureza de las condenas y los que protestan, cargados de odio, porque querían más años de prisión todavía.

Y resulta que la evolución de los acontecimientos no hace más que confirmar y agravar la distancia irreconciliable entre dos mundos. Tras hacerse pública la sentencia del Tribunal Supremo, el president de la Generalitat. Quim Torra, pidió una reunión urgente con el presidente español, Pedro Sánchez, y con el jefe del Estado, el rey Felipe VI. Torra no ha sido convocado por ninguno de ellos. En cambio, así que surgieron las primeras protestas, el presidente Sánchez, que no respondió al presidente catalán, decidió convocar a los líderes de los cuatro partidos... de ámbito español. Ha sido una iniciativa muy significativa, porque a pesar de que Sánchez siempre dice que el problema es entre catalanes, sólo se le ocurre imponer una solución española al conflicto catalán. Es más, todos sus esfuerzos iban dirigidos a asegurar la "unidad" de los partidos españoles ante la crisis y asegurar su apoyo a cualquiera de las medidas previstas todas ellas pensadas para reprimir las protestas y / o cancelar el autogobierno. Así que Torra proponía por enésima vez diálogo y Sánchez profería amenazas que sus portavoces oficiosos encargaban de concretar: la ley de seguridad nacional, declaración de estado de alarma o excepción o la aplicación del artículo 155 de la Constitución para revertir al Estado competencias de la Generalitat. Ni una sola propuesta seductora o conciliadora ha surgido del Estado en una década. Sólo la represión y la hostilidad de las instituciones, de los partidos políticos españoles y de los medios de comunicación que parecen entusiasmados con el conflicto.

El año 76 la Marxa de la Llibertat por la amnistía, la libertad y el Estatut d'Autonomia reunió a miles de catalanes (y a centenares de guardias civiles). Han pasado 43 años y las Marxes per la Llibertat han movilizado a cientos de miles de catalanes (y miles de guardias civiles). Así que el combate democrático seguirá su curso en otra dimensión y con otra magnitud. Cuando el movimiento independentista encuentre a los líderes capaces de articular políticamente esta respuesta mayoritaria que llena calles, carreteras y autopistas, el procés pasará de irreversible a inexorable.

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