Este año acabó Bosch (léase como la marca de electrodomésticos, no en vano el nombre del personaje es Hieronymus 'Harry' Bosch), 7 temporadas y 68 capítulos que nos ha ofrecido Amazon Prime. La serie realmente acabó el junio pasado. Quedamos a la espera del spin-off, que dicen que se tiene que empezar a rodar. Bosch hará de investigador privado de la abogada Honey "Money" Chandler, una de las protas en la segunda parte de la serie.
Salvo excepciones, fijarse con literatura o cinematografía de ladrones y serenos hace poco intelectual. Afirmación falsa. Primero, las novelas y algunas de sus adaptaciones a pantalla son obras maestras. En segundo término, parece que pasárselo bien, distraernos con cosas en apariencia banales –o banales directamente– sea un pecado. Qué daño ha hecho –y todavía hace– la educación judeocristiana con su cultura del sacrificio, ausencia de colores –o es blanco o es negro– y el aburrimiento soporífero. Pasárselo bien es una de las tempranas obligaciones de ser humano: al hacernos más felices, hacemos más felices el resto, que ya es bastante chunga la vida para, encima, practicar y blandir el cilicio cultural.
Bosch es una buena serie de polis, tirando a muy buena a cada temporada y, al final, llega a la excelencia. Se trata de un tipo de neopolar (ciertos toques existencialistas son patentes) que, de la mano del autor de las novelas que la serie adapta, Michael Connelly, y del productor Eric Overmyer, el ex-showrunner principal de la suprema The Wire, recrea un mundo social, político y policial donde la corrupción está presente, la ética profesional es de geometría variable y no siempre todos disfrutan de un sentido de justicia natural compartible. Los Ángeles, ciudad y su desierto, es también protagonista. Por momentos, recuerda a la Bay City de Raymond Chandler. Aquí, sin embargo, la moral es menos sibarita y mucho más, digamos, funcional.
El interés de la serie radica en las historias subyacentes: las vidas de los propios protas, sus familias, los casos eternos que tienen un puñado de fans que les quieren enterrar, los políticos meneando la cola allí donde no hace falta y no pocos polis encantados en hacer de cola y así o ascender o esconder sus propias vergüenzas. Además, para acabar de arreglarlo, los conflictos de competencias intrapoliciales y con el sheriff de Los Ángeles (responde del área metropolitana de la ciudad, de la seguridad de sus tribunales y del transporte de presos) y con el FBI y con la DEA están al orden del día. Muchas veces el interés del cuerpo o el interés político de los jefes de los cuerpos -donde empiezan y acaban no está nada claro ni allí ni aquí- van por delante y hace capotar unas cuantas investigaciones.
Este batiburrillo de los mencionados Overmyer y Connelly y un grupo de figuras de la escritura y de la producción (los mismos creadores le frecuentan la pluma) ha tenido también un buen puñado de directores como, entre otros, los acreditados Alex Zakrzewski, Ernest Dickerson, Daisy von Scherler Mayer o Aaron Lipstadt. Tiene cuatro protagonistas. El principal, el cara de palo Titus Welliver (en su primer prota de su carrera a los 51 años, y también, a medida que avanza la serie es productor), Jamie Hector (su compañero: Jerome "Jerry" Edgar), el intimidador Lance Reddick (el peculiar jefe de policía Irvin Irving) -los dos importados de The Wire- y el espectacular (la persona está sincronizada con el personaje, de adolescente a mujer joven) Madison Lintz, sutil, elegante, de inteligencia sin estridencias, como hija de Bosch, Maddie. Salvo Lintz, son actores que llevan al límite la inexpresividad, dominando el hieratismo prácticamente a la perfección: siempre cara de mala leche o hieráticos, sin más emociones que dar miedo. La producción -espléndida, con un montón de productores ejecutivos, guionistas y directores, como he dicho- da lo que quiere dar, distanciamiento y estoicismo y, según como, furia.
El elenco de secundarios -en papeles, no en categoría actoral- es literalmente brutal. Estamos ante una serie coral que da paso a muchos personajes y a sus historias personales y profesionales: mezquindad, machismo, homofobia, racismo, ineptitud, oscuros pasados y oscuros presentes. La para mí gran Amy Aquino está de demasiado buen rollo -seguramente lo que le pedían- y el personaje daba más de sí. Uno de los pocos peros. Lo acompaña una retahíla de conocidas caras de la pantalla, da igual si es una intervención episódica o apariciones recurrentes. Así, Sarah Clarke, Brent Sexton, Jeri Ryan, Paul Calderón, Matthew Lillard, Winter Ave Zoli, John Getz, John Ales, Ryan Hurst, Jacqueline Obradors, Chris Vance, Richard Brooks. Y, para cerrar este mosaico, la cada vez más influyente en la serie, Mimi Rogers, como la abogada Chandler. Como punto final -se sabrá la razón de la mención si se ve la serie-, Bess Armstrong como la jueza Dona Sobel.
Un par de detalles más. De entrada, unos créditos de primera subrayados con "Can't Let Go" de los indies Caught En Ghost. Lástima que no figuren en los créditos algunos de los temas de jazz que suenan. Los discos tienen su importancia en toda la serie. Y la espléndida casa de Bosch, como último detalle.
Y una mención especial por su calidad y afán por el trabajo hecho como es debido a la traductora Olga Parera. Los traductores y dobladores son los grandes olvidados del boom de las series en Catalunya.